Primer capítulo de Nos

Recibidas las quejas por mi tacañería a la hora de incluir en este blog mis “paridas”, hago saber y constar que no es tiña ni sordidez lo que a ello me impulsa sino recato y desapetencia por parecer un pelmazo. De modo que, lo primero sería dar noticia de que la sequedad de la que daba noticia en mi penúltima entrada ha desaparecido. Me explicaré: no sé si recordaréis que decía entonces que desde el mes de diciembre pasado no escribía nada de ficción, o concretando más, de novela. Y en cierta forma sigue siendo la verdad, porque no escribo nada nuevo pero sí estoy corrigiendo: en el año 87 fui obsequiado con una beca del Ministerio de Cultura para acabar la que fue mi primera novela, Nos, que trataba sobre la transición democrática: una escuela (de las que luego se llamaron Institutos de Secundaria) en la que un grupo de izquierdosos quieren montar una enseñanza progresista, a la que luego el Ministerio de Educación llamó LOGSE y que ha sido y sigue siendo un estrepitoso fracaso. En realidad respondía a mis experiencias educativas y de grupo en la primera escuela donde impartí clases: el Patronato Ribas de Barcelona, aunque cambié mucho los personajes y no demasiado las situaciones. En ese Patronato Ribas (el Pato Ribas le llamaba mi hijo Miguel, entonces un niño de 4 años) trabajábamos más horas que un esclavo nubio y teníamos claustro semanal de 4 y 5 horas. Pues bien, uno de los motivos del fracaso de aquella escuela, además de las típicas riñas entre facciones izquierdosas, fue la insuficiencia de trabajo, o sea que tendríamos que haber trabajado más y reunirnos más a menudo, cosa imposible porque el día, que se sepa, sólo tiene 24 horas, y nosotros no rezábamos maitines ni vísperas, es decir que dormíamos lo necesario y no como los frailes que duermen poco, dicen. Imaginaos el motivo, entre muchos otros, del fracaso de la LOGSE, que tiene un profesorado no tan izquierdoso ni motivado como nosotros estábamos, y encima funcionario, o sea muy pagado de su horario laboral, lo que no me parece mal; lo que sí me parece mal es que una ley fuese tan ambiciosa sin contar con la realidad. Vamos, como si el Ministerio de Transportes, convencido budistamente de la capacidad de volar mentalmente de los humanos, así como de su facilidad para viajar en los espacios siderales con el sólo poder de la mente, no pusiera ni aviones ni trenes de ningún tipo, sino que nos animase a la psicotransportación. Muy bonito, pero absolutamente irreal. Es mi análisis, claro. Prosigo con lo que fue la novela: era la época de Julio Cortázar, del primer Julián Ríos, de Juan Goytisolo y del Torrente Ballester de La saga/fuga de JB, es decir un tiempo en el que el experimentalismo narrativo estaba en boga, experimentalismo y dificultad que hoy sólo mantienen algunos postmodernos norteamericanos. Mi novela era experimental. Incluso diría que era exagerada en eso, y yo sabía que debía reescribirla manteniendo tan solo la ambición en el lenguaje, en un lenguaje depurado, rico y escueto siguiendo, pero de lejos, las enseñanzas de Cortázar y Joyce. Hace 10 años lo intenté y me quedé cortado en el segundo capítulo, sin lograr la continuación. Pues bien, desde el mes de agosto estoy en ello y, creo, que con mediano éxito, y circunscribo ese éxito a satisfacción propia pues, hasta ahora, sólo mis amigos José Luis Gärtner y Esther Reche han leído ese primer capítulo que entonces arreglé y que hoy he conservado porque me parece válido. Luego me he percatado de que ya en muchas cosas de las escritas entre 1980 y 1988 eran válidas y las aprovecho con las consiguientes depuraciones gramaticales y de léxico. Ahí va este primer capítulo para que me digáis vuestra opinión.

