Crónica de una conferencia (y II)

William Blake. Los adivinos y los brujos

William Blake. Los adivinos y los brujos

En mi última entrada en este blog reflexionaba sobre una cuestión que durante siglos ha sido vital: ¿existe o no un Creador, una justificación del Todo, un Primer Motor? Y dije que mi respuesta es “no sé”. No quiero agregar “y no me importa” aunque sólo sea porque “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, que como sabéis viene a ser algo así como “Hombre soy; nada humano me es ajeno”. (Quien haya pensado guarreridas respecto a la última palabra del latinajo, que se vaya al médico). El problema es que en nuestro país, integrado ya en Europa, aunque sigamos siendo algunas cosas que no se corresponden, aunque siga habiendo restos de una presunta religiosidad (luego explicaré lo de presunta), apenas necesita ya de unas reflexiones filosóficas desde las posturas científicas para justificar que en realidad, nada en los descubrimientos científicos implica, obliga a la existencia de un Dios o un Primer Motor que desencadenase todo esto. Sí hacen falta esas reflexiones y defensas en Estados Unidos, por ejemplo, y es curioso esto porque aparentemente es el país más adelantado y democrático (falso, desde luego) del mundo. Allí existen aún creacionistas con poder, lo mismo que existen ultraortodoxos judíos que fechan incluso el día y la hora de la creación. Y fijaos que digo con poder, porque eso es importante. No hay más que leer libros de ciencia escritos por investigadores norteamericanos para comprobar lo que digo.

Si en un land alemán, una région o département francés, o una Comunidad Autónoma española alguien proclamase que a partir de ahí en las escuelas se enseñase el creacionismo basando en ello los planes oficiales de estudio, seguramente se montaría un pollo u trifostio que no se lo saltaría ni el tipo ese que se tiró desde la estratosfera. Se puede hacer otras cosas como asegurar invasiones o guerras de secesión cuando falla una vocal, pero no jugar con las cosas de la religión. Es posible que con el tiempo corramos peligro de que esas barbaridades, como también lo es negar el Holocausto, se permitan, pero ahora mismo no es el caso. No digo yo que en alguna escuela ultramontana, una yeshivá judía o escuela talmúdica, o en una madrassa coránica existentes en Europa no sean posibles esas cosas, pero el alumno podrá discutir con el enseñante aunque eso le cueste la expulsión, porque inmediatamente tendrá plaza en otra escuela pública que no pregone tales majaderías, o saldrá a la calle y verá otras cosas como le ocurrió a toda una generación (o varias) a la que pertenezco, reaccionamos e incluso nos hicimos rebeldes, cosa que hoy no ocurre, lo de la rebeldía, digo (fenómeno que sería digno de ser analizado en otro lugar). Mi opinión, pues, es que desde la ciencia, aunque jamás haya que bajar la guardia, por supuesto, no hace falta obsesionarse con ese tema y repetirlo hasta el cansancio, cansancio que posiblemente produzca el efecto contrario al pretendido. Tampoco hace falta en Europa obsesionarse con la pena de muerte en nuestros países porque no existe en ellos, aunque nunca hay que olvidar que puede volver, incluso por presión popular o campaña populista, y en España ya sabemos sobradamente las nefastas consecuencias del populismo y la conversión de la política en marketing.

William Blake. Lucifer

William Blake. Lucifer

Una de los asuntos que tocó el señor conferenciante al que hacía referencia en la anterior entrada es el de la oración, argumentando, y con toda la razón del mundo, que eso de pedir a San Apapucio que mi niño se cure del resfriado crónico es demencial y anticientífico. Vale. Esas cosas son restos, residuos de una época en la que los pobres apenas tenían acceso a la medicina, en la cual, por otra parte, tampoco se sabía tanto como para poder curarlo todo (bueno, hoy tampoco, ¿recordáis?) y esos rezos, si no eficaces, servían de consuelo. Y ese tema, el del consuelo, surgió en el turno de preguntas, y provocó una discusión no demasiado amplia porque, también es cierto, apenas se puede discutir con alguien que está absolutamente seguro de una cosa. ¿De verdad, de verdad nos creemos, excepto de algunos carboneros, quiero decir, de algunos que tengan la fe del carbonero, que cuando se reza se confía de veras en que se nos conceda el favor pedido? La oración es muy a menudo una rutina, con honrosísimas excepciones, y a veces, una superstición. Unamuno decía que sería preciso recristianizar España para arrancar esos restos de superstición. El problema es que apenas ha sido leído Unamuno, excepto frases sueltas e incomprendidas que hacen más daño que bien. En España (conozco demasiado poco otros países para generalizar o personalizar) se es más atávico que religioso. Aquí no es problema la moral de las cosas, sino el qué dirán, tanto en el pueblo, como en el barrio, como en la fábrica, como en la asociación del tipo que sea. Cuando en una de esas comunidades se castiga a alguien no es por cuestiones morales sino por ser diferente, por no hacer lo normal. Aún recuerdo cómo en el año 74 fueron expulsados dos compañeros del PT (antiguo PCI) de una célula barcelonesa por ser homosexuales. ¿Fue la moral quien impulsó a los dirigentes a tal acción? No. Algunos que se apuntan a un bombardeo para justificar su propia ideología inamovible dirán que la Iglesia ha aprovechado esos atavismos, esos pánicos a la opinión ajena, a la fama y a los ataques al honor, para fortalecer lo suyo. Cierto, cosa que también es cierta, la intervención de la Iglesia, digo, en el caso que acabo de explicar de los militantes del PT barcelonés o en la técnica de los comisarios de barrio en Cuba, que se enteran hasta de lo que defeca cada vecino; por el olor, claro. Lo de la intervención de la Iglesia lo digo irónicamente: toda institución de poder ha aprovechado ese atavismo para sus fines. Por otra parte, el atavismo es algo demasiado arraigado como para arrancarlo sin peligro de desgaje de todo lo demás. Confundir ese atavismo con la religiosidad íntima de algunos es franca mala saña.

