Viaje por ahí

Gregorio Morales

Gregorio Morales

La muerte tan por sorpresa de nuestro amigo Gregorio Morales, escritor y protagonista de la llamada estética cuántica, que sucedió el domingo 21 y de cuya noticia me enteré el lunes 22 por la tarde, me dejó tan anonadado, y más por las circunstancias en las que se vio envuelta, sin posibilidad de velatorio ni honras fúnebres por disensiones familiares, que hasta hoy no he sido capaz de dar cuenta de nuestro viaje en coche por el este peninsular. Con todo, el retraso en parte atribuible a esta mala nueva y a mi propia pereza e inseguridad (siempre tengo la sensación, en esto de la escritura, de andar por una estrechísima trocha al borde del acantilado), he conseguido semi superarlo y aquí estoy, para lo que vosotros dispongáis mandar.

La idea era visitar una serie de lugares sin plan previo. Luego me percaté de que reservando por internet salía considerablemente más barato y seguro. No importa, de todas maneras hemos hecho el viaje que pensábamos. Aproximadamente. Una noche en Caravaca de la Cruz, tres en Morella, una en Tarragona, cuatro en Barcelona, dos en Vich y cinco en Andorra. No está mal. En coche, naturalmente. Me alegra saber que aún estamos bien, capaces, medianamente sanos, felices.

Vista desde el Santuario y antiguo Castillo

Vista desde el Santuario y antiguo Castillo

Siempre habíamos pasado, camino de Barcelona, por Caravaca sin detenernos, a lo sumo para almorzar en algún viaje de vuelta a casa. El castillo y el santuario allá en lo alto ofrecen una vista inmensa sobre la región. Luego, lo de la Vera Cruz: todos sabemos lo que es eso. Para colmo, tenía fresca la lectura de Juan de Yepes y su cabreo con todas esas muestras de fervor popular por las reliquias y los símbolos externos, asunto que no le parecía apenas salvable como culto del pueblo, de modo que le parecía fatal, a él, tan desprendido de las cosas terrenas, para sus frailes del Carmelo Descalzo. De modo que, bien, pero mejor la vista, y no porque yo sea especialmente anticlerical, que la verdad es que ese es asunto que empieza a resultarme indiferente. Cerca de Caravaca está el nacimiento del río Argos, un pequeño parque natural umbrío y fresco. Argos fue aquel gigante de los cien ojos. Este río no es gigantesco pero sí tiene muchos ojos o nacimientos, y muchos de esos afloramientos (la palabra es ideal) de acuíferos están en ese diminuto y precioso lugar.

Morella encaramada

Morella encaramada

El Tigre del Maestrazgo, o general Cabrera, fue un líder carlista que convirtió Morella en capital del carlismo. En mi novela La insigne chimenea, el beato Leopoldo Pañoburdo se mueve por esa región y acaba siendo fusilado por Fritada d’Alls, guerrillero de la tercera guerra carlista en la que no participó Cabrera. He estado en Morella dos veces y las dos me ha impresionado, arriscada en un monte al que señorea un castillo, un monasterio franciscano y la Basílica Arciprestal. De esta Basílica merece la pena la escalera

Morella. Escalera espiral de subida al coro

Morella. Escalera espiral de subida al coro

en amplia espiral que permite ascender al coro. La Balma, un santuario debajo de una inmensa oquedad de la roca. La Iglesuela del Cid, Mirambel, Castellote, Cantavieja, pequeños pueblos que en 1977 vi casi despoblados (cuatro viejos y un par de chiquillos) y que ahora al menos se mueven aunque con el reposo de los aragoneses sureños, porque aun estando situado el Maestrazgo entre Castellón, Teruel y Tarragona, tienen la pachorra cazurra turolense y la hospitalidad propia. Porque para hospitalidad la recibida en Mirambel de un propietario de bar que nos puso de comer una auténtica delicia carnívora con morcilla, chorizo, costillas y lomo asados “col legno” deliciosos mezclado con vino del lugar que, sin ser una de esas delicias que en los supermercados tienen metidos en vitrinas, se ingería muy bien y casaba con el sabor fuerte

Mirambel

Mirambel

de las carnes. “El dueño de la venta tráiganos vino/ del más negro que tenga, del menos fino”, cantaba mi padre recordando la zarzuela El cantar del arriero. Y para queso el del Tronchón, oveja curado que compramos en Morella en una tienda junto a la oficina de turismo, así como la longaniza, lo que nosotros llamamos salchichón pero en tripa fina, sin llegar a ser fuet y atado como los chorizos.

En el camino de Tarragona, Calaceite. Paseo matutino pero ya caluroso por pueblo tan merecedor de una parada. Viejos palacios, callejas con sorpresas, gente sonriente. Excepto el empleado de la gasolinera, de esos individuos que le deseas buenos días y te contesta que no es cosa tuya si hace o no buen día.