I

 Primero, los personajes

 

Con la camisa levantada, el vagabundo se mira la panza y ríe. La toca dándose suaves palmadas, la acaricia plácida, reconcentradamente. Y se ríe. Recostado en uno de los pocos bancos de la Rambla, monopolizado por su postura ni sedente ni yacente, no ve tráfico ni transeúntes, que quizá quieran saber, como queremos saber nosotros, el porqué de esa inspección ventral acompañada de risita sardónica, por qué ante este anfiteatro circulante de observadores, acólitos del rito ramblero, caras familiares por la costumbre, elenco artístico y ciudadano, flor y nata barcelonesa. El mendigo ebrio se mira la panza y ríe.

Él y la María, la loca que algo más abajo desempolva paseantes con su plumero, son ejemplo de los dioses lares.

El eclecticismo es el icono que preside esta merienda de negros, este Nilo cenagoso cuyas tierras negras dan vida a la ciudad. Todas las instituciones están presentes en la Rambla: la burguesía liceística, la prostitución, los grises en el Llano de la Boquería, la intelliguentsia, pasotas, marginales y progres de diverso pelaje, el ejército y la marina.

Sería hermoso fundamentar una catedral renacentista en el centro de este arroyo, ornada con cúpula buonarrotiana y capillas para imágenes. Resultaría seductor atravesar respetuosamente sus naves doradas, rojas y azules, ofreciendo sacrificio en ejemplar recogimiento a las efigies inmóviles en sus hornacinas. Podríamos allí honrar ecuestres bronces, tallas marmóreas o graníticas, figuras en poliéster, cera o yeso que inmortalizarían a Antonio y la María, al Ocaña, la Moños y los desapercibidos, a los pingüinos del Liceo, la gristapo, a los camareros de terraza y al bizco con kilos de mugre encima, a los muchachitos floridos encaramados a la baranda del metro como pollitas a punto de poner un huevo. Amorosamente depositaríamos aromadas lamparillas bajo las imágenes de los negros vendiendo máscaras o elefantes, moros en el acto de ofrecer relojes y radiocasetes, al siete lo pago doble, trileros, travestís y putas, extranjeros, vendedoras de tabaco y cerillas y lotería y ciegos, a los cansados, artistas, encontradizos, citados, artesanos, estatuas vivientes, anfetamínicos, descuideros, progres rifadores de ideología, invasoras desde añejas y ricas casas de Cerdanyola o la Floresta, marinos franco-americano-italo-eslovenos y cien o doscientos altares vacíos a los dioses posibles y futuros. Y poder sentarse en terrazas de reclinatorios servidos por amables monjes municipales donde no faltaría cerveza fresca, helados, cubatas, alucinógenos y flipantes vasos de leche con humo y espumita, como en aquella película de locos violentos. Una basílica cuyos dioses fueran pintura de la variedad del mundo.

Antonio está ahí, quizá en esa catedral, ya dentro y del otro lado de nuestro cansancio y de todos nosotros, de León y Esme, de Chus, Nuria, Teresa, Julio, Simeón, Juanjo e Irene.

Primero el escenario y luego los personajes, piensa Simeón. ¿Personajes?, persevera, deberíamos ser indistintos, y no obstante, cuando a mí me duele la cabeza me duele a mí solo, los dolores o la muerte no son comunales. ¿Organismo compuesto de células?, no. ¿Hormiguero?, menos: somos hormigas con personalidad e ideas, por eso lo importante ahora no es distinguir entre Esme, Nuria o Teresa, entre Julio, León o Juanjo sino la ojeada al conjunto.

Continuamos Rambla abajo como si hubiéramos formulado un deseo ante una estrella fugaz. También sabemos que tales deseos sufren la indiferencia del firmamento. El embaldosado culebrea a juego con las eses ebrias.

No hay sitio en la terraza del Café de la Ópera y acabamos de pie en la barra del Drugstore. Más necesitados de aire libre que de silla. Después de cinco horas enclaustrados, boqueamos la miasma ramblera como peces en cubierta.

Irene se encuentra a alguien, saludos, besos, zalemas. Nos quedamos parados en el centro del río, curioso río de dos corrientes: escollos, rápidos, atolladeros. Mirar a la gente es observar y no comprender a una hormiguita afanándose en sus idas y venidas: arrebatarle la brizna es verla correr descoyuntada. En el lateral izquierdo de la avenida, izquierdo según lo miramos nosotros, descendientes, aún puede verse semienterrados raíles de tranvía. Lucen metálicos entre el asfalto, el paso y paso de los coches los mantiene inoxidables. Inútiles y fríos como nuestros cerebros. Somos niños a quienes se entregó una pella de arcilla: ilusionados con modelar, no vemos que todo se cuece en otro sitio.

