Presentación de Geografías apócrifas, de José Luis Gärtner

Momento de la presentación

Momento de la presentación

Os adjunto la presentación que hice de la novela de mi buen amigo José Luis Gärtner, Geografías apócrifas. Debo aclarar que en la presentación ante el público, que se hizo el día 18 de este mes de mayo de 2014 en el Centro Cultural de la General, en la Acera del Casino de Granada, este texto que aquí coloco iba trufado de preguntas, unas medio en broma y otras medio en serio, para darle un aire desenfadado y evitar la somnolencia del respetable. Hubo risas y no hubo cabezadas, y sobre todo, se vendió el librito, lo que no es mala cosa. Andrés Sopeña, colega satrapilla del Patafísico, nos felicitó porque había sido una presentación algo diferente, divertida y fuera de la ampulosidad de darle coba al autor y esbozar una biografía que a nadie importa. No coloco aquí esas preguntas porque sin las respuestas, que Gärtner “improvisó” (las tenía semi-preparadas) ante el público, carecen de sentido y pierden toda su gracia que mi querido amigo José Luis supo darle. Ahí va ese texto:
El siglo XX ha sido pródigo en explicar la nada. Después de una novelística del siglo XIX llena de anécdotas, intríngulis, argumentos rocambolescos en algunos casos, tramas llenas de suspense, aunque el suspense sigue apreciándose incluso en el siglo XXI, los grandes novelistas del siglo XX se empeñaron, en algunos casos en explicar la nada. James Joyce con su Ulises narró la peripecia vulgar y aburrida de un día en la vida de un dublinés, Kafka contó cómo un tipo es contratado como agrimensor por un Castillo y no consigue ocupar su puesto por problemas burocráticos, o cómo otro, acusado nadie sabe de qué, ni siquiera él mismo, es obligado a defenderse para al fin… ya saben ustedes. Hermann Broch contó la larga agonía del poeta Virgilio empeñado en quemar su gran obra, la Eneida, por considerarla imperfecta. Samuel Beckett dejó que el hilo argumental se transformase en absurdo y silencio. Claro que luego, Joyce usó la anécdota, el argumento, en el Artista adolescente, Kafka fue cuento en sus cuentos y en la Metamorfosis o la Transformación, como ustedes quieran, y Broch tiró del viejo estilo en la trilogía Los sonámbulos. Por no citarlos todos, porque en la Montaña Mágica, de Thomas Mann, tampoco es que ocurra gran cosa. ¿Qué mantenía y sigue manteniendo en pie esas novelas? El lenguaje. El lenguaje, la reflexión sobre la propia literatura y la innovación narrativa, lo que se ha dado en llamar narratividad.

Portada del libro. Editorial Talentura

Portada del libro. Editorial Talentura

Si algo refleja bien nuestro siglo XX y también este principio del siglo XXI es el mito de Sísifo, ya saben, aquel titán que engañó a los dioses y fue condenado a subir una piedra hasta la cima de un monte, piedra que caía hasta el valle poco antes de llegar a la cima, por lo que jamás cumplía su condena. Ese mito, y la tela de Penélope, hecha y deshecha cada noche, son los símbolos del trabajo que ha impuesto ese sistema llamado capitalismo, sistema que está completado, porque si no, no habría quién lo soportase, y se demostró desde mediado el siglo XIX hasta el estado del bienestar, por la ilusión de adquirir bienes con el dinero ganado trabajando, bienes cuya posesión, siempre escasa porque, por descontado, el salario no da para mucho, nunca satisface del todo, lo que nos impele “sísifamente” a subir la piedra del trabajo para ver cómo el dinero ganado se gasta en fruslerías, aunque a veces no tan fruslerías porque comer es necesario, antes de haber ganado la siguiente soldada. Ese es el absurdo del que hablaban los existencialistas y especialmente Marcel Camus. El paradigma de ese sistema, el lugar sacrosanto donde cumplimos el rito de esa nueva religión contra la que somos incapaces de luchar, el templo del sumo sacerdote donde se oficia la misa de gastarse en bagatelas lo que se gana con sudor y así reproducir sempiternamente el sistema porque yo lo trabajo, yo gasto y así tengo que trabajar más, no sólo para volver a gastar sino también para que yo y otros tengamos más productos que comprar, esa gran catedral o ermita es el Centro Comercial.
La nada y el absurdo existencial. Incluso la autodestrucción, como en la gran novela del siglo XX, Bajo el volcán. Para soportar eso, o hay que tener mucho dinero o hay que tener una enorme fuerza vital o hay que tener la lucidez a la altura del betún, es decir, ser más tonto que un zapato, aunque el protagonista de esta novela niegue esta opinión mía y asegure que la tontería no da la felicidad.
El argumento, pues, no es importante para este autor, no es imprescindible apoyarse en un sinfín de anécdotas que encaramelan al lector con la intriga, ni tampoco una resolución final de la trama.
Bien, ya nos hemos acercado un poquito a la novela que intento, mal que bien, presentar aquí. Un individuo trabaja en un Centro Comercial. Para más inri, maneja una máquina abrillantadora de suelos, con lo que repite un día sí y otro también el mismo trayecto en la lenta maquinita, pasando y repasando por los mismos pasillos, plazoletas y vestíbulos. Además quiere, angelico, escribir una novela, cosa que nunca logra.