Tampoco habíamos parado en Tarragona. La Catedral y su

Calaceite

Calaceite

museíto. Tablas renacentistas con santos y martirios. En cambio, las ruinas tampoco nos movieron demasiado. Cada uno tiene sus gustos y sus manías. Hay quien no entraría en una iglesia ni aunque le prometieran extasío ante las obras de arte que se guardan o ante la misma construcción gótica o románica. A Rosa y a mí no nos entusiasman las ruinas. Ni en Roma ni en Tarragona (y a quien me diga que en Roma no hay más que ruinas podré decirle que no conoce Roma si no es por los prospectos turísticos). Cosas. Cada uno con las suyas.

Dicen que un blog es una especie de diario. Se puede ser sincero, abrirse, confesarse. Sin exagerar. La verdad es que si mi hijo pequeño, Julio, es para mí la cotidianidad, Miguel, el mayor, es lo extraordinario. Y después de 12 años tras la recuperación sigue siendo así. Comer todos los días con él, pasear, acompañarlo hasta su trabajo en la Rambla de Cataluña donde dirige la obra y remata el proyecto arquitectónico de un restaurante-bar

Sant Pau del Camp

Sant Pau del Camp

de tapas (el lugar no puede ser más destacado en la geografía barcelonesa) ha sido una de esas cosas que conforman la media sonrisa que, a la hora final, si es que da tiempo y no como al amigo Gregorio Morales, se le pone a uno en la cara como diciendo “que me quiten lo poco que he bailado”.

El paseo desde San Pau del Camp, al final de la calle San Pablo, hasta Santa María del Mar, tan recomendado por aquel personaje anarquista de mi novela Lejos de toda esa gente con ideas, quien decía que era como viajar de la oscuridad a la luz (muchos creen que la religión no tiene luces; depende de qué entendamos por luces, pero más aún depende de qué entienden por tales quienes la mangonean), fue una experiencia que yo tenía ganas de hacer como comadrón de la idea y que Rosa disfrutó mucho.

Ponerse ante los edificios modernistas y comprobar que los precios para visitarlos son abusivos nos hizo decidir, parte por rabia, parte por ahorro, no entrar y disfrutarlos por fuera.

Sant Pau del Camp

Sant Pau del Camp

Durante el paseo por el barrio gótico escuché a una señora darles explicaciones a los niños sobre la manera de hablar, tan diferente, de los hispanoamericanos. Ella les decía que habían heredado el castellano, lo que se hablaba entonces, cuando la conquista. Me permití intervenir (mi prurito educativo no se me pasará a mí así como así, porque lo hice pensando en los niños, una rubita y un rubito preciosos y atentos a lo que les explicaba quien supongo era su madre) para especificarles que la forma de hablar americana fue herencia, no del castellano sino del español andaluz, canario y extremeño. Pequeña conversación que los niños escucharon muy atentamente y en la que quedó claro por qué prefiero decir español antes que castellano, pues a fin de cuentas, el castellano es el español que se habla en Castilla,

Santa María del Mar

Santa María del Mar

mientras que en Andalucía, Colombia, Chile o Cuba se habla un español que ni mucho menos tiene el acento castellano. Y que conste, para quien piense lo contrario, que no es, como venían a decir los franquistas, que en todos esos lugares se hable mal el castellano, es que simplemente no se habla castellano sino español y el castellano es una forma más, no la correcta por obligación, de pronunciar y hablar el español. Todo lo demás son politiqueríos.

Tres claustros románicos, tres. San Cugat del Valles, a donde viajamos en tren desde Barcelona, Santa María de l’Estany, a unos 30 km. de Vich, y Seo de Urgel al sur de

Santa María de l'Estany

Santa María de l’Estany

Andorra. El de L’Estany es el claustro románico más bello que he visto en mi vida, tan pequeñito, tan recoleto, tan místico. Silos es espectacular, para que los monjes dieran casi largos paseos. L’Estany es apropiado para meditar. Si Gerardo Diego lo hubiera visto, quizá se habría dejado de cipreses y habría hablado de cipresillo porque un ciprés grande no cabe.

