Claus y Lucas, de Agota Kristof

¿Quién es Agota Kristof? Húngara que emigró a Suiza y escribió en francés. Nacida en 1935 y fallecida en 2011. Eso es cuanto hay que saber. Lo demás no importa.

Agota Kristof

Agota Kristof

Cuando publicó esta trilogía, si es que lo es, impactó el mercado de la literatura francesa. Porque de una trilogía se trata: El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira. Pero fue especialmente la primera la encargada de sacudir la modorra de esa narrativa que, a pesar de todos los Céline del mundo (y me estoy refiriendo, además de al señor Destouches, apodado Louis Ferdinand Céline, al canadiense Ducharme y otros escandalosos de la literatura gala como Queneau, Roubaud o Perec), sigue empeñada en la grandeza de la prosa correcta y bella. Kristof no apostó por una prosa bella sino por una prosa que golpee al lector. Y lo consiguió.

El asunto de estas novelas es el de dos gemelos. ¿Existen ambos?, ¿son independientes, es decir individuo cada uno de ellos, o bien son lo mismo?, ¿uno inventa al otro como una especie de amigo invisible? Me van a perdonar ustedes que inicie la crítica con estas inquisiciones pero la cosa no es para menos porque estamos en una trilogía donde, al revés de la célebre cuatrilogía de Durrell, El cuarteto de Alejandría, aquí no hay suma entre los enfoques de las diferentes novelas sino contradicción, resta. Pero díganme, ¿qué es al fin y al cabo la ficción sino mentira, cuento, contradicción, que no inverosimilitud?

Claus y Lucas, en la edición como trilogía

Claus y Lucas, en la edición como trilogía

La primera novela, quizá la mejor de ellas, es un prodigio de frases cortas, tajantes, bayonetas que se hincan en las barrigas de los contrincantes. Porque esa primera novela es la guerra y la necesidad de supervivencia. Claus y Lucas sobreviven como pueden con su padre. Forman un tándem de autodefensa, espalda contra espalda, como los viejos guerreros. Puro instinto. No son crueles por afición sino porque es lo que ven y porque la situación lo requiere. Y crueles lo son hasta hartarse. La sintaxis refleja esa crueldad, por eso Claus y Lucas sorprendió a la crítica. Lo de llamarse El gran cuaderno es porque los niños, ambos, apuntan en unos blocs cuanto les va ocurriendo (y ese es el contenido de la novela). ¿Forma de dejar constancia?, ¿memoria propia?, ¿ejercicio de escritura, puesto que aprenden a leer y escribir por su cuenta? Póngase un quizá ante cada una de las coartadas. Ese autodidactismo se basa justamente en la necesidad. Leer es ponerse en contacto, escribir es manifestarse, exteriorizar. No hay una necesidad laboral o de medro sino una satisfacción propia.

La prueba, segunda novela, sigue con la supervivencia de postguerra. Ya no hay tanta crueldad, sino solidaridad, pero la razón de ella no es la bondad sino la ayuda mutua, el tú me ayudas si yo te ayudo. La guerra la han ganado los nuestros, luego ya no hay tanta razón para la crueldad pero sigue habiéndola para el cinismo y la hipocresía, naturalmente. Eso sí, parece como si Claus, el hermano que en la primera narración consigue cruzar la frontera, aunque nunca queda claro por qué uno la cruza y el otro no si no es porque así se complementan, uno tiene unas experiencias y otro otras y ambas vivencias se suman, dejando a un lado eso que llaman individualidad, como si Claus, digo, fuera una especie de amigo invisible inventado por Lucas, que vegeta, o dicho de otra

Un gulag en Siberia, tan parecido a otros campos en otros países del Este antes de la caída del muro