La humedad y la luz nocturna dan a todo objeto calidad nudosa, basta; así, la corteza de los castaños de Indias es el sólo ingrediente terso de este Misisipi.

Por fin Irene se reintegra al grupo. Es extraño que un día como hoy, lunes a las once y cuarto de la noche, haya tanta gente en la Rambla.

Nos cruzamos con un grupo que canta frases: “Son-muy-caras-las-cer-vezas” y “me-nos-andar-y-más-be-ber”, cogidos por los hombros y serpenteando por el paseo central. Sería conveniente seguir su dictado.

Plaza del Teatro. El señor Pitarra blanquea sentado en su poltrona y aupado en la peana, circunspecto, sabedor de su porte en piedra para la posteridad. Las sillas, insuficientes en principio para todos, rodean ya las mesas y nuestros traseros hastiados tras una tarde de discusiones, descansan en sus asientos de hilo plástico. La noche cerrada se disipa con anuncios luminosos, farolas, mecheros que calientan chinas.

Nadie habla, quizá permeables a cuanto sucede: los personajes, el zigzagueo de los camareros con bandejas, el cartel de una película de espadachines o el reclamo, sobre la entrada del teatro, de un espectáculo erótico. En verdad tenemos la cabeza como tendría el cuerpo un estibador bisoño tras haber descargado él solo un barco de sacos terreros. El aire fresco y la cocacola con ron nos traerán el despabile: las energías contenidas brotarán como por la espita de una olla.

¡Jeremiadas!, jeremiada tú y nosotros porque nuestra queja no nos impone el instinto de conservación. Continuaremos reuniéndonos los lunes, discutiendo la marcha del instituto como si su buena marcha sólo dependiera de nuestras trifulcas. Lo nuestro es llanto de glotón niño empachado. Jeremiada de nuestra Carcelona, ventana enrejada del cansancio.

Irene tiene una mano en el muslo de Juanjo, casi en la cadera. Nos conmueve: conocemos las depresiones por las que ella ha pasado durante el último mes. Al fin cree tenerlo bajo su imperio. También sabemos que, más temprano que tarde, él echará a correr. Ver a Esme alejada de Julio, en cambio, no nos extraña. La boca de éste ha sido neón de sus problemas.

En la cercana plaza del Arco del Teatro, un hombre bien trajeado y borracho canturrea. Su corbata y los zapatos de punta resplandeciente contrastan con la chaqueta astrosa y la camisa rota del vagabundo del banco. Su cuerpo escuchimizado baila con gallardía de marioneta sobre unos remos de alambre que ni la raya del pantalón logra engordar. Se mete con todo el mundo, siempre que no sean aborígenes rambleros. Así putas, guardias, jonquis, camareros se libran de su acoso. A los extranjeros los para sujetándolos del brazo y trata de convencerlos de algo. Atraviesa la calzada y se viene a la terraza, buscando alguien que lo invite o con quien pegar la hebra. A su paso, Chus remolinea las manos. El borracho pregunta lugar de nacimiento. Sevillano, ¿y tú? Es a Chus a quien reprendemos. Yo de Huerva, mi arma. Ya no sólo deberemos aguantar el aliento a alcohol, el gorreo, las gracias mal hilvanadas, sino además el rampante, y no menos ancestral, tierrachiquismo celtibérico, la colección de coincidencias, compadreos y chascarrillos; pueblo éste de diminutos nacionalismos donde cada grupo de un yo y sus conocidos podría exigir autonomía e independencia; consolémonos porque esos independentismos se conchaban para luchar contra el nazionalismo menguante, aunque pronto deberemos pagar por ellos. Todo sea por la causa. ¿A que soy guapo?, exclama, y abre una boca donde faltan justamente los incisivos del maxilar superior, y resto de dentadura menos visitada por el dentista que nuestro Instituto por la inspección. Copa de Veterano, tabaco, fuego, todo lo pide con educación y la familiaridad que daría un trato de años. Coge el cigarro con un gesto afeminado, estirados los dedos, y reemprende el canturreo que llevaba cuando atravesó la Plaza, cara de gitana, y nos muestra sus repelentes ausencias dentales, dulce enamorada, y la vuelve a abrir.

