También se me ha ido Albert

No quiero, por supuesto, hacer de este blog una recogida de esquelas o de panegíricos. No es mi intención. Ni siquiera deseo traspasaros o compartir con vosotros, quienes me leéis, mis penas o mis golpes, pero es cierto, como decía Vallejo que “la vida da unos golpes, yo no sé, como de la ira de Dios”. Sin embargo, un diario, como son estos blogs cibernéticos que pululan en un espacio inexistente, es un reposadero, un lugar donde soltar lo que uno lleva dentro, con la diferencia evidente de que es un diario nacido para ser público.

El Patronato Ribas hacia 1930, mucho antes de que existiera la Avenida Vall d'Hebron

El Patronato Ribas hacia 1930, mucho antes de que existiera la Avenida Vall d’Hebron

Pero lo cierto es que se me ha muerto otro amigo, otro que, como el Divi, estaba íntimamente relacionado con el Patronato Ribas, aquel Instituto donde yo empecé a dar clases en 1977. Albert Catalán era uno de los de más edad entre nosotros, pero no era eso sólo lo que le confería aquella lucidez y su enorme capacidad para idear nuevos sistemas educativos y nuevas maneras de sortear una legalidad ante la que, entonces, al no estar demasiado asentada ni fija, era posible esbozar alguna verónica o algún pase de pecho. Hoy, al contrario, está todo previsto y no se puede uno saltar ni siquiera la comba. La innovación viene de arriba o de los allegados al poder. Albert fue capaz de insuflarnos entusiasmo e ilusión. Suyas fueron algunas de esas maravillas que ya enumeré en la entrada que dediqué al recuerdo del Divi. Suyas y de unos cuantos apasionados que supieron secundarle y tuvieron tanta imaginación como él para descubrir esos vericuetos legales y esas novedades educativas sin salirse para nada de la eficacia en cuanto a formación y conocimientos (hoy, esos mismos principios o semejantes, detentados e impuestos por el poder, han fracasado estrepitosamente, o cuanto menos esa es mi experiencia y el informe Pisa me ratifica, porque además, ni siquiera les hemos conseguido felicidad o rebeldía libertaria).

Luego, se apartó de la enseñanza y se fue a trabajar el campo, cosa que siempre le gustó. Pero no fue uno de aquellos ingenuos que a finales de los 70 se tropezaron con la enorme dificultad de que el campo hay que trabajarlo y eso cansa. Albert sabía perfectamente lo que tal cosa podía fatigar y se metió en ello. Lo recuerdo perfectamente: pantalones de pana, alto y corpulento, con su barba que siempre la recuerdo algo gris, y como un payés más en la provincia de Gerona, cerca de Olot. Más tarde, otra de sus grandes pasiones fue recuperar viejas técnicas para fabricar cerámica para solerías. También estuvo dedicado a ello con su peculiar empuje. Luego volvió a la enseñanza, como profesor de Matemáticas en el Besós barcelonés (si no me equivoco).

Perdí el contacto porque me robaron el bolso con la agenda. Y en el año 96 me lo encontré casualmente (¡mira que es grande Barcelona!, y sin embargo…) frente al Ateneo Barcelonés.

El Patronato Ribas hoy. Ya el Instituto no se llama así, sino Instituto Vall d'Hebron

El Patronato Ribas hoy. Ya el Instituto no se llama así, sino Instituto Vall d’Hebron

Poco después nos visitaron en Granada él, su mujer, Lluisa y su hijo Francesc. Los llevamos a que conocieran el cortijo de mis cuñados. Le presenté a Pedro, mi muy querido hermano, más que cuñado, y también fallecido. Albert, mirando desde la era el olivar, le dijo que estaba tan bien cuidado y trabajado que parecía obra de muchos hombres. Aquel día, en el campo, Albert estuvo a gusto, respirando como a él le gustaba, y Pedro engordó dos o tres quilos porque se percató de que aquel catalán alto y grandullón sabía de lo que hablaba. Luego celebramos los 25 años del Ribas y tuvieron la bondad de alojarme en su casa.

Cuando me jubilé lo vi en Barcelona, me invitó a comer. A él le faltaba, creo, un año o unos meses para conseguir también su retiro. Los que no paramos, no tenemos problema al jubilarnos. El que se para, se muere, y a veces, el que no se para, desgraciadamente, también.

Luego surgió la enfermedad. Como dicen en los medios de comunicación, una larga enfermedad como eufemismo del cáncer. Leucemia. En cierta ocasión hablamos por teléfono. Me dijo que lo que más le jorobaba era la falta de tiempo para hacer todas las cosas que aún deseaba hacer. El deseo, como el no pararse, también lo conserva a uno vivo. Pero a veces ni eso. Estaba demasiado vivo, ansioso de vivir y de hacer, de crear, de eso que los griegos llamaban poiei, para pensar hoy que está muerto.