La oración, para el creyente, es en mucha mayor cantidad un halago o una acción de gracias que una petición. Y el que se cree (aún) a pies juntillas que su petición puede ser satisfecha por intervención divina o santoral, peor para él, pero fijaos, esa es señal de que sigue creyendo en un Dios antropomórfico, con voluntad, y ese es un paso evidente hacia aquel añorado politeísmo. La diferencia, y la señala Nietzsche, es que el Dios antropomórfico cristiano asiste en función del bien o del mal practicado, mientras los dioses griegos repartían fortunas o desgracias al azar o por locura del dios de turno. Pero cuando el rezador comprueba que independientemente del bien o mal practicado le suceden cosas buenas o malas, o es un Job, o blasfema, o simplemente pertenece a ese totum revolutum de carboneros que a estas alturas poco cuentan en el mundo, ni siquiera para políticos presuntamente izquierdosos, y mucho menos para opuseros y demás calaña.

William Blake. Los cismáticos y los sembradores de discordia

William Blake. Los cismáticos y los sembradores de discordia

Otro problema que suscitó el conferenciante es el de la racionalidad-irracionalidad, despreciando por supuesto toda clase de ésta última. Me pregunto: si el señor conferenciante se enamoró alguna vez, ¿analizó químicamente algunos de sus productos (ni imagino ni quiero que os imaginéis cuál) para comprobar la racionalidad y verdad de su enamoramiento? Los seres humanos somos muchos, y esa no es una perogrullada porque la especifico: no sólo cada uno es hijo de su padre y de su madre (yo soy yo y mi circunstancia, Ortega dixit, o cachondeando, yo soy yo y mi carné de identidad), sino que además cada uno de nosotros es muchos. Esto es lo que la racionalidad no puede aceptar ni siquiera a través del psicoanálisis. “No existe un yo. No existen diez yos. No existo yo, YO no es sino una posición de equilibrio. (Una entre otras mil continuamente posibles y siempre dispuestas). Un promedio de “yos”, un movimiento de muchedumbre. En el nombre de muchos firmo yo este libro”. Esta cita es de Henri Michaux, del epílogo de su libro Plume, y lleva un poquito más allá el célebre “je est un autre”, yo es otro, de Rimbaud.

¿Racionalidad?, ¿irracionalidad?, ¿atavismos?, seguramente un revoltillo, y en ese revoltillo debemos potenciar más un ingrediente que otro cuando queremos que el guiso nos salga hacia acá o hacia allá. A no ser que creamos que sólo hay un guiso, y entonces deberemos cargar con el uniforme de Gran Inquisidor.

El problema, siempre, es: no me digas lo que tengo que hacer o pensar. Si me lo dices, por razonable que sea tu planteamiento al revés de la irracionalidad de otros, te estás comportando dictatorialmente. A no ser que de tu imposición provenga clarísimamente el bien ajeno, no sólo el tuyo y el mío, y para esos menesteres, el Estado de Derecho, que nos dice lo que debemos hacer (o mejor dicho, nos prohíbe lo que no debemos hacer) pero nunca nos dice lo que debemos pensar.

John James Audubon. Mira qué cuello más largo tengo.

John James Audubon. Mira qué cuello más largo tengo.

Quisiera resumir y no puedo. La religión en España se ha reducido a bodas, bautizos y comuniones (la consabida BBC) con mucha parafernalia. Podríamos quitar los curas, las creencias, las fes, incluso, (aunque eso es más difícil porque si no tengo fe en Dios, creeré en la ciencia y si el médico no cura a mi madre del cáncer, lo coseré a hostias y san se acabó, porque la ciencia es sagrada) podríamos quitar todo eso, pero no las BBC: ¡son tan bonitas!, mucho mejor el adorno barroco de una iglesia que la austeridad de un ayuntamiento o de un juzgado. ¡Qué mejor, para esas cosas, que un buen olor a incienso, tan parecido, a fin de cuentas, al pachulí! Por eso, ¿de qué nos quejamos?, ¿del poder de la Iglesia?, pero si se lo damos todo, porque muchos de esos tan ateos que protestan y aseguran que no se pude ser científico y creyente a la vez, ni apostatan (es incómodo, papeleo), ni renuncian a una buena boda eclesial para su hija, con mucho chaqué, frac y vestido largo, y sobre todo flores blancas, ¡es tan cándida una azucena!, mucho incienso y dorado en los altares. Incluso, si me apuráis, comulgan devotamente en la misa de la boda o comunión para quedar bien ante familiares y conocidos. ¿Cómo vamos a pretender que nos respeten si no respetamos?, de modo que volvemos al principio.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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4 respuestas a Crónica de una conferencia (y II)