A fin de cuentas, esa tonta gracia y el resto que se le encadenan tienen la virtud de hacernos olvidar la tarde de lunes acabada hace un par de horas, una de esas interminables tardes, mal llamadas claustros, pobladas de alusiones, malentendidos, politiqueríos, resquemores, intervenciones extemporáneas, y rematada al fin con jaqueca y vergüenza. Saliva para nada, palabras a mil libras.

Murmullo, ruido, no ruido inteligible ni murmullo digno de auscultar o ser traducido: ahorro cerebral, descanso sacro del claustro donde todo debe ser traducido, todo inteligible, del tu al yo, del yo al otro, del nosotros al ellos, aunque con el hieratismo de la infalibilidad papal, hieratismo que sólo otorga la ideología, esa que nos hace afines a pesar de opuestos y nos reúne aquí, últimos de Filipinas de la noche patricia.

No vuelvo a ningún claustro más, explota Nuria; se queja de dolor de espalda y barriga. Al primero que hable del San Patricio, o paga la ronda o le hacemos la vaca en medio de la Rambla. ¡Ronda!, canta el borrachuzo esquelético pensando en otra cosa.

Como remeros encallados en la calma chicha evocando las fatigas del temporal. Es inútil debatirse contra la costumbre de hablar del trabajo, como es inútil luchar contra la tentación de mirarse en el espejo cuando uno va solo en la cabina del ascensor. Quizá para nosotros, esta experiencia del San Patricio sea lo más trascendente que nos sucedió jamás. Tal vez nos aferremos a ella porque nuestras propias historias carezcan, de momento, de interés, o las hurtemos a ojos ajenos por pudor o temor. O acaso seamos ríos confluyentes cuyas aguas conservan diferenciados los colores peculiares de origen. Será al diluirnos cuando la tonalidad diferenciadora de cada uno saldrá a la luz y volverá a disociarnos. Cualquiera dirá: no tiene por qué ser así, no es obligado mezclarse. Así será. Ya hay quien lo ha hecho: León y Teresa, todos lo hemos notado esta tarde. Y también Juanjo con Irene tras abandonar el claustro y volver a la media hora. Esme y Julio llevan años casados, Chus se amanceba gustosamente con la Clavellina, que no pertenece a plantilla pero a quien se hizo socia honoraria, igual que Emilia, la recién ex de León, Pep y Lola forman pareja estable y liberal. Puede que no sea esa la amalgama en la que pensamos, no tan carnosa: ¿amalgamará más la amalgama laboral?, una buena colaboración, una multidisciplinariedad educativa como dios manda amalgamará hasta las entretelas. Julio, León, Teresa, Juanjo y Esme conciben en quinteto trabajos que sus alumnos realizan en las diversas asignaturas y son evaluados en conjunto. Sabemos, nosotros sabemos casi todo, que también Txiki, Lauren, Ángel, Juan Antonio y Pedro hacen algo semejante: incluso disidentes, como estos tres últimos, de una forma tan revolucionaria de escuela, meten mano en esa masa de tentadora arcilla. Trabajar así nos ilusiona: es la materialización de los triunfos sobre cuantas dictaduras en el mundo han sido. Sólo, las tardes de lunes: gajes del oficio. No hace aún tres años que el sapo iscariote, el gangoso patético y barrigón, paquita la culona, se fue en melenas. De aquí a veinte años nadie soportará estas majaderías a no ser que se paguen muy bien.

