Pinceladas de Roma

Hemos viajado a Roma desde el 13 de octubre hasta el 27 del mismo mes. Un viaje maravilloso del que no haré crónica sino sólo pinceladas. Me perdonaréis por ello pero creo que una crónica detallada aburriría y me serviría a mí como recordatorio pero no a mis lectores. De modo que procedo:
La velocidad de los taxistas romanos. Uno llega a la conclusión de que si un día se le estropean los frenos a alguno de ellos, las víctimas podrían ascender a 200 o 300 personas. Acercarse al semáforo rojo, con coches parados o no, a una velocidad nada recomendable y frenar bruscamente, temiendo el cliente una colisión segura por lo que suele agarrase a los pelos del pecho. No había sino observar las propias reacciones y las de los habitantes de los taxis cercanos.

16 Ábside de San Juan de Letrán

Ábside de San Giovanni in Laterano

Los mosaicos en las basílicas. San Giovanni in Laterano, Santa Maria in Trastevere, Santa Maria la Maggiore. Extasiarse y pensar que sí, es cierto, los de Venecia, Torcello y Ravena son mejores, pero estos son también estupendos. Y darme cuenta, pensando con ellos, en la semejanza entre aquellos artesanos-artistas y la labor literaria de Ángel Olgoso, donde cada piedrecita coloreada, cada matiz, es cuidadosamente colocada con exactitud donde corresponde, sin error posible, con la precisión relojera de un suizo metódico.
La Villa d’Este, en Tivoli, a unos 35 km. de Roma. Fuentes, parterres, árboles. La ubérrima fuente de Diana Efesia, con su estatua de la diosa armada de 20 o 30 tetas. La delicadeza de la avenida con las Cento Fontane, Cien Fuentes. El sonido musical, civilizado del agua. La certeza de que los constructores lo ingeniaron para que fuese bello de tarde, a esa hora del ocaso veraniego cuando a aquellos zánganos cardenales y damas cortesanas les antojaba levantarse, salir, sonreír a una vida que les sonreía a ellos aunque no les sonriera

Fontane di Diana Efesia o Madre Natura en Villa d'Este

Fontane di Diana Efesia o Madre Natura en Villa d’Este

a otros. El diminuto museo del libro antiguo instalado en una de las dependencias del palazzo al que pertenecen los jardines, donde una joven cordialísima me explicó que se dedicaba a reproducir dibujos de época a plumilla sobre un papel artesanal, coloreándolos allí mismo y a quien compramos uno de sus dibujos por la irrisoria cantidad de 5 € que iban destinados al mantenimiento del museíto.
La simpatía de muchas gentes. La simpatía también de algunos turistas o viajeros. El percatarme de que esa diferencia entre viajero y turista de la que tanto se ha hablado dejaría hoy al viajero auténtico en la ubicación económica de riquísimo o en la sociológica de aventurero o trotamundos, categoría que no todos podemos, a estas alturas de vida anatómica, asumir. Y que deberíamos cambiar esa clasificación y dejarla como sigue: viajero es el que mira, ve, respira, palpa, habla lo que puede, aunque tenga el tiempo limitado; turista es el que llega, saca la máquina de fotografiar o el móvil o la tablet, fotografía y sigue sin mirar ni ver ni respirar ni palpar ni hablar.
La inmensa manifestación (puedo equivocarme pero creo que había un millón de personas) que confluyó en la Piazza de San Giovanni in Laterano, protestando contra las medidas del gobierno italiano y que se celebró el sábado 25 de octubre de este año 2014. Manifestación que nos agarró de pleno. Absolutamente pacífica, sin rotura de escaparates, ni quema de cajeros o contenedores de basura, sin algaradas ni intervención de la policía que sólo se dedicó a cortar el tráfico (al menos que nosotros viéramos). El cachondeo que me agarró cuando creí escuchar ¡Messi, va fan culo!, ¡Messi, va fan culo!, porque aquel día el Barça perdió ante el Madrid (mentira, ya que el partido fue a las 6 de la tarde y vimos la manifestación al mediodía), y en realidad gritaban ¡Renzi, va fan culo!

