Cuento

Dagón

Dagón

Dagón

A rastras me conducen hasta el templo. Tirando de la cadena. A trompicones por no ver piedras, desniveles, zancadillas. Oigo las risotadas, siento los escupitajos. Maldita mujer. Maldito yo. Siento el sol en mi piel, el resplandor en mis ojos ciegos. Soy el hazmerreír, el adefesio, el vencido. En la primera grada tropiezo, doy con mi cara en el canto de piedra y noto cómo el sayón tironea de la cadena. ¡Perro!, oigo que me dice en ese idioma bárbaro que ya comprendo aunque sólo sepa de él las malas palabras. Las guedejas se me pegan a la cara. Las guedejas, mis rizos que tanto gustaron. Ya, ¿quién soy?, ¿qué soy?
Oigo las salmodias, huelo la sangre de los sacrificios, el humo de maderas nobles, el sándalo, el incienso. Adivino que estoy ante el dios repugnante, falsario. Adivino que los sacerdotes de ese dios se mofan de mí, me patearán ya que estoy en el suelo, escupirán mi rostro. Aún me quema el sol, así que debo estar en la columnata anterior al atrio, y el portón del santuario estará abierto porque siento el frescor de la cámara sagrada. El dios me estará mirando. Me arrastran hacia dentro. Los salivazos me resbalan por la cara, el cuello, la espalda hasta empaparme el calzón. Si antes me empapaban los besos de ellas, ahora me empapan sus flemas.

Dagón, dios de los filisteos

Dagón, dios de los filisteos

Oigo el clamor, el cisco del gentío. ¿Qué quieren?, ¿quieren que sea grotesco, que cante como un chiquillo, que canturree a su dios, que también yo me postre? Me verán tumbado, caído, me verán ciego, no postrado. Maldita mujer. Maldito yo.
No he visto nunca el templo, si alguna vez estuve ante él ya no tenía ojos, pero todos son parecidos. Gradas, peristilo, atrio y el santo de los santos, ese lugar donde reside el dios y su inmunda imagen, y donde los sacerdotes hacen ofrendas y sacrificios, donde las humaredas y los regueros de sangre aroman los días feriales, donde sus prostitutas danzan procaces como si con ello agradasen a ese pececillo que aquí mora. Un dios-pez es una ofensa, un insulto al verdadero Dios. Pero no puedo yo quejarme de impurezas pues aquí estoy, tumbado en la primera zanca, rodeado de blasfemos y objeto de afrentas, a causa de mi propia impureza con la mujer. Maldita mujer. Maldito yo.
Mis guedejas, mis rizos tan hermosos, tan tentadores. Mi torso hirsuto y mi fuerza. Con ella las izaba del suelo y ellas se abrazaban a mi melena, a mis brazos macizos como cedros y olorosos como ellos. ¿Qué se hizo de mis guedejas?, ¿fueron de verdad allá al muladar arrastrando con ellas mi fuerza? ¿Ya no soy aquel hombre? Evidente es eso pues soy ciego y encadenado, evidente pues me agravian y no respondo. Ya no soy el sol de la justicia de Dios, ya no elimino enemigos con la misma facilidad que el niño barre hileras de hormigas. ¿Quién soy?, ¿qué soy?

Sansón y Dalila

Sansón y Dalila

Aquí, junto al mar, me refugié, me celaron y a punto estuvieron de atraparme, pero los aniquilé. Maldito fue el mar de la mujer, aquel olor, su dulzura. Una vez, dos, tres veces trató de sonsacarme y, sabiendo, le mentí, hasta que me amenazó con lo único que podía amenazarme, con aquello por lo cual habría abandonado Dios y pueblo. Y los abandoné. Ya no le mentí. Y caí. Yo, el fuerte, comí dulzura y pequé con ello. La mujer. Su regazo. Su olor. Condenada sea ella y condenado yo pues condenado estoy. Porque aquí, junto al mar, me sujetan.
Tienen un sol a sus pies y gritan, oigo esos chillidos de las mujeres que antaño habrían chillado, sí, pero por el placer que les obsequiaba. Oigo pífanos, siringas, oigo sonajas y panderos. Sólo un punto hay sin ruido, un rincón suntuoso y gentil, un punto que no es la presencia viscosa del dios-pez. Entre volatines, pues si quieren risas, las tendrán, me acerco al punto. Un rostro lampiño, gallardo, una estatura reducida, una túnica corta. Su silencio ensordece más que todo el barullo de esos impuros. Me aferro a su hombro, tratando de no dañar. Me ofrece agua. Siento cómo también a él le escupen y cómo un soldado reprime al grosero recordándole de quién es hijo el efebo. Le sonrío con mi cara ciega y pido al mozo que me permita apoyarme en las columnas porque estoy cansado.
¡Sal corriendo, vete de aquí, vuelve a tu casa!, le digo al muchacho ahora en su idioma.

Sansón

Sansón

¡Yo soy el sol!, digo en mi lengua. ¡Dame la venganza, la tuya y la mía! ¡Devuélveme mi fuerza, ya que el abandono me ha devuelto mis guedejas! Las risas y la algarabía sacuden mis gritos y los hacen redoblar. Llueven las patadas mientras me abrazo a las columnas, llueven los gargajos, llueven los denuestos. La piedra áspera y soleada. El sol quema mis ojos vacíos, y la rabia quema mi fuerza. ¡Empuja, empuja, sandio!, oigo las voces cercanas y las carcajadas. Me apuntalo en las columnas, una a mi izquierda y otra a mi derecha. Sé que el muchacho se ha ido porque no escucho su silencio ni huelo su juventud. ¡Dios!, grito, ¡devuélveme lo mío!, ¡devuélveme tu regalo!, ¡tengo mis guedejas y tengo mi maldición contra la mujer! Maldita mujer y maldito yo. Ella está ahí, subida en la azotea, la siento. ¡Dios!, ¡dame tu ira!
Y su Dios se la dio.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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2 respuestas a Cuento

  1. Maritina Navazo dijo:

    ¡Qué pena que no te premiaran !Estupendo el relato – cuento de Sansón; gozoso sin más y sin menos

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