Presentación de Los conciertos, novela de Fernando de Villena

Esta fue la presentación del libro de Fernando de Villena Los conciertos que se hizo en el Centro Artístico de Granada el pasado sábado día 23 de abril. Día fenomenal, por supuesto, para una presentación de libro. Me han pedido que la coloque en el blog para ver si alguien se anima y lo adquiere. Vosotros veréis. En la presentación hice algunas preguntas al autor, como a veces acostumbro, preguntas que aquí no reproduzco por no tener exactamente las respuestas, que Fernando improvisó.

Portada de Los conciertos, de Fernando de Villena

Portada de Los conciertos, de Fernando de Villena

Quiero comenzar esta reseña con preguntas, preguntas que no tendrán respuesta porque son retóricas, pero la literatura que no provoca preguntas no es literatura sino vulgar entretenimiento y, muy a menudo, ni siquiera eso.

¿Es esta una novela negra? Tiene detalles que inducen a creerlo: varios asesinatos, falsas pistas, una investigación no precisamente policial, en cambio carece de oscuridad y los personajes son luminosos, casi diría que llenos de bondad. Solo el asesino es tenebroso, y no digo más para no desvelar el final sorprendente. ¿Es una novela histórica?: como diría un gallego, lo es y no lo es. ¿Es novela musical, y lo digo por el título?, de musical tiene lo suyo: la novela es una fuga, y luego explicaré bien este aserto. ¿Es novela psicológica?, pues verán ustedes, bastante: los personajes tienen hondura, son entrañables y uno llega a apreciarlos como a verdaderos amigos.

He dicho que las preguntas no tendrían respuesta al ser retóricas y ya he dado algunas respuestas. Dubitativas, ambiguas, pero respuestas. Y es que el lector reescribe la novela que lee, la interpreta a su manera. Y el crítico, o en este caso este humilde reseñista, es un lector, digamos, privilegiado, aunque como tal también da sus respuestas que pueden ser ciertas o no, y no depende de nada, pues esas respuestas son personales e intransferibles, como corresponde al lector que es, al mismo tiempo, un gozador.

Y de goce se trata porque Los conciertos tiene la técnica de Las mil y una noches, la de la

Ambos dos en el Centro Artístico. La foto es debida a nuestra inefable Ana Jiménez

Ambos dos en el Centro Artístico. La foto es debida a nuestra inefable Ana Jiménez

seductora Scherezade que evitaba la muerte, no solo contando una historia nueva cada noche, sino dejándola sin resolver hasta la noche siguiente para que el Sultán, intrigado por la continuación, no la matase al amanecer. Es una técnica conocida, pero no por ello menos hechicera, menos sorpresiva y que produzca mayor placer al lector.

La historia de don Balbino, viejo maestro de escuela jubilado, actual y, precisamente, muy siglo XXI, que investiga y trascribe un manuscrito en la iglesia de San Juan de Antequera, se enlaza con la de Santiago, músico que va a parar a la Nueva España casi recién descubierta y conquistada, cuya vida es el contenido de ese manuscrito. Ambas historias se entrelazan como la serpiente al cuello del águila de Zaratustra, en buena armonía porque son los animales de un profeta. Y esa es la gracia musical de la que hablaba antes, porque Fernando ha hecho aquí una fuga, una fuga musical, esa técnica que consagró Johann Sebastian Bach y que consiste en combinar dos temas armónicos entre sí haciéndolos que se persigan uno al otro en el tiempo, variándolos y haciendo que finalmente coincidan en un contrapunto perfecto. Y garantizo que hacer una fuga musical en la novela tiene mérito, mucho mérito.

