Décimo relato de Pluma, de Henri Michaux

PLUMA EN CASABLANCA

Henri Michaux

Henri Michaux

Una vez llegado a Casablanca, Pluma se acordó de que tenía cantidad de itinerarios para hacer. Es por eso que dejó su maleta en el autocar: volvería por ella cuando sus asuntos más urgentes estuvieran acabados. Se quedó en el Hotel Atlantic.

Pero en lugar de pedir una habitación, pensando que aún tenía muchos itinerarios por hacer, prefirió preguntar la dirección de la Sociedad General.

Fue a la Sociedad General, hizo llegar su tarjeta al subdirector, pero cuando ya fue introducido, antes de mostrar su credencial, creyó conveniente informarse de las principales curiosidades del poblado árabe de Bousbir y de los cafés moriscos, pues no se puede abandonar Casa sin haber visto la danza del vientre, aunque las mujeres que la bailan sean judías y no musulmanas. De modo que se informó del lugar, se hizo conducir al café morisco y había ya una danzarina en su mesa encargando una botella de oporto cuando se dio cuenta de que todo esto no son más que tonterías; cuando uno está de viaje, con sus fatigas desacostumbradas, hay que reponerse lo primero. Salió pues y se fue al restaurante del Rey de la Cerveza, en la ciudad nueva; iba a sentarse cuando pensó que beber y comer cuando se viaja no era todo, que hay que asegurarse cuidadosamente de si todo está en regla para la etapa del día siguiente; y así acordó consigo mismo que más que hacer el pachá en una mesa, buscaría lo más pronto posible dónde estaba fondeado el barco que iba a tomar a la mañana siguiente.

Henri Michaux

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Sería un tiempo bien empleado. Era lo que ya estaba ocupado en hacer cuando le vino a la cabeza hacerse un recorrido por el lado de las aduanas. Hay días en los que no se dejaría pasar siquiera una caja con diez cerillas, y a quien se encontrase portando una caja semejante, sea encima o sea en el interior de una maleta, se expondría a las peores desgracias. Pero yendo de camino, pensando cuán a menudo el servicio de Sanidad está confiado a médicos ignorantes que podrían perfectamente impedir subir a bordo a una persona de salud impecable, debió reconocer que sería muy sagaz por su parte mostrarse en mangas de camisa, dándole al remo, exultante de brío a pesar del frescor de la noche. Y eso estaba haciendo cuando la policía, siempre inquieta, le preguntó, oyó su respuesta y ya no lo soltó.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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