Vich, con la sana idea de visitar a Salvador y a Ángel. Con la cosa de que, vista la edad que tenemos, no sería de extrañar que esta fuera una de las últimas veces que podemos disfrutar de esas amistades. Salvador, tan loco, estupendamente loco, como siempre. Dijo que durante toda su vida había disfrutado de tres cosas: las rubias, leer y caminar. Dado que se ha retirado de la competición hace algún tiempo (así lo expresó), nada más le queda leer y caminar. Si le quitan caminar por la salud, solo le queda babear, y se niega. Así que lo sigue haciendo mientras la vida, que siempre es corta, se lo permita. A Ángel lo vi desmejorado pero nos recibió con su hospitalidad y alegría habitual. Más tarde me he enterado de lo que podríamos llamar “la peor de las noticias”. La vida es corta y estamos condenados a echar a faltar o a que nos echen a faltar. Al menos aquellos para quienes hemos sido buenos. Es curioso cómo se mantienen las amistades a pesar de los años y

Claustro de Santa María de l'Estany

Claustro de Santa María de l’Estany

cómo desaparecen otras que parecían más íntimas. A Salvador lo conocí con 17 años. Yo soy algo más de un año mayor. He hablado de él en mis novelas, cambiando siempre circunstancias, quizá por lo que su amistad y personalidad me obsesionan. A Ángel fue en el 78, a mis 29. Llegó a casa un día después de mi separación de Amparo. Lo acogí y me respondió tan bien que durante varios meses me hizo de canguro para Miguelito al que cuidaba mejor que yo, y de compañía en la casa. Le debo mucho.

Salvador nos llevó a Tavertet y Rupit. Tanto nos entusiasmaron las vistas que fui incapaz de fotografiarlas. Coger el móvil era una pérdida de tiempo. No solo son hermosos esos pueblos y muy bien conservados, con construcciones nuevas acorde a las antiguas, residencia de catalanes ricos y viejos lugareños, sino las vistas de las Guillerías, por donde hice una excursión semanasantera allá por mis lejanos 16 añitos. Lo de las fotos es muy sencillo. Pondré las que salen en internet.54a Vista desde Tavertet

La primera idea fue subir con el tren-cremallera hasta Nuria, pero al fin resolvimos ver las fuentes del río Llobregat. La decisión vino por unas fotos que Rosa vio en internet allí en la habitación del hotel barcelonés, hotel que Miguel había recompuesto y decorado como tal (por cierto una decoración y composición eficaz y hermosa, sin entrar en detalle de la ideal situación de dicho hotel Moderno, en la calle Hospital a 20 metros de la Rambla; el cachondeo inevitable, y marca de la casa, con el nombre del hotel es que ya le decía yo a mi hijo que es muy “modelno” él). Bajar hasta la cascada más espectacular de esas fuentes fue difícil, pues 250 escalones formando un camino que más parece un calvario, es duro para

Fuentes del Llobregat

Fuentes del Llobregat

rodillas deterioradas, pero subir, aunque se nos hizo más corto, requirió de los descansos que ofrecían sombreados bancos de madera muy bien dispuestos por el Ayuntamiento de Castellar de n’Hug, y que no se habían inventado cuando en mi juventud correteaba por esos montes (ahí, en Castellar, conocí a Salvador). Mereció la pena.

Antes habíamos visto el santuario de Montgrony, por encima del pueblecito de Gombreny. Verde, fresco, románico. Romántico. La vista del Pedraforca al fondo queda de postal si la enmarcamos con una de las ventanucas románicas del atrio. Eso sí, la carretera infernal, con más curvas que la Monroe y no tan atractivas.

Santuario de Montgrony. El Pedraforca al fondo

Santuario de Montgrony. El Pedraforca al fondo

La carretera desde Castellar hasta Puigcerdá era en tiempos un camino de vacas apropiado para aquellas botas de montaña que calzábamos. El coche trepó bien, mejor de lo que hoy sería yo capaz de treparlo a pie. Llegamos a Andorra con lluvia y esa fue la tónica de los días. Andorra ya no es lo que era, ya no se puede comprar tanto ni tan bien, aunque sigue siendo un paraíso consumista.

Uno de los días estaba destinado a visitar el monasterio de San Martí del Canigó. Leo en internet que suben todoterrenos desde el pueblecito de Castell, algo más arriba de Vernet les Bains. En el camino de ida nos para un control de la Gendarmerie francesa. El gendarme, amable, nos pregunta a donde vamos, de dónde venimos. En fin, lo habitual. No llegó a preguntarme el color de los calzoncillos pero poco le faltó. Al final quiere saber si “vous emportez des capitaux”, si llevo capitales. Se me presenta en el cacumen el espectro guerragaláctico de Jordi Pujol y se me escapa la risa. Al verme reír, el gendarme piensa que no lo he comprendido e interroga si “vous emportez de l’argent”, y claro, saco la cartera del bolsillo para mostrarle el billete de 50 euros. Por prudencia, creo, a él no le dio la risa pero a pique estuvo. “C’est bon!, c’est bon!, partez!”. Me hizo pensar en los

Santuario de Montgrony

Santuario de Montgrony

americanos que te preguntan en la aduana si llevas intención de matar al presidente. Desde luego no nos registró, aunque ignoro cómo habría reaccionado si no me llego a reír y a sacarle la cartera. Podría yo haber sido un buen comediante y llevar en la maleta un montón de millones. Qué más quisiera yo, aunque el gobierno se quedase con la mitad.

