Pinceladas de Roma II

Parece que me dejé en el tintero personal, ese al que se recrimina los olvidos, algunas apreciaciones más respecto a nuestro viaje a Roma. Más estados de ánimo que observaciones o anécdotas. Tal vez aquéllos sean más importantes que éstas. Si se es o se quiere ser viajero, claro. El turista no necesita más que bajarse las fotografías al ordenador para no perderlas. Ahí va, pues:

76 Santa María in Trastevere. Ábside

Santa María in Trastevere. Ábside y parte del baldaquín

Soy expresivo y voluntariamente curioso, inquieto. Sé tener por dentro una mirada infantil. Que “Quien Sea” me la conserve. Por eso entraba en alguna iglesia y me extasiaba ante esto o aquello. Concretamente al entrar por segunda vez en San Giovanni in Laterano estaban ensayando una pieza para orquesta y coro (podía ser el Requiem alemán, pero es raro porque conozco esa composición y no me sonó de nada; no sé qué era; sé que era de Brahms porque así lo leí en las partituras cuando me acerqué) y sonreí como agradeciendo, como maravillándome, como niñeando. Y las miradas de la gente (algunos) pensando con toda probabilidad, ¿y ese viejo que se encanta como si fuese un chiquillo? Es lo que tiene no ser normal.

La fachada de la catedral de Orvieto, con sus bajorrelieves dedicados, de derecha a izquierda, al Juicio final, Episodios de la vida de Jesús, el árbol de Jesé y el Génesis. Esa publicidad de entonces, esa forma de hacer llegar el contenido religioso a quienes ni

Catedral de Orvieto. Bajorrelieve con el Juicio Final

Catedral de Orvieto. Bajorrelieve con el Juicio Final

sabían leer ni comprendían el latín. El interior de la catedral, tan vacío y austero, y de pronto, los frescos de Fra Angelico, Benozzo Gozzoli y Luca Signorelli en la capilla de san Brizio, con la profusión de cuerpos. El funicular que conduce desde la estación hasta la ciudad, que me hizo recordar otros funiculares de mi infancia: el de Montserrat y el de Montjuich, sobre todo el primero. El restaurante solitario en la Piazza Sant’Angelo, la amabilidad del dueño y de la camarera y su exquisita comida.

Las colas desconsideradas ante los Museos Vaticanos, el Coliseo o el Foro Romano. El turista ve lo prescrito. En otros lugares dignos de verse había gentío, pero no tanto.

La nicaragüense que se nos dirigió en español, sentados en la terraza de un restaurante en Piazza del Popolo. Comían a nuestro lado ella y su marido, residentes ambos en Dijon, Francia. Nos preguntó de dónde éramos y al decirle que de Granada, respondió que uno de sus mayores procedía de un pueblo de nuestra provincia, aunque no supo decirnos cuál, pero su oficio era leñador. Ser español es una forma de ser nicaragüense o argentino, o quizá chileno.

Pitodoro de Abdera, Polopos o Picamoixons, se ignora. Aunque las malas lenguas aseguran era de Trales: debe haber un error ortográfico.

Pitodoro de Abdera, Polopos o Picamoixons, se ignora. Aunque las malas lenguas aseguran era de Trales: debe haber un error ortográfico.

Risa al ver, en el museo Capitolino, la escultura-retrato de Pitodoro. Como todo el mundo sabe, éste fue íntimo amigo de Porrón de Elea, según desveló en sus investigaciones T. H. Agapito Trasconejo. Ignoro si el representado en dicho museo era (decía al pie algo de Pitodoro de Trales, yerno de Marco Antonio, pero todo eso son memeces; además, entre trales y trales, ¿qué más da?; como decía Gril: tral y tral) el colega de francachelas de Porrón, Pitodoro de Abdera, o éste era de Polopos, o quizá de Picamoixons (famosa ciudad que se está poniendo muy de moda últimamente), pero algo de eso tenía que haber.

La iglesia de San Agustín, con su Virgen de los Peregrinos, de Caravaggio, esas sorpresas que te dan las iglesias romanas, tan diferentes a las españolas. Porque lo son, aunque todas tengan nave, altar y techumbre. Los baldaquines, tan poco frecuentes aquí. Como si el altar necesitase un techo suplementario, un paraguas, como si Dios pudiera mojarse.

La angustia, a veces, de dar con una calle, o mejor dicho, un callejón, un “vicolo”, no señalado en un mapa tan pequeño como el que compramos, consultarlo en google-maps y memorizar el trayecto. La edad, que no responde como lo hacía, ni en atrevimiento ni en resistencia.

Sarcófago en el Museo Capitolino. Fijaos en la puerta abierta

Sarcófago en el Museo Capitolino. Fijaos en la puerta abierta

Los sarcófagos en el Museo Vaticano o en el Capitolino. Aquella puerta entreabierta en bajorrelieve en uno de ellos, como si se le diera oportunidad al muerto de salir de su muerte.

Casa donde falleció John Keats. Evocación de aquel maravilloso verso: “Heard melodies are sweet, but those unheard/ are sweeter: therefore, ye soft pipes, play on”, “Las melodías oídas son dulces, pero las que no se oyen/son más dulces; por lo tanto, vosotras, suaves gaitas, tocad”. Manuscritos de Percy Bysshe Shelley, Mary Shelley, Lord Byron, Polidori. Libros y más libros en estanterías de madera, con puertas de vidrio.

La admiración cuando, sentados frente al Panteón (maravilla que el viajero curioso no debe perderse: magnificencia), vimos un palacio donde había vivido Ludovico Ariosto y también Pietro Mascagni.

La repetición en foros, guías y recomendaciones de que en Roma te roban y no te enteras. Y sin embargo, ni un solo percance. Nada. En Tiburtina no acertábamos con la máquina expendedora de billetes de tren y una muchacha nos ayudó. En Termini fue un asiático, pero buscaba la propina. Ni un gesto intentando acercarse demasiado para sacar cartera ajena del bolsillo. Nada. Eso sí, nos pidió 5 € por esa ayuda. Le di menos.

El espinario

El espinario

Lágrimas de emoción al volver a ver el Espinario. Para mi gusto, una de las esculturas más bellas de la historia de la humanidad.

La sorpresa y el miedo cuando la furgoneta del parking donde dejamos el coche cerca del aeropuerto de Roma, y que nos vino a recoger al llegar, era conducida por un tipo que, sin ninguna duda, había sido taxista en Roma. ¡Qué velocidad! Para colmo, toma una rotonda, mete la rueda en el bordillo y estamos a punto de volcar. Sobrevividos al avión, podríamos haber caído en una miserable furgoneta.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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Una respuesta a Pinceladas de Roma II

  1. Miguel, todo el mundo sabe que las fragonetas las carga el diablo. Muy bonita evocación de tu viaje. Viva, amena y mixtificadora (por aquello de Pitodoro y TH Agapito).
    Coincido en tu admiración por el espinario.
    Saludos,

    AG

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