Segundo relato de Pluma, de Henri Michaux

Henri Michaux

Henri Michaux

Aquí va la segunda entrega de Pluma, de Henri Michaux.

PLUMA EN EL RESTAURANTE

 Pluma almorzaba en el restaurante cuando el maître de hotel se acercó, lo miró severamente y le dijo con una voz baja y misteriosa: «Lo que usted tiene ahí, en su plato, no aparece en nuestra carta».

Pluma se excusó enseguida.

Verá, dice, como tenía prisa no me he tomado la molestia de consultar la carta. He pedido al azar una chuleta, pensando que acaso había, o que si no, se la encontraría fácilmente en el vecindario, pero estaba dispuesto a pedir otra cosa si las chuletas faltaban. El camarero, sin mostrarse particularmente sorprendido, se fue y me la trajo poco después, y aquí está…

Naturalmente, le pagaré el precio que sea necesario. Es una buena tajada, no lo niego. Pagaré lo que sea sin dudarlo. Si lo hubiera sabido, habría escogido gustosamente otra carne o simplemente un huevo, aunque ahora ya no tengo mucha hambre. Voy a pagarle inmediatamente.

Sin embargo, el maître no se mueve. Pluma se encuentra horriblemente molesto. Al cabo de algún tiempo, al levantar la vista… ¡uf!, es el director del establecimiento quien se encuentra ante él.

Pluma se excusó enseguida.

Joan Miró

Joan Miró

-No sabía, dice, que las chuletas no aparecen en la carta. No la he mirado porque tengo bastante disminuida la vista, y tampoco tenía mis quevedos conmigo, y así, leer me da siempre una molestia atroz. He pedido la primera cosa que se me ha venido a la cabeza, y más bien por provocar otras propuestas que por gusto personal. El camarero, sin duda preocupado, no ha buscado más allá, me ha traído esto, y yo mismo, por otra parte, me he puesto a comer bastante distraído, en fin… le voy a pagar a usted ya que está aquí.

Sin embargo, el director del establecimiento no se mueve. Pluma se siente cada vez más molesto. Cuando le tiende un billete, ve de pronto la manga de un uniforme; era un agente de policía quien estaba ante él.

Pluma se excusó enseguida.

-Ya ve, ha entrado aquí para reponerse un poco. De súbito, se le grita a bocajarro: «¿Y para el señor? ¿Qué será…? -«Uf… un tercio», ha dicho. «¿Y después?…» grita enojado el camarero; entonces, más por deshacerse de él que por otra cosa: «Bueno, ¡una chuleta!».

Cuando le fue traída en un plato, ya ni pensó más en ello; así que, ¡es verdad!, como estaba delante de él…

-Oiga, si usted quisiera intentar el arreglo de este asunto, sería muy amable. Tome, para usted.

Y le tiende un billete de cien francos. Al oír alejarse unos pasos, se creyó ya libre. Pero es ahora el comisario de policía quien se halla ante él.

Pluma se excusó enseguida.

50

Joan Miró

-Tenía una cita con un amigo. Lo buscó en vano durante toda la mañana. Como sabía que su amigo, al salir de su oficina, pasaría por esta calle, entró aquí, tomó una mesa cerca de la ventana y como por otra parte la espera podía ser larga y no quería tener el aspecto de vacilar ante el gasto, encargó una chuleta; para tener algo ante él. Ni un instante pensó en consumir. Pero teniéndola delante, maquinalmente y sin darse cuenta en absoluto de lo que hacía, se puso a comer.

Hay que saber que por nada del mundo habría entrado en un restaurante. Almuerza en su casa. Es un principio. Se trata aquí de una pura distracción, como le puede pasar a cualquiera que esté irritado, una inconsciencia pasajera; nada más.

Pero el comisario había llamado por teléfono al jefe de la policía: «Vamos, dijo a Pluma pasándole el aparato. Explíquese de una vez. Es su última oportunidad de salvación». Y un agente, que lo empujó con brutalidad, le dijo: «Ahora se trata de andar por el buen camino, ¿eh?». Y dado que los bomberos hacían su entrada en el restaurante, el director le dijo: «Vea qué pérdida para mi establecimiento. ¡Una verdadera catástrofe!». Y mostró la sala abandonada aprisa por todos los comensales.

Los de la secreta le dijeron: «Esto se animará, le prevenimos. Será mejor confesar toda la verdad. No es nuestro primer asunto, créanos. Cuando estas cosas empiezan a tomar este cariz, entonces sí que es grave».

Sin embargo, un agente que era un pedazo de patán le dijo por encima del hombro: «Oiga, no puedo hacer nada. Es la ley. Si usted no habla por ese teléfono, le sacudo. ¿Entendido? ¡Confiese! Está usted prevenido. Si no le oigo, le sacudo».

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Acerca de elarboldearnas

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4 respuestas a Segundo relato de Pluma, de Henri Michaux

  1. Maritina Navazo dijo:

    Lo lamento Miguel, puede que te decepcione, pero la estupefacción deja paso al desconcierto. Realmente, si te soy sincera, no me gustan y no es una crítica a tu labor. Sólo he sacado en conclusión después de leer ambas con dedicación y empeño, el concepto del absurdo y, ese concepto, si ese es el el meollo del asunto, lo veo un artificio vacio y vanal.Puede que mi cerebro no dá para más ¿qué trasmite? ¿En un caso la indolencia y en el otro el atrevimiento a pedir lo prohibido? No sé, no sé….

    • Bueno, Maritina, es cierto que es cuestión de gustos. Parece algo como kafkiano, sobre todo este último. A mí hace ya un tiempo que me fascina Michaux. A lo mejor es más el propio hecho de la lengua francesa y ese reto de traducir lo intraducible que el propio Michaux. Pues a lo mejor. No lo sé. Sé que me gusta y me fascina. Un beso

  2. Esther dijo:

    Cierto que no resultan bellos este tipo de relatos, no sé si meto la pata pero creo recordar que Michaux es surealista, y bueno, estos relatos son como los sueños que pueden ser pesadillas, en cierta manera circulares y obsesivos, de ahí quizás que no sean precisamente para recrearse, es más, posiblemente al leerlos nos saquen algo del espanto que casi todos llevamos dentro. A mí este en particular también me ha recordado a Kafka, y no solo por esa critica social que hace: el individuo injustamente maltratado por un aparato social en sus contumbres mecánico y absurdo, el reverso a esta crítica es ciertamente interesante: el trauma del sociópata, el inadaptado que queda atrapado en la carcel de sus pensamientos y es devorado por sus propios monstruos. En mi opinión esto es lo fascinante, ambas lecturas suceden simultaneas, por lo menos así lo leo yo, tan verdad la una como la otra, y con esto el relato pega un salto de lo absurdo a lo trágico, ciertamente fascinante.

  3. gart dijo:

    Personalmente no encuentro nada de banal (con b) en esta maravillosa obra de Michaux. Sus imágenes, su invitación al disfrute del sonido de las palabras, su fascinante absurdez, es lo precisamente lo hace especial. No es porque el puñetero Miguelito sea amigo mío, o tal vez sí, pero ¡vaya traducciones! Están a la altura del último Perec, de Marisol Abués y Hermes Salceda. Dejando a un lado la pulcritud -cosa anodina en una buena traducción- me quedo con el compromiso del traductor y su capacidad para comunicar la belleza de un lenguaje que, sencillamente, no es más de lo mismo.

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