Empezar una novela

Giuseppe Arcimboldo. Un hombre de libros

Giuseppe Arcimboldo. Un hombre de libros

Empezar una novela es un reto. También un exceso de concentración, un vivir en un mundo que no es el que lo rodea a uno. Es, por tanto, inhibirse de la realidad. Bueno, sin exagerar, a ratos solamente. Pero sí, es intentar vivir vicariamente esas vidas que uno va inventando y hacerlas coherentes, creíbles, verosímiles.

Desde que volvimos de Roma he escrito dos novelas cortas, la una, de unas 100 páginas, se llama El circo de Pitágoras y aunque la había empezado varias veces, ninguna me satisfacía. Como es habitual en mí, hay dos historias que se persiguen y una de ellas la traje dibujada ya de las fuentes de Villa d’Este, en Tivoli, cerca de Roma. Fue cuestión de pocos meses. La otra novela está titulada, de momento, Silencios ocultos, aunque a mí me gusta más Los miedos. Tiene 50 folios y es la historia de una familia donde el padre, un agricultor que parece sacado de las antiguas cuevas donde los hombres comían carne cruda y se expresaban con gruñidos, no solo viola a una de las hijas sino que además se niega a subvenir los gastos familiares. Este hombre es “vigilado” por su ángel de la guarda que, digamos, reflexiona sobre la vida de ese hijo de perra esencialmente malvado que le tocó guardar. De nuevo el tema del mal, esta vez no desde el punto de vista social sino desde el personal, aunque en cierta forma sí lo es desde el Estado porque en la ortodoxia ácrata (si es que tal oxímoron existe) la figura paterna es una especie de Estado en alevín, en aprendiz.

Esas dos están rematadas, pendientes de revisión a fondo. Acostumbro revisar-releer mis novelas acabadas unos meses después de ponerles la palabra Fin porque así las leo como si hubieran sido escritas por otro. Apenas reconozco mi propia escritura porque mi memoria es muy defectuosa. Es una ventaja porque consigo interponer distancia, algo de objetividad.

150212112843_nino_pizarra_304x171_thinkstockLa que he empezado viene de antiguo. Cuando mi amigo Ignacio Martín Villena, librero de antiguo y hombre culto, leyó Ashaverus el libidinoso antes de que Nazarí me lo publicara, además de celebrarla me “exigió” que escribiera una continuación cuyo tema me regaló, proponiéndome salir él como personaje anticuario y bibliófilo que le ofrece a Enrique Fuster otro manuscrito ambientado algún siglo más tarde que la historia de Todros ben Virga. En esencia, ese ha sido el argumento al que he estado dando vueltas desde mediados del año pasado. El asunto, o los asuntos definitivos me han ido apareciendo en el magín con la lentitud de un parto, que confío no sea el de los montes.

Enrique y Ana, casados y con hijas, vuelven en el año 76 a Barcelona, impulsado él por la curiosidad de averiguar qué está pasando en España tras la muerte del dictador. Es un hombre de 74 años pero conserva energías, vitalidad e inquietud que hacen de él un anciano, sí, pero un anciano vivo. La familia Sefamí se mantiene entera aunque, claro, aviejados. Vuelve el antiguo asunto de la música personificada en Adrián, que se ha convertido en concertista famoso. De hecho, el primer capítulo es otra vez el pianista ante su piano, aunque varía la ciudad, que no el tiempo lluvioso e inclemente, y el trabajo ya no es el del adolescente sino el de los ensayos y los compromisos profesionales, esta vez nada más y nada menos que con Solti, Rostropovich y Anne Sophie Mutter.

Escher. ¿Me escribo a mí mismo?

Escher. ¿Me escribo a mí mismo?

Enrique se irá entrevistando con personajes relacionados con la transición, desde empresarios o individuos conectados con la política hasta (y eso es lo que más me interesa) gente que participó en ella desde el miedo o desde la clandestinidad pero sin ínfulas de aprovecharse de aquella lucha con cargos o sinecuras (sindicalistas, activistas de barrio, luchadores por las libertades sociales). Gente vulgar, en definitiva. Para mí la historia se construye también desde la parte baja de la sociedad. A paso de burra preñada, como decía Lorenzo Mena, otro personaje mío, pero esa baja casta de personas que trabajan y sobreviven contribuyen a hacerla, y quizá más que los altos.