Biblioteca del IES Vall d'Hebron. Se ha instalado en la antigua capilla. No fue Albert ni nosotros quienes la hicimos, pero si no se planta, no hay cosecha

Biblioteca del IES Vall d’Hebron. Se ha instalado en la antigua capilla. No fue Albert ni nosotros quienes la hicimos, pero si no se planta, no hay cosecha

En sus últimos meses había logrado juntar algunos papeles y me remitió un librito con un conjunto de prosas y poemas tanto en catalán como en español. Le llamé por teléfono y le dije algunas cosas que pensaba del libro, alabanciosas, por supuesto, y no por amistad ni por cortesía sino por sinceridad. Eran recuerdos, aunque las últimas prosas eran ya impresiones últimas. El librito se llama S’amaga l’ombra de la memòria, es decir, Se esconde la sombra de la memoria. Ese esconderse la sombra es quizá una imagen perfecta del temor a la muerte, no un temor cobarde, sino “el temor”, porque la muerte no es más que un pararse, no poder hacer ya lo que uno deseaba aún hacer. En la penúltima prosa dice, y traduzco: “Ya sabéis que he empezado un nuevo tratamiento. Un nuevo tratamiento viejo, que daban antes de las cuatro versiones modernas que no han conseguido mejorarme. Este es antiguo, he tenido toda la vida una cierta atracción por los cachivaches de los “encantes viejos”, no sé si la han encontrado en alguna paradita de por allí”. Así era Albert, socarrón, con esa socarronería que da ser catalán (a lo peor, tanto insistir en la identidad, y acabamos perdiéndola como pueblo al que se le amputa una característica que era fenomenal: el sentido del humor, que debe empezar por uno mismo) y que también proporciona estar apegado a la tierra. Mi cuñado Pedro también la tenía.

Acabo reproduciendo en traducción uno de sus últimos poemas. Albert no era exactamente poeta. Sus palabras revelan simplemente lo que llevaba dentro. Que ya es mucho. Ojalá algunos poetas fuesen así de sinceros y lúcidos. Dice así: “Necesito un puñado de endorfinas/ ya sabéis que ella me ha dejado casi sin vida./ Tengo una nostalgia que me paraliza,/ me da miedo que acabe conmigo poco a poco,/ que yo mismo me niegue el mañana./ Decidme , qué lugar/ encontraré abierto a estas horas/ para comprar una cajita de endorfinas”.

Patronato Ribas. Aquí sí se ve lo que fue el antiguo Instituto de formación Profesional

Patronato Ribas. Aquí sí se ve lo que fue el antiguo Instituto de Formación Profesional

En ese libro agradece a todos aquellos que le ayudaron a empujar. Ahora somos nosotros, quienes te apreciamos, los que te agradecemos el empuje que nos diste. En tiempos turbios es difícil encontrar una mente lúcida y ágil para darle la vuelta a las cosas que nos quieren dar hechas. Sale alguna, pero es difícil. Albert fue una de esas.

Este hombre tenía madre. La yaya vive aún, con 95 años, y por suerte, aunque en este caso uno nunca sabe, con la cabeza clara. Ver morir a los padres es natural, ver morir a un hijo no lo es en absoluto. Mi recuerdo también para ella.

No creo en el más allá, pero es bonito pensarlo, ahora que ya nada le cansa, con un azadón abriendo acequia y viendo correr el agua y crecer la semilla, o tal vez consiguiendo la temperatura exacta del horno para cocer sus losas pequeñitas, con apariencia de antiguas, como era él, antiguo en el sentido de leonardodavinciano, polifacético. O quizá dando clase a unos cuantos que sí le escuchan y le agradecen.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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6 respuestas a También se me ha ido Albert

  1. A nuestra edad, amigo Miguel, son frecuentes estos dientes que se van rompiendo en el peine, y que dejan unas mellas espantosas que no hay forma de disimular: siempre quedará el hueco…
    En fin, que es mejor tomarnos un vino tras la presentación de la novela de Gil Craviotto y mañana… ya se verá.

    Un abrazo,

    AG

  2. Carmensita dijo:

    Es duro perder a un amigo y saber que se lleva una parte de nosotros, también lo es el pensar que no sabemos si quizás en otra vida volvamos a juntarnos… Pero ya lo decían “no murimos si habitamos en la memoria y en el corazón de alguien”

  3. Maritina Navazo dijo:

    No conocí a tu amigo, pero sé que en tu ánimo ha dejado una huella, conociéndote como te conozco. Vayan aquí mis condolencias. Un abrazo, Miguel, y a seguir recordando y escribiendo.
    Maritina

  4. Nicolás dijo:

    Lo siento, Miguel.
    Lo que nos queda esperar es eso. Pero mientras nos quede la memoria… Un cordial saludo.

  5. prfc dijo:

    Siento su pérdida. Yo fui alumna en el Patronato Ribas, durante los convulsos años 78 a 81. Inolvidables las vivencias, y aquellas circunstancias en las que en aquellas aulas nos sentimos libres en una sociedad que no lo era. Recuerdo con cariño a aquellos profesores que defendían una fórmula de educación distinta y revolucionaria.

    • ¿Y yo?, ¿fui profesor tuyo? Desde luego, por el nombre en tu correo no te identifico. En cualquier caso, un abrazo y te agradezco el recuerdo. Por desgracia, aquella educación distinta y revolucionaria fue agarrada a trasmano por el Gobierno (todos han estado interesados en lo mismo) y desvirtuada, degenerada, convertida en pura burocracia.

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