  1. Maritina Navazo dijo:

    Contesto y comento ambas reseñas, los comentarios elogiosos sobre tu escrito los dejo para otro día , de sobras los conoces, para qué más; no diré estupendo artículo, agil, divertido, interesante, no, no lo diré. A lo que vamos, al concepto de la duda o las dudas o del echo de dudar, el dudar es científico, si no hubieran existido dudas aún estaríamos en la caverna calentando la sopa con cantos rodados y escuchando al chamán. Porque hemos dudado estamos aquí, descubriendo la partícula elemental y calculando la edad del Universo o los multiversos. Yo no tuve la suerte de asistir a la conferencia y por ende, no me siento agredida. Es cierto, el mundo de la ciencia y la religión no se llevan demasiado bien y cuanto más avanzamos en el conocimiento más lejos se hallan . La idea de un Dios aunque sea un jugador de dados, puede encorajinar a algunos, pero su presencia, puede consolar a los que con fervor le ruegan, es una cuestión subjetiva, si yo pienso que algo existe por el echo de pensarlo ya le estoy dando existencia (desde luego, en el mundo de las ideas) pero existencia alfin y al cabo, Las personas que se molestaron , no dudaron ¡benditas ellas, vivir sin dudas ! Es cómodo creer, es cómodo encalomar a un ser superior tus conflictos presentes y futuros, es cómodo no tener ese vértigo existencial . Y también es socorrido echar la bronca a alguien que no te va a responder, y lo de echar la bronca no lo digo a humo de pajas, lo dido por lo siguiente : Mi abuela un día Le echo una bronca del copón, los antecedentes los dejo para otra ocasión pero concluyó de esta manera “por qué Dios mio, me haces esto, parece mentira, con los que yo te rezo” el resto lo dejo a vuestra imaginación.
    Besos virtuales a todos
    Maritina

    • Completamente de acuerdo, Maritina. Lo digo en esta entrada (o en la anterior, no sé): el creyente que no duda, no es creyente, es imbécil; y lo mismo se puede aplicar al científico. La física actual nos ha hecho caer muchos palos del sombrajo. No se trata sólo del principio de incertidumbre (que al fin y al cabo se reduce a un ámbito: la imposibilidad de saber a la vez la velocidad y la situación de una partícula), sino de asuntos tan peliagudos como nos muestra la actual cosmología o la física de nanopartículas. En fin, sin duda, en efecto, ni siquiera estaríamos en las cavernas: seguiríamos a la intemperie.

  2. Esther dijo:

    Yo tampoco estuve allí, así que tengo que creer lo que nos relatas, y lo que a mí verdaderamente me molestó, (me parece que tratar a los creyentes categoricamente de ignorantes es ya ser ignorantes, pero bueno cada cual …) fue la frase: “no se puede ser físico o científico y creyente”, he conocido demasiados científicos que me demostraron lo contrario, y más allá de mi experiencia, simplemente pienso que ambas disciplinas exploran “universos” bien distintos y un buen creyente duda y un buen científico duda igualmente, no ya por buenos ambos sino por humanos, y posiblemente si no dudáramos no nos hubiéramos quedado en La Edad de Piedra sino que estaríamos sacando hormigas de un tronco con un palo, y digo posiblemente porque no lo sé, tampoco sé si existe un Dios a ciencia cierta, no lo sé pero lo creo, y verdaderamente no sé que tiene que ver esto con la ignorancia, aunque reconozco que soy una ignorante pero no precisamente por creer, me parece. Me imagino que el efecto que pueda tener Dios en nosotros debe de ser como lo tiene en la ciencia el efecto placebo que funciona si se cree en él y no sabemos por qué, pare ser que aún se dan pequeños milagros aunque no nos guste, que le vamos a hacer. Y con respecto a las causas primeras, pues ahí lo tiene la ciencia también algo difícil porque del cenagal de las suyas sólo se puede sacar ella misma de la trenza como lo hizo el famoso Barón Münchhausen, es su trilema. A mí, como a tí Miguel, siempre me han interesado muchas cosas entre ellas la ciencia y la religión, no creo que una cosa excluya a la otra.

    • Es curioso, porque dos personas en la conferencia dijeron algo semejante. Me explico. Pilar Bueno habló del consuelo, y Miguel Ángel Ruiz Casas habló del efecto placebo. Ya ves, Esther

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