Este filamentoso barco ebrio pregunta si no tendremos nada bueno para el cuerpo. Nos fumamos la última china frente al frankfurt. Iría bien para borrar la claustrofobia. ¿Y si compráramos algo? Estás loca, aquí te dan estarlux. ¿Tú no conocías a alguien, León? Al Chato, pero se trabaja el Paralelo. Proveedor resulta ser nuestro dilecto dipsómano, y si no proveedor, conoce, sabe, puede recomendarnos. Acompañados por él no nos engañarán: Plaza Real, calle del Vidrio, Escudillers. Juanjo y Chus lo escoltan, el primero resignado. Con la cara pegada a la del sevillano, a quien se le nota el ramalazo esta noche, el intermediario niega ser maricón, pero uno no es de piedra, y señala los bigotes de jayán, la cara angulosa de Juanjo. No te vayas tú a pasar ni mijilla, se defiende el asturiano. Consiguen china de calidad media, ¿qué puede esperarse?

De vuelta a la terraza, abalánzase el beodo sobre un tipo con pinta de extranjero: visto y no visto, apóyase en los brazos de la silla, levántase de un salto, cruza entre mesas y coches, trinca al guiri por el hombro. Le chapurrea el francés, el otro se desembaraza. Se coloca entre dos marines aún tambaleantes, los embarulla en inglés tomándoles amablemente del brazo. A un matrimonio alemán entradito en años les farfulla en lo que para ellos sí debe ser germanía. Todos le entienden: testifica su capacidad de vender la mercancía en diez o veinte idiomas, incluido el turco. Su mercancía es la representación callejera de una sala de fiestas donde, después de ver el espectáculo, se puede bailar con las mejores tías de Barcelona, tías fáciles, además. Pretende que vayamos con él hasta la puerta, el precio, el ambiente, las gachís, se admiten parejas. Una rebaja por su canonjía, otra por grupo amplio. Eso somos, grupo amplio. Por fin seduce a un inglés solitario a quien trae a nuestro corrillo. La técnica se ha depurado: ahora nos usa de ganchos.

Es un último dinosaurio, luego vendrán las agencias: todo organizado.

Por fin queda allá, haciéndose pequeño, agitando un pañuelo, intentando retenernos, conducirnos hasta la puerta del night club, cobrar una comisioncilla por lo que sea. Nos alejamos remontando la corriente hacia Conde del Asalto, iluminados en azul, amarillo o verde por la bombillería comercial. Sólo Chus se gira y le dedica, desde la alameda ramblera, un amago de sevillana.

Este tipo me ha hecho recordar al de Filosofía Pura, ¿os acordáis?, Teresa evocadora. ¿Al místico?: relacionar un místico con un pícaro sólo se le puede ocurrir a una de lengua, a Irene. Habría que releerse a Freud para ver qué dice de esto, León sarcástico. Iros al cuerno. El individuo que evocan se presentó a la comisión seleccionadora para conseguir una plaza de profesor de lengua; contestaba a las preguntas con monosílabos, ausente; al preguntarle Teresa su titulación contestó entre suspiros y mirando al cielo, como si de allí tuviese que bajar algo, “filosofía… pura”.

Tenderetes. Hay una templanza que propicia el paseo. Mediado noviembre debería hacer más frío, llovizna, abrigos. En los puestos se vende artesanía, izquierdismos varios, sindicatos, organizaciones gays o feministas, defensores del árbol o de la foca, alternatividades, antinucleares, anti, anti, anti. Los paseantes se acercan, curiosean, rechazan. Es el colorido, sobre todo, lo atractivo. Los más pudientes se iluminan con focos: libros, folletos, esmaltes. Quizá estemos empeñados en ir demasiado rápido. La Historia se comporta a la inversa de Diana cazadora: se deja poseer por quien va más lento que ella, sólo un poco más lento; ni liebres ni camaleones, gatos cautos. Es por eso que los rambleros ocasionales, no los iniciados en el rito, sino los casados, proletarios, propietarios de coches, empleados eventuales, aspirantes a ligón, padres que bajan a tomarse un helado familiar al amor de la templanza, curiosean sin aceptar. Todo les parece desmedido, raudo. En uno de los quiosquillos se reparten bolsitas con un preservativo y un panfleto informador. Un paseante arrastra lejos a sus hijos, picados de acné y curiosidad.

Somos guerreros, héroes responsables del destino de su patria, discutidores implacables por un quítame allá estas pajas ideológicas; sin querer percatarse que nadie quiere la guerra, sólo nosotros.