Además, siento que su literatura es entusiasta, y la palabreja viene del griego, de Zeus (por eso debiera pronunciarse enzeusiasta), del Dios máximo del Olimpo, y me da la sensación de que Fernando es, no ya religioso sino algo místico sin alharacas de trasposiciones ni arrobos. Su literatura es quizá pánica o panteísta, como si ese Dios en el que cree estuviera en todas partes, hasta en la maldad. Es por eso que es también teológica, en el sentido que le daba el gran novelista Miguel Espinosa, pues el autor se sorprende con todo aquello que

Fernando de Villena. Así es él.

Fernando de Villena. Así es él.

ve, es infantil, como si todo lo viera nuevo, lleno de belleza. Debo aclarar que, como consecuencia de todo ello, Fernando de Villena no se morirá nunca porque siempre, por muy sabio que sea, sabrá que le queda más por averiguar de lo que tiene ya sabido, y eso es muy bueno para el cutis, o dicho de manera menos castiza, conserva la juventud. En la parte de sus memorias llamada Hiemal dice: “La vida o es descubrimiento o no es vida”. Quien es sempiternamente curioso, ávido de hallazgos, es como aquel escalador de la montaña catalana de Montserrat que conocí y que escalaba de la siguiente manera: empezaba el ascenso y como en la primera presa no se sentía seguro, subía un poco más, y como a su vez temía despeñarse, ascendía un poco más, y como de nuevo le fallaba un pie o los dedos de la mano asidos a la piedra, se elevaba algo más, y así hasta coronar la aguja: perfectamente podría haber subido así, siempre en el albur de matarse, por lo menos trescientos metros. Así es Fernando, un escalador de riesgo que siempre busca el un poco más arriba, con la sola diferencia de que a quienes nos pasa algo parecido, sabemos que no hay cima, no hay cumbre.

Y bien, aquí es donde me decanto por lo que debe ser, creo yo y en mi modesta opinión, una crítica en condiciones de un texto. Porque no basta con decir es bueno, estupendo, maravilloso, ¡hay que decir por qué lo es!, y voy a tratar de hacerlo.

Las Américas. Pues mire usted por dónde

Las Américas. Pues mire usted por dónde

Me ha seducido que, a pesar de tener dos claros protagonistas, el punto de vista, es decir el lugar mental desde el que se narra, vaya cambiando centrándose en unos y otros con solo una excepción, creo yo, al menos en el cuento que se narra en la actualidad, o casi, y que tiene por actor principal a don Balbino el maestro. Es cierto que primordialmente la narración se plantea desde él, desde ese hombre bueno que, ya viudo y con poca motivación para la vida, encuentra en esa investigación de un manuscrito hallado en la sacristía de la Iglesia antequerana de san Juan un nuevo motivo para ella, y más desde que empiezan los asesinatos que tienen que ver, si bien sutilmente, con dicho legajo. Sin embargo, también esa focalización de lo que se narra se traspasa a algunos personajes que lo rodean, como a Benjamín el venezolano o incluso ¡a las fuerzas vivas de Antequera, el alcalde, el juez, el director del hospital!, y supongo que a Fernando le habrá costado muchísimo trasladar su mente narradora hacia esas personas a las que tiene especial encono pues representan lo peor de una sociedad ya de por sí con su punto de perversión.  Y digo que le habrá costado porque de hecho, uno de los pocos personajes en los que apenas se centra el punto de vista es en el asesino, y solo cuando se descubre que lo es, un ser malvado por indiferencia ante la suerte de los demás y obsesionado por un asunto que está ya marcando la maldad de nuestro mundo: la obsesión por no envejecer, el ver el envejecimiento como un desdoro, como una desdignificación, si se me permite el palabro. Pues es cierto que nuestra sociedad le teme menos a la muerte, a la que simplemente no menciona si no es a la violenta (incluso llegamos a renombrar con un eufemismo al cáncer, y lo llamamos “larga enfermedad”), le teme menos a la muerte que a hacerse viejo. Todos se estiran, se inyectan, se infiltran, se operan, se gimnastizan, ¡qué horror!, para acabar