Un gulag en Siberia, tan parecido a otros campos en otros países del Este antes de la caída del muro

forma, sobrevive como muchos de nosotros, en la ciudad de nacimiento. En un sistema dictatorial, y Kristof retrata la sociedad húngara de la 2ª Guerra Mundial y posterior hasta 1956, año de la gran revuelta contra la Unión Soviética y su política impuesta, e incluso llega a los años en los que ya se presume la enorme quiebra del comunismo real con su presunta y relativa libertad, en un sistema así, nos viene a decir, la solidaridad es necesaria, no porque la exija el Gobierno, sino porque la escasez de medios de subsistencia, la ambigüedad dada por el hecho de que se prohíba la propiedad privada de los medios de producción pero continúen existiendo pequeños propietarios tan o más míseros que los trabajadores, los diferentes impedimentos a la libertad de residencia o de oficio si no es militando en el partido gobernante, todo ello obliga a la solidaridad por mera supervivencia, y sobre todo en una ciudad pequeña y fronteriza como la que representa la autora. Resumiendo, que el Estado, por mucho que pregone lo contrario, no va a dar nada, de modo que hay que buscarse las habichuelas como buenamente se pueda, y para esas cosas, es mejor formar equipo que andar solo.

Respecto a la última novela, La tercera mentira, parece ser la resolución de todo. Solo lo parece. Klaus, con una enfermedad grave, va a su ciudad de origen para morir y volver a ver a su hermano. El cambio de la C a la K inicial es una adaptación al país al que ha escapado; esa diferencia mínima se convierte en sustancial porque da la sensación de cambiar radicalmente al individuo, hacerlo otro, extraño, extranjero. En realidad (depende de qué entendamos por realidad), Klaus fue un tullido criado en un hospital a causa de un “luctuoso accidente”, como se dice hoy, y por tanto no tuvo de niño contacto alguno con su hermano. Lucas no quiere reconocerlo aunque en el fondo sabe que es él, pero lo niega. Lucas no tiene ningún hermano, ese hombre es un impostor. ¿Tiene algo que ver con el afán negacionista que ocurre siempre tras las agonías de las dictaduras respecto a las barbaridades cometidas y recibidas durante ellas? Quizá. Cada uno se lo entienda como quiera. ¿Es una explicación de todo lo anterior?, ¿lo modifica?, ¿o es lo anterior lo que modifica a este último episodio de la trilogía?

Esa indeterminación que resulta del conjunto, así como el estilo incisivo, descriptivo sin exagerar ni abundoso en sentimientos o estados de ánimo, son los dos valores enormes de esta trilogía.

Agota Kristof de joven. Tiene cara de húngara, aunque su apellido sea eslavo

Agota Kristof de joven. Tiene cara de húngara, aunque su apellido sea eslavo

Esta tercera parte sucede ya en un país liberado del viejo sistema. Parece que hay libertad y se insiste mucho en ella, pero los viejos hábitos, los miedos, las limitaciones continúan casi incólumes. Si bien es cierto que a Klaus, al caducársele el permiso de residencia y no renovarlo, acaba en la cárcel, se le trata bien e incluso se le facilita contacto con su embajada para que le consiga dinero, pague sus deudas y lo repatríe, pero ¿es que es necesario un permiso de residencia para vivir en el país que lo vio nacer a uno? Rémoras viejas que continúan entorpeciendo.

La editorial El Aleph publicó en 2007 el conjunto, que anteriormente había sido publicado, novela a novela, por Seix Barral y por Edicions 62. La traducción, impecable, creo, sin costuras. Recomiendo la lectura de las tres, y de ser posible seguidas, por lo dicho anteriormente: no es solo estilo y habilidad narrativa, sino contradicción, confusión eficaz y bien llevada. Con todo, si alguno de los lectores de esta crítica prefiere las historias cerradas, unívocas, con su final acabadito (nada más lejos de la realidad humana, donde las cosas ni son unívocas, ni tienen nunca una sola causa, ni se cierran siquiera con la muerte), en las que el lector no debe aportar nada sino el sofá en el cual se recuesta, mejor no las lea, se sentirá defraudado.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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