Octavo relato de Pluma, de Henri Michaux

LA RECOLECTA DE CABEZAS

Henri Michaux

Henri Michaux

Sólo tuvieron que tirarle de los pelos. No querían hacerle daño. Le arrancaron la cabeza. Eso no pasa así porque sí. Seguramente le faltaba alguna cosa.
Cuando ya no está sobre los hombros, molesta. Hay que entregarla. Pero antes hay que lavarla porque mancha la mano de aquel a quien le es entregada. Porque el que la recibe, con las manos empapadas en sangre, empieza a sospechar y mira como quien espera aclaraciones.
-¡Bah!, nos la hemos encontrado arreglando el jardín… Nos la hemos encontrado en mitad de otras muchas… La hemos escogido porque parecía más fresca. Si prefiere otra… podemos ir a ver. Vigílela mientras espera…
Y se van seguidos por una mirada que no dice ni sí ni no, una mirada fija.
Podríamos ir a mirar por el lado del estanque. En un estanque se encuentra cantidad de cosas. Quizá un ahogado nos haría el apaño.
En un estanque, uno se imagina que encontrará lo que quiera. Volvemos enseguida y con las manos vacías.
¿Se encuentran cabezas dispuestas a brindarse? ¿Dónde se encontrará tal cosa sin demasiadas historias?
-Yo tengo un primo hermano. Pero dicen que somos muy parecidos de cara. Nadie me creerá si digo que la encontré por casualidad.
-Yo… está mi amigo Pedro. Pero tiene una fuerza tal que no se la dejará quitar así como así.
-¡Bah!, veremos. La otra la hemos conseguido con mucha facilidad.
Y es así que se van con su idea y llegan a casa de Pedro. Dejan caer un pañuelo. Pedro se agacha. Como para ayudarle a levantarse, riendo, le tiramos hacia atrás de los cabellos. La cabeza cae, arrancada.
La mujer de Pedro entra furiosa… «Borracho, fíjate que ha derramado el vino. Ni siquiera llega a beberlo. Tiene que tirarlo al suelo. Y ni siquiera puede volver a levantarse…».
Y se va en busca de algo con lo que limpiar. La retienen por los pelos. El cuerpo cae hacia delante. La cabeza se queda en la mano. Una cabeza furiosa que se balancea en la punta de los largos cabellos.

Henri Michaux

Henri Michaux

Sale un perrazo que ladra fuertemente. Le damos una patada y la cabeza cae.
Ahora ya tienen tres. Tres es un buen número. Además, hay donde elegir. No son verdaderamente cabezas parecidas. No, un hombre, una mujer, un perro.
Y vuelven con el que ya tiene una y lo encuentran esperando.
Le ponen sobre las rodillas el ramillete de cabezas. Pone a la izquierda la cabeza de hombre, junto a la primera cabeza, y la cabeza de perro con la cabeza de mujer de largos cabellos del otro lado. Después, espera.
Se los mira con una mirada fija, una mirada que no dice ni sí ni no.
-¡Ah!, estas las hemos encontrado en casa de un amigo. Estaban allí, en la casa… no importa quién haya podido traerlas. No había otras. Hemos cogido las que había. Otra vez estaremos más acertados. Después de todo, esto ha sido buena suerte. Estas no son las cabezas que faltan, afortunadamente. De todas maneras, es tarde ya. Encontrarlas en la oscuridad. El tiempo de lavarlas, sobre todo las que estaban en el barro. En fin, lo intentaremos. Pero a nosotros dos no se nos puede pedir que traigamos carretadas. Entendido… Vamos… Quizá hayan caído algunas desde hace un rato.
Y se van, seguidos de una mirada que no dice ni sí ni no, seguidos de una mirada fija.
-Yo, bueno, ya sabes. ¡No! ¡Fíjate! Toma mi cabeza. Vuelve con ella, no la reconocerá. Ni siquiera las mira. Le dirás…: «Tome, al salir me la he tropezado ahí mismo. Es una cabeza, me parece. Se la traigo. Será suficiente por hoy, ¿no?…».
-Pero, viejo, no te tengo más que a ti.
-Vamos, vamos, nada de sensibilidad. Tómala. Vamos, tira, tira fuerte, pero más fuerte, hombre.
-No. Ni hablar. Es nuestro castigo. Mira, prueba con la mía, tira, tira.

Henri Michaux

Henri Michaux

Pero las cabezas no se separan. Buenas cabezas de asesinos.
No saben ya qué hacer, van, vienen, van, vuelven a salir, vuelven a salir, seguidos de la mirada que espera, una mirada fija.
Al fin se pierden en la noche, y tal cosa les es de gran alivio; para ellos y para su conciencia. Mañana, volverán a salir al azar, en una dirección que seguirán mientras puedan. Intentarán crearse una vida. Es bastante difícil. Lo intentaremos. Intentaremos no pensar en nada de todo esto, vivir como antes, como todo el mundo…

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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Una respuesta a Octavo relato de Pluma, de Henri Michaux

  1. gart dijo:

    Lo digo y lo repito hasta la saciedad. Estas maravillosas traducciones tienen que ser editadas.
    ¡Por mi candela verde!

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