Rosa en Cento Fontane en Villa d'Este

Rosa en Cento Fontane en Villa d’Este

Lo céntrico que estaba el apartamento que alquilamos: el Vicolo delle Palle, 23, y os recomiendo que pidáis en Google Maps la localización. Otro cachondeo cuando Paolo Remorini, amigo y editor de editorial Nazarí, me confesó que el nombre de la calle era Callejón de las Pelotas, así que tiene idems ir de vacaciones a un lugar con un nombre tan rimbombante.
La grandiosidad de la basílica de San Pedro. El orgullo por haber llegado hasta el mirador de la cúpula después de subir 331 escalones. El gesto del asiático allá arriba indicándome con el pulgar levantado la belleza del lugar y contestándole yo, con mucha soberbia y en mi malísimo inglés “I’m sixty five years old”, y el irónico mohín suyo de admiración. El agobio de Rosa llegando arriba fatigadísima y la cortesía de un señor, de habla alemana, que le ofreció un caramelito para que se repusiera.
La impresión renovada ante San Giovanni in Laterano, donde ya había estado en el año 77 y que entonces vi a la escasa luz del atardecer de septiembre. Entonces me impresionaron tanto las estatuas de los apóstoles en sus hornacinas que utilicé esa imagen en el primer capítulo de mi primera novela, Nos, donde hablaba de una gran catedral barcelonesa dedicada a todos los dioses lares conocidos y desconocidos.
La amabilidad y enorme simpatía de la signora Maddalena, que nos guardó las maletas el último día desde que tuvimos que dejar el apartamento hasta que cogimos un taxi camino de Termini. Decía que “la sua citá era molto bella” y que con el Papa Francisco había aumentado el turismo gracias a la cercanía de ese hombre a la gente. Le contesté que seguramente era debido a que “il Papa sei mezzo spagnolo, mezzo italiano”.

Santiago el Mayor en San Fiovanni in Laterano

Santiago el Mayor en San Fiovanni in Laterano

Las caminatas enormes, porque una ciudad como esa sólo se conoce andando.
La sorpresa al encontrarme una Librería Spagnola en Piazza Navona nº 90. Librería en la que conocimos a César, un menorquín que estaba trabajando en Roma como profesor, licenciado en semíticas, y gracias a quien pudimos ver la basílica de San Clemente, donde, además de la construcción del siglo XI o XII, hay debajo otra basílica del siglo VI y aún más abajo un templo mitraico.
El empedrado de las calles, vías y vicolos, con adoquines cuadrados de unos 10 cm. de lado, entre cuyas llagas podía encontrarse una gran cantidad de colillas. Al caminar sobre esos adoquines con las maletas se producía una vibración que, desde las ruedas y a través del brazo, el hombro y el cuello, se trasmitía al cerebro y que seguramente tenía una longitud de onda igual a la del núcleo de hidrógeno, característica que la une con lo que ocurre dentro de un midroondas, y posiblemente era consecuencia de ello que se calentase la cabeza hasta extremos inauditos. No dudo que la afición a poner colillas en los intersticios de los adoquines era para paliar esos efectos negativos.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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2 respuestas a Pinceladas de Roma

  1. Vicky Pino dijo:

    Roma eterna, si. Muy interesante, aunque me da que has acabado el bote de pintura con estas pinceladas. Pura envidia, no creas, porque el cuerpo y la mente me piden un viajecito asi. Quizas el ano proximo cuando ya haya liquidado mis deudas o casi.

  2. Das envidia, Miguel. Y me extraña que no hables de pasta ni gelatti. Y lo más extraño: has vuelto con unos kilos menos. Miracolo.
    Un abrazo,

    AG

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