El autor, José Luis Gärtner. Guapo, guapo, no es, pero feo, feo, tampoco

El autor, José Luis Gärtner. Guapo, guapo, no es, pero feo, feo, tampoco

Atanasio Ropero es el personaje: trabaja durante el día en lo que ya se ha dicho, vive en lo que él llama el armario, una diminuta habitación en el mismo Centro, y por la noche acude a la taberna de Adalberto, cercana al Centro Comercial, donde bebe absenta, como Jarry, como Toulouse-Lautrec. Atanasio Ropero tiene un presente, el que se acaba de exponer, tiene un pasado como hombre normal, casado, con un trabajo mejor que el actual, con casa propia. Lo que no tiene es futuro, ningún futuro. Y no porque vaya a morir o porque se esté suicidando lentamente con media botella de absenta diaria, que también, sino porque, exento de pasado, con un presente impresentable, ¿qué futuro va a tener?: sobrevivir apenas, como tantos y tantos que sobreviven en nuestra sociedad.
Al no tener futuro, la novela tampoco puede tener final. Ese es otro hallazgo de la novela del siglo XX. ¿Cuándo acaba el Ulises?, cuando finaliza ese día inmenso, el 16 de junio de 1904. ¿Acaba la vida de los personajes, o cuanto menos cambia radicalmente? No, acaba el día y la sarta de palabras en las que consiste la obra. Igual acaba la novela de nuestro amigo Gärt. Hay al final un encuentro, sí, un encuentro con una mujer de vida semejante a la de Atanasio, pero no es un encuentro que modifique nada, sólo un encuentro, algo ligeramente más humano que todo el absurdo e inane anecdotario que ocurre en el Centro Comercial.
En realidad, la novela habla del deseo y de la realidad, asuntos sempiternamente contrapuestos.
Al principio hay una voz en off, una especie de segundo yo del protagonista que le inquiere, que lo pone en duda, que se ríe de él. Esa voz se va diluyendo a lo largo de la novela hasta desaparecer casi completamente o ser expulsada por el protagonista cuando éste está ya borracho y como aquel bateau ivre, aquel barco ebrio de Rimbaud, intenta atravesar el aparcamiento del Centro para volver a su habitación, a su armario.
¿No ocurre nada en sus páginas? ¡Por supuesto que ocurren cosas!, en la cabeza del protagonista, con un monólogo interior muy cercano al habla cotidiana, al habla de usted y de mí, con sus tacos, sus frases hechas, sus sarcasmos hacia los demás y hacia uno mismo, sus intervenciones de ese otro yo, de ese Pepito Grillo que se mete donde a veces no le llaman, con sus obsesiones al estilo de Molly Bloom en el último capítulo del Ulises, pero, y ahí está la gracia, no es un calco culterano del monólogo de la mujer del protagonista de la novela de Joyce, sino algo más cercano al habla, en el sentido que la diferenciaba Saussure del lenguaje, algo más popular, digamos, más próximo a lo que hablamos y pensamos nosotros, los seres reales. Y también ocurren u ocurrieron cosas en el Centro Comercial. Está el papel del odiado jefe de mantenimiento, el bar Coronado, la dependienta también solitaria que le gusta a Atanasio o el director de la sucursal bancaria que, potentemente, se beneficia a la cajera de su entidad, y digo potentemente porque se intuye, aunque bien podría ser otra cosa, el ejercicio del poder y del acoso laboral con éxito por parte de este director.

Pues un ejemplo

Pues un ejemplo

Hay algo que llama la atención: el nombre del Centro Comercial, Doha. El autor asegura que el nombre hace referencia a la capital de Qatar, sin embargo, a mí me suena a la palabra griega doxa, que quiere decir opinión o conocimiento fenoménico según Platón. Nuestra actual palabra “paradoja” viene de ahí. Bien, esa opinión o conocimiento fenoménico, por ciertas experiencias, me recuerda mucho al sentido común, que nos hace agachar la cabeza ante el poder y aceptar las cosas que nos vienen hechas, lo que evoca inevitablemente a esta sociedad nuestra donde, incluso los más rebeldes tienen teléfono móvil, es decir que están integrados de una forma u otra.
Y otro aspecto de la novela es coruscante: sus enumeraciones. Desde que Julio Verne se luciese poéticamente hablando en aquellas enumeraciones maravillosas de los nombres latinos de peces en Veinte mil leguas de viaje submarino, enumerar es difícil pero a menudo poético. El señor Gärtner hace algunas de ellas, y las más significativas son la lista de asuntos en los que el protagonista cree o no cree, en el capítulo Credo, y en el primer capítulo, Biografía del instante, los diversos lugares sobre los que se puede posar un moscardón en lugar de en la calva del protagonista-autor.
La verdad es que esta novela, inevitablemente, me ha sugerido la que Vila-Matas llama literatura Bartleby, es decir, la narrativa que habla de personajes o escritores que optaron por no escribir, o incluso como el mismo Bartleby, el protagonista de Melville, optaron por no vivir, no suicidándose, sino dejándose llevar, abandonándose a la no existencia. Sólo que aquí el personaje no opta por no hacer lo que desearía hacer, con la célebre frase de ese Bartleby “preferiría no hacerlo”, sino que es incapaz de hacer lo que quiere hacer: escribir. Quiere y no puede, es impotente. Otra metáfora de la realidad: toda la sociedad es impotente, y no porque no podamos rebelarnos sino porque, al menos, todos tenemos teléfono móvil, que es lo único importante. Pero hay una paradoja, y esa palabreja se nos ha pegado, y no sólo por el nombre de ese Centro Comercial, sino porque la novela está hecha, está escrita, la ha escrito el propio Atanasio Ropero, o lo que es lo mismo pero no, no del todo ni mucho menos, el propio José Luis Gärtner