Colegiata de Santa María la Mayor de Antequera

Colegiata de Santa María la Mayor de Antequera

más feos que estaban porque lo mejor que puede tener una persona es la sonrisa y esta a menudo se ve impedida por los estiramientos, convirtiéndose en una estúpida mueca. Hay varias novelas dedicada a ese tema en la historia de la literatura, desde El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde, hasta Viejo muere el cisne, de Aldous Huxley, pero Fernando de Villena no centra el asunto solo en esto sino en muchas cosas más, lo que convierte su obra en algo divertido e ilustrador hasta el extremo de caer uno en ese tópico, que en este caso es del todo cierto, de no poder abandonar su lectura hasta ver en qué diablos acaba todo eso.

Se encuentran en esta obra algunos de los tics ya distintivos y esperados en el autor, como arremeter contra los organismos internacionales de la banca y del capitalismo globalizado, o como el invento de personajes que tienen el nombre deformado y las características físicas y psicológicas de amigos suyos. En este caso es el poeta José Enrique Salcedo quien protagoniza una de las aventuras americanas de Santiago, el protagonista de la historia que aparece en el texto en cursiva. En otros casos ya lo ha hecho con diversos amigos, incluso conmigo mismo en la novela Iguazú, obra con la que esta tiene mucho que ver, aunque la técnica, a mi entender, se ha depurado. Por cierto, que en ese episodio con don Joseph Enrique Salcedo hay un detalle absolutamente quijotesco con esa sartén que ridículamente usa el personaje para protegerse de una lluvia de sapos. Y hablando del Quijote, los capítulos están titulados como en la novela fundacional, con descripción somera de lo que pasará en ellos y con su punto de sarcasmo.

¿Por qué creemos que nos fuimos a la conquista? Pues porque ellos y ellas andaban medio en cueros.

¿Por qué creemos que nos fuimos a la conquista? Pues porque ellos y ellas andaban medio en cueros.

Es curioso porque inmediatamente después de leer este libro, arremetí con las memorias de Fernando, con la cuarta parte de ellas titulada Hiemal, a la que ya he nombrado, y en ella dice el autor que su poesía lo es de la luz, y por tanto visual. En esta novela están todos los sentidos. Recuerda a un cuadro de Brueghel el joven, donde todos ellos están reflejados.

Quizá esa misma sensualidad o el entusiasmo que pone en todo le lleve a amar profundamente a los animales que aparecen en la narración, sin que en ningún momento les ceda la palabra como haría un fabulista, y ahí llama mucho la atención el final del primer capítulo, con ese ratón furtivo y raudo que atraviesa ya de noche, y con don Balbino solitario y trabajando, la sacristía de la iglesia de San Juan, final redondo que ya desde ese primer capítulo anima a la lectura haciendo augurar un goce casi perfecto.

Respecto a la novelita sobre el músico Santiago de Salvatierra debo decir, si antes no ha quedado claro con lo de la fuga, que aquí tenemos dos novelas por el precio de una, lo que está muy bien en tiempos económicos como este. Y siguiendo con ella, creo que mirándola, no ya con lupa, sino a simple vista, se percata uno de que Fernando de Villena se ha leído todas las crónicas de Indias que pueda uno imaginarse, y con gran aprovechamiento. Por el lenguaje, que remeda sin que llegue a agobiar el estilo, y por las descripciones de paisajes y gentes. Para que luego digan que el escritor debe vivir más que leer. Ambas cosas son imprescindibles para narrar bien, por mucho que ciertos cenutrios, por otra parte bien paniaguados, aseguren que ellos no leen porque es mejor vivir o para que sus lecturas no les condicionen el estilo. Pamplinadas, pamemas, pazguaterías.

