Décimo tercer, y último, relato de Pluma, de Henri Michaux

PLUMA Y LOS AMPUTADOS DE PIERNAS

Balthazar Balthus

Balthazar Balthus

Había un hombre delante de Pluma, y cuando dejó de mirarlo, la cara de este hombre empezó a deshacerse, a descomponerse haciendo muecas y su mandíbula cayó sin fuerza.
¡Oh! ¡Oh!, pensó Pluma. ¡Oh! ¡Oh! ¡Qué maleable está aún aquí la creación! ¡Pero qué responsabilidad para cada uno de nosotros! Tendré que irme a un país donde las caras estén más definitivamente fijadas, donde uno pueda fijar y apartar las miradas sin provocar una catástrofe.
Me pregunto incluso cómo pueden vivir las gentes de aquí; con toda seguridad contraeré una enfermedad del corazón. Y se metió en una silla de posta. Llegó a una reunión de amputados de piernas que se celebraba en un árbol. Constantemente había que ayudar a nuevos amputados de piernas a subir al árbol, que estaba ya completamente negro. ¡Esto les da gusto! Contemplan el cielo a través de las

Vicente Arnás

Vicente Arnás

ramas, no sienten ya el peso de la tierra. Es la gran reconciliación.
Pero Pluma, con los brazos llenos de amputados, se lamentó interiormente. No, no es trabajador. No siente la necesidad ardiente de trabajar.
«Por la tumba de su padre, compre un perrito». Insisten, lúgubres, como los inválidos.
¡Cansancio! ¡Cansancio! ¿Es que no nos abandonará jamás?

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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