En Castell nos enteramos de que no hay taxis para subir al monasterio. La subida son 1600 metros de longitud pero con una cuesta del 20 o 25 %, difícil de superar para cuerpos un tanto “viejunos”. Difícil pero posible. Solo que la visita es a las 12 y a las 4 y conseguimos llegar más muertos que vivos a las 12 y media. Nada que hacer, nadie a quien preguntar y “l’orage”, la tormenta pirenaica, siempre violenta, a punto de caer. Por fin, sin ser el hombre del tiempo pero conocedor del peligro que representan esas tormentas salvajes, con mucho rayo y una cortina de agua que apenas para un chubasquero y mucho menos

Monasterio de Sant Martí del Canigó

Monasterio de Sant Martí del Canigó

los paraguas, y no llevábamos ni los unos ni los otros, convenzo a Rosa de que es mejor no entrar en el monasterio pero sobrevivir. Lástima porque por dentro también es precioso. En Castell comemos un “croque-monsieur” y a casa, aunque antes vemos Villefranche de Conflent, pueblo amurallado digno de un paseíto. A un par de kilómetros de Puigcerdá la lluvia es tan intensa que el limpiaparabrisas apenas es capaz de liquidar el agua.

Villefranche de Conflent

Villefranche de Conflent

La sorpresa penúltima fue el lugar donde comimos el postrer día en Andorra. Para haberlo descubierto antes. Almorzamos un día en la Taverna Ángel Belmonte. Muy, pero que muy bien, pero caro. Ese último día entramos a tomar una cerveza en un bar llamado +Bo, así tal cual, es decir Més Bo, o en español Más Bueno. Piénsese que el idioma oficial de Andorra es el catalán (por eso Pujol se llevó los dineros allí: fue un gran acto de patriotismo). El dueño, un tal Dario Suárez, gallego para más señas, nos sirve un jamón de antología (Guijuelo). Le preguntamos si podemos comer ahí y contesta cómo no. Un tomate picado, que para nuestra extrañeza sabe a tomate, queso, jamón, en fin, informal pero arreglá, como decía aquella. Una verdadera delicia, y barato. Muy recomendable. Está en la Avda. Doctor Mitjavila 25. Si vais por la famosa calle andorrana y seguís recto hasta pasar una rotonda enorme llamada así, Plaça de la Rotonda, manteniéndose a la izquierda, a escasos 50 metros de la susodicha está el restaurante.

El viaje de vuelta, largo, monótono, pero bien. 1000 km. de una tirada. Aún me aguanto tieso.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
Esta entrada fue publicada en Reflexiones personales, Viajes. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Viaje por ahí

  1. Miguel, has conseguido que vuelva acercarme a un blog, que me enrolle con tu viaje (que yo envidio todo lo sanamente que se puede envidiar), que disfrute de nuevo con este mundillo y que me den ganas de comerme una morcilla. Como ves has resucitado a un muerto.
    Estoy leyendo “desfile de ciervos”, de un levantino llamado Manuel Vicent, que con su sarcasmo habitual habla de las tres ascensiones de Jordi Puyo al Canigó y de la transfiguración, similar a la de Moisés en el Sinaí, que le hizo crear la patria catalana.
    Qué bien te veo. Se ve que has disfrutado de tu hijo, que has vuelto a tus raíces y que estás de maravilla, salvo lo inevitable de Gregorio, pero eso son imponderables. A ver cuando volvemos a coincidir en un sarao y nos tomamos una cerveza, que hace la tira.
    Un abrazo,

    AG

    • Más que de ciervos, los de los Pujol fue de cuervos. Respecto al montañismo, deporte nacional catalán, en efecto, al principio Pujol ascendía al Canigó porque debajo está Prades, pueblo en el que se celebraban eventos catalanistas durante el franquismo porque así lo quiso, entre otros, Pau Casals. Luego Pujol empezó a subir a la Pica d’Estats, que casi hace frontera con Andorra. Y es que ya se le notaban las tendencias.
      La verdad es que el viaje nos ha ido muy bien, incluso sentimentalmente, a Rosa y a mí. Lo de mi hijo siempre es grande. Al volver del viaje nos fuimos a Sevilla a ver al pequeño. A parte de la caló sevillana, también estuvimos muy a gusto. Espero que nos tomemos unas cuanticas, como decía Juan León que afirmaba eso de la estética cuántica, que consistía en tomarse unas cuanticas. Un abrazo

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