Calle Infante don Fernando en Antequera

Calle Infante don Fernando en Antequera

Incluso diré que si nos metemos en honduras sobre la calidad de este tomo, habrá que destacar un párrafo del manuscrito en el que se narran las hazañas transatlánticas de Santiago donde se dice: “Mal año pues para los libros de caballerías e incluso para los de pícaros, el que me decida a dar a la estampa la relación de mis trabajos”. Esta frase es un juego metaliterario con el momento actual, cuando tanto se asegura que, si Cervantes publicase El Quijote, o Clarín su Regenta, pasarían sin pena ni gloria, y de esa vanalidad de hoy, de ese mal gusto y chabacanería de los tiempos presentes, se queja de continuo, y con razón, nuestro Fernando de Villena.

Aparece en la novela actual, esa en la que es protagonista don Balbino y más tarde también Benjamín, una jovencita india llamada Adriana que es asesinada cruel y diabólicamente, y con ello no desvelo nada porque en cualquier novela policíaca que se precie, aunque esta no lo es del todo, el suspense no viene del asesinado sino del asesino. Esta Adriana es la dulzura en persona, quizá la encarnación de ese deseo platónico de belleza, para nada sexual, que cualquier persona de edad siente. ¿No temió el autor que se le apareciera la india en su alcoba y le dijese, pero mire usted don Fernando, por qué me tiene que matar, a qué santo debo yo morir, que soy la hermosura, la candidez, la inocencia, y más aún habida cuenta que yo tengo ganas de vivir?, ¿quién le da usted derecho a hacerme estirar la pata de forma tan inhumana, en el pleno sentido de la palabra, por muy autor mío que sea?, ¿no debió recelar Villena que le pasara lo mismo que a don Miguel de Unamuno con su personaje Augusto Pérez?

Portada de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Fray Bartolomé de las Casas

Portada de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Fray Bartolomé de las Casas

Y para rematar, el remate, es decir, el final. Hay dos finales en esta novela, y no porque haya dos novelas. Mi intención es, precisamente, crear expectativas, enigmas que suelto como quien no quiere la cosa y que solo podrán resolverse si ustedes compran el libro y se enteran y dicen, ¡pero qué pedazo de sinvergüenza es el tío este que ha hecho la reseña o crítica!, ¡ahora comprendo lo que dijo! Pues eso, si quieren enterarse, léanla. No la roben porque el editor se enfadaría muchísimo. Decía que hay dos finales: el que resuelve los crímenes, porque hay más de uno, y el de verdad, porque tras el primero hay una segunda parte muy breve, pero que da cumplida cuenta del castigo al criminal, pues sin castigo podría creerse que en el mundo puede más el mal que el bien, y eso en mente tan teológica, como ya he dicho que tiene Fernando de Villena, no cabe. El primer final es sorpresivo porque nadie se espera quién es el asesino, incluso cediéndole la palabra, o sea el punto de vista, durante un par de páginas, y con eso ya estoy diciendo demasiado porque la pista falsa es la que uno cree verdadera. El segundo final es propio de alguien que cree fervientemente en la justicia divina, tanto en el castigo dado al criminal, como ya se ha dicho, como en el correctivo a las aburridas, fatuas, ególatras, mediocres fuerzas vivas de esa ciudad de Antequera, que no por inventadas son menos reales, y que tan bien describe el autor, a ellas y  a la misma villa malagueña,  como si las calles y las iglesias fueran unos personajes más de la narración. Reunidos esos señorones: cacique, nuevo alcalde aunque tan caduco como el anterior, y juez, Villena evoca unas palabras de Antonio Machado: el casino provinciano, paradigma de todo ese aburrimiento, de esa mediocridad, de ese fracaso inconsciente, porque el fracaso consciente da cierto aire heroico, pero el inconsciente, el que no sabe que es un fracasado, lo que tiene aire es solo de imbécil, y encima engreído.

Editorial Nazarí de Granada tendrá a bien enviarle a cualquier persona que la pida desde una librería de todo el territorio español, y parte del extranjero. Hacedlo, merece la pena.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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