Séptimo relato de Pluma, de Henri Michaux

A PLUMA LE DOLÍA UN DEDO

Umberto Boccioni

Umberto Boccioni

A Pluma le dolía un poco el dedo.
-Tal vez quisieras consultar a un médico, le dijo su mujer. A menudo, basta con una pomada…
Y Pluma fue.
-Un dedo para cortar, dijo el cirujano, ¡perfecto! Con la anestesia, seis minutos como mucho. Como usted es rico, no tiene necesidad de tantos dedos. Estaré encantado de hacerle esta pequeña operación. Le enseñaré ahora mismo algunos modelos de dedos artificiales. Los hay extremadamente graciosos. Un poco caros, es verdad. Pero no es cosa de mirarse en el gasto. Le haremos lo mejor.
Pluma miró melancólicamente su dedo y se disculpó.
-Doctor, es el índice, ya sabe, un dedo muy útil. Precisamente debo escribir a mi madre. Me sirvo del índice para escribir. Mi madre estará inquieta si tardo mucho en escribirle. Volveré en unos días. Es una mujer muy sensible que se preocupa fácilmente.
-Por eso que no quede, dijo el cirujano, aquí tiene papel, papel blanco, sin encabezamiento, naturalmente. Algunas palabras sentidas de su parte la alegrarán.

Paul Delvaux

Paul Delvaux

Voy a telefonear en un momento a la clínica para que lo preparen todo, para que no haya más que retirar el instrumental esterilizado. Vuelvo en un instante.
Y aquí lo tenemos, de vuelta.
-Todo es para lo mejor, nos esperan.
-Perdóneme, doctor, arguyó Pluma, vea, mi mano tiembla, es más fuerte que yo… ¿ve?…
-Bueno, le dijo el cirujano, tiene usted razón, mejor será no escribir. Las mujeres son terriblemente finas, las madres sobre todo. Ven avisos por todos lados cuando se trata de sus hijos, y de nada hacen un mundo. Para ellas no somos más que niños pequeños. Aquí tiene su bastón y su sombrero. El coche nos espera.

Javier Calvo

Javier Calvo

Llegan a la sala de operación.
-Doctor, escuche. De veras…
-¡Oh!, exclamó el cirujano, no se inquiete, tiene usted demasiados escrúpulos. Escribiremos esa carta juntos. Pensaré en ello mientras le opero.
Y acercando la máscara, duerme a Pluma.
-Habrías podido siquiera avisarme, dijo la mujer de Pluma a su marido.
No te vayas a imaginar que un dedo perdido se reencuentra tan fácilmente.
No me gusta eso de un hombre con muñones. Tu mano un poco más desnuda ya no cuenta para mí.
Los inválidos, es sabido, se convierten pronto en sádicos. Pero yo no he sido educada como he sido educada para vivir con un sádico. Debes haberte figurado que te ayudaré bondadosamente en estas cosas. Bueno, pues estás equivocado, habrías hecho bien en pensarlo antes…
-Oye, dijo Pluma, no te agobies por el futuro. Tengo aún nueve dedos y además tu carácter puede cambiar.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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Una respuesta a Séptimo relato de Pluma, de Henri Michaux

  1. gart dijo:

    Como de costumbre, un relato brillante y una traducción impecable.
    ¡Cuándo leches vas a enviar estas joyas a un editor!
    Peazo de…

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