El librero de viejo a quien Enrique humilla en el capítulo Guerra de Ashaverus el libidinoso, ha muerto pero vive su hijo. Hacen amistad y Enrique le muestra el manuscrito de Todros. El librero lo mira y lo remira y finalmente confiesa que conoce otro documento muy semejante. Autora de ambos resulta ser una judía (que existió realmente) llamada Isabel Rebeca Correa, estudiosa que participó en la Academia de los Floridos en Amsterdam en el siglo XVII. Hará un recorrido por el ambiente de la ciudad de entonces

Giuseppe Arcimboldo. Personajes en la cabeza

Giuseppe Arcimboldo. Personajes en la cabeza

(nunca he estado en Amsterdam) y por la creación de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales.

La nueva novela se llamará Ashaverus el creador. ¿Por qué creador? Enrique vivirá la transición. Isabel Rebeca la casi invención del capitalismo (las ciudades italianas renacentistas ya lo habían inventado, y más tarde, las ciudades hanseáticas, claro), y si no la invención, la consolidación. En ambos casos se crea futuro. Muchos dirán, ¡¿qué futuro?!, ¡vaya mierda de futuro! Por supuesto, cada uno cuenta la feria según le ha ido en ella. ¿Seguimos siendo tan ingenuos para creer que el futuro siempre ha de ser bueno? Esa postura progresista, optimista, se acerca sospechosamente a un cristianismo pánfilo, confiado en el bien supremo del Más Allá.

A mi entender los fenómenos sociales perfectamente buenos o los perfectamente malos

Así me siento, en pelota

Así me siento, en pelota

son raros por no decir inexistentes. Tendemos más a concebir estos últimos, pero buscando mucho puede vérsele a alguno su parte buena. El capitalismo no es bueno, pero es lo que hay y creo, lo digo de veras, que es el sistema que más encaja con la manera hijoputesca de ser del humano. La transición tuvo una parte intrínsecamente buena: no me fusilaron. Ya es mucho, con lo que a los hispanos nos gusta una escabechina. Esos son los dos temas que serán arrastrados por los argumentos que he resumido.

Falta poner palabras a todo eso, falta adornarlo, darle una continuidad. Trabajo de chinos. Lo mismo que es trabajo de chinos documentarse para alcanzar una mínima coherencia y seducción del texto. Además, me documento y luego se me olvida esto o aquello. Es un sinfín de notas, a las que no soy demasiado aficionado (creo que lo que la memoria olvida será porque no merece la pena). Es imaginarse escenas, diálogos, personajes secundarios, ambientes. Mi mujer dice que no sabe cómo no me vuelvo loco. Yo sí lo sé: porque ya lo estoy.

Así me siento

Así también me siento, tecleando al azar

Siempre la angustia: ¿conseguirás una calidad aceptable?, ¿sabrás trasmitir le enjundia de la historia, de los problemas que quieres plantear? Para colmo, hay un antecedente: Ashaverus el libidinoso. ¿Será equiparable a esa “primera parte”? Los amigos miran con buenos ojos, los presentadores hacen lo que deben hacer: hablar bien del producto. Yo no estoy insatisfecho de lo que me salió con aquella ni de lo que me va saliendo con esta, pero como no soy un objeto, soy un sujeto, y por tanto subjetivo, como decía Unamuno. Mar de dudas en el que uno boquea como pez en cubierta. Son “comeduras de coco” de gente desocupada, lo sé, pero no por ello desasosiegan menos. Ya veremos, ¡y eran dos ciegos!

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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Una respuesta a Empezar una novela

  1. Vicky Pino dijo:

    Desde luego que escribir una novela es un reto. Significa estar varios meses, o años, encerrado o encerrada frente al ordenador con un bloc y un bolígrafo al lado porque siempre hay algo que anotar, por eso es importante que la historia que vamos a contar realmente merece tal aislamiento. Por otro lado, meterse a crear una historia o historias ajenas que nos gusten y nos esimulen nos sirve para alejarnos un poco de la estupidez y la banalidad que nos rodea. Animo!

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