Pieter Brueghel el viejo. Qué ocurre cuando un ciego guía a otro ciego

Pieter Brueghel el viejo. Qué ocurre cuando un ciego guía a otro ciego

Para ir acabando, quiero destacar algunas perlas, frases que alcanzan la categoría de sublimes por lo lúcidas y, en cierta forma también, por lo nihilistas. El protagonista dice de sí mismo “lúcido de día, ciego de noche”, y eso es lo que se nos obliga a vivir y nosotros accedemos, en efecto: debemos estar lúcidos de día, en el trabajo, es decir en el negocio, siguiendo la etimología de la palabra no-ocio, y ciegos en la noche, en el ocio, ciegos para consumir lo que debemos obligadamente que consumir, dándole la razón a Ernst Jünger cuando denunciaba que el Trabajador trabaja hasta cuando no lo hace, y eso lo decía observando a esos grupos de turistas que siguen a un individuo o individua que enarbola un paraguas o un abanico.
Luego, el hecho de que según la alucinación del personaje, la solería del Centro Comercial, esa que él pule y pule todos los días con su máquina, está fabricada con polvo de huesos humanos, y ahí toca un tema que también a mí me subyuga: el de la utilidad, el de que todo debe ser útil, y digo útil, útil social y económicamente, no estoy hablando de reciclajes.
“Es la artificialidad lo que nunca duerme”, dice el protagonista. El mundo que describe Gärtner es artificial, puramente artificial, de modo que no debe dormir jamás, no debe bajar la guardia.
Y por último, “El Doha es el mundo”, y ahí sigue, aunque estoy seguro que a él le irritará esta alusión mía, o cuanto menos se revolverá como serpiente en su guarida, sigue la recomendación de Tolstoi: describe bien tu aldea y describirás el mundo.
Lean ustedes esta novela y piensen, si es que pueden soportarlo. Porque pensar puede ser doloroso, a veces es mejor no hacerlo, pero entonces nos acercaríamos tanto a las hormigas de un hormiguero que nos podrían crecer antenitas como las de la portada estupenda de este libro. Léanla, y fíjense que no les digo cómprenla, sino sólo léanla. Merece la pena. Por cierto, la editorial ha sido Talentura y se puede adquirir por un precio en absoluto abusivo porque ni el autor ni el editor han tenido que untar mano alguna.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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2 respuestas a Presentación de Geografías apócrifas, de José Luis Gärtner

  1. Maritina Navazo dijo:

    ¡Pues sí los comentarios están muy bien!Inducen a leer la novela veré como puedo adquirirla.Respecto a Sisifo ¿hemos pensado cúal es su grado de felicidad ? Puede que fuera feliz, tenia un objetivo, sabía lo que tenía que hacer, o al menos tenía un trabajo , ahora bien arto escaso. Respecto a Penelope ya es otro tema, ella es la imagen de la desazón y de la espera esperanzada, de verdad ¿ ella no podía hacer nada y emprenderla a mandobles?
    Como pasa con todos los mitos universales, nos representan; todos tenemos algo de Penelope ¿quién no espera esperanzado? Todos esperamos siempre algo que llegará. Y Sisifo es el tesón, el empeño ¡en fin! Todos nosotros, los burros en la noria. Trabajo para tener más dinero, y con ese dinero (bien empleado) generamos más trabajo que nos proporcionará más dinero(que bien empleado) nos dá más trabajo y así infinitamente. Había una vez un muchacho sentado en el borde de un río pensando en sus cosas, le vió un hombre y se dirigió a él y le preguntó que qué hacía, el muchacho le respondió lo evidente, pescar. El hombre le volvió a interrogar ¿y qué haces con los peces, no los vendes? para que querría venderlos, respendió el muchacho, pues con ese dinero, bien emplado, podrías poner una tienda y vender más peces y con el dinero que ganes , bien empleado, comprar camiones para el reparto y vender aún más peces, y con ese dinero poner otra tienda y ya bien asentado podrías tener más tiempo libre y venir a pescar. El muchacho le miro sin entender y le respondió ¿y qúe estoy haciendo ahora?

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