Acordaremos, sin duda, que el casco de los grises y el raso de los esmóquines tengan parangón en lisura con la corteza de los castaños.

En la Ópera sigue sin haber sitio. ¿Sabéis lo que me ha dicho el que me he encontrado antes?, que los de bachillerato cobrarán a primeros de diciembre, y que Delegación ha concedido una entrevista a cinco representantes para anular suspicacias respecto al contrato de tres meses. Divide y vencerás. A fin de cuentas, nosotros somos los tontos de la profesional.

Simeón conoce un bar en San Pablo, quizá podamos tomar una absenta. El murciano se extiende en explicaciones sobre las características del licor y su turbio pasado tuluslotrequiano y alfredjarrysta. Somos adolescentes a quienes por primera vez, padre dio la llave; nos creemos con derecho a romper normas: llegar tarde, emborracharse; sin percatarnos de que los juegos tienen reglas: la llave y la cerradura, el entrar sin hacer ruido. El buchinche es en realidad un local de putas. Esme entra, pero Teresa, Irene, Julio y Nuria se quedan en la puerta. Tampoco cabemos todos. Sentada en un taburete hay una pendereca cincuentona cuyos muslos amenazan reventar la falda corta; tras ella, el puño en la mejilla, el codo en el mostrador, las piernas ligeramente abiertas mostrando un triángulo blanco entre la faldita negra, hay otra apenas quinceañera; tan delgada como nuestro animador, está adornada de una sonrisa beatífica. A Juanjo le asegura estar limpia, ninguna infección. Corre la voz. Nos parecemos a ella: todos los presentes participamos de una u otra forma en el contubernio judeomasónico de acoso a la dictadura y, sin embargo, ninguno de nosotros pagó con cárcel ni paliza, escapamos limpios, con suerte: quizá estuvimos poco tiempo. Acaso ese sea el motivo por el cual estamos aquí, ilusionados. O tal vez de todas maneras estaríamos aquí, con rabia, reivindicando a puñetazos nuestro derecho a ser escuchados: es el caso de Esme.

Se oyen voces de protesta. Sólo al murciano de los cojones se le pudo ocurrir este lugar infecto. Claro, es su feudo. Vayámonos. No sin antes, quién en el mostrador, quién en la calle, con la puerta del tabuco entreabierta como los muslos esmirriados de la nínfula, con las luces rojas y verdosas dejando en sombra los rostros ensombrecidos, apurar las heces del licor agridulce.

Excitada la pituitaria por el opiáceo, San Pablo huele a fritanga.

Volvemos a las luces rambleras, al jolgorio, al rumor del Volga cenagoso. Pasa un coche patrulla, yogurtera por la pintura blanca, por la mala leche. ¿Qué seríamos sin ellos? Pertenecemos a una clase cuya principal virtud es la jeremiada.

¿Quién maneja los hilos? ¡Qué marionetas estas! Descendemos, desmadejados, el Yang-tsé fétido. Las máscaras ofensivas de quienes ascienden observan y despellejan, con idéntica respuesta contraria. Somos tramoya y espectadores a la par. Pacíficos boxeadores, desinteresados comerciantes, altruistas furcias. Reunida en aprisco, la raza humana se aleja de sí misma caminando hacia atrás sin dejar de mirarse, sin dejar de mirarla. Agua en ebullición porque al tiempo, la raza se apelotona con mirada huidiza. Fuerzas centrífuga y centrípeta: drama. Nadie al alejarse da media vuelta y aprieta a correr haciendo un teatral corte de mangas, sino que el cansino paso hacia atrás y la mirada fija en la platea nos demuestra que todo intento de retroceso es tela de Penélope: volamos en círculo como la mariposa entorno a la luz abrasadora, quemándonos las alas y agarrándonos, como último recurso, a cualquier manga de chaqueta. Sísifos ante el rebaño que no abandonamos y ante la discusión claustral a la que no renunciamos.

La María nos persigue con el plumero. Viendo la seriedad de Nuria le desempolva el trasero, y trata, ante su grito de espanto, de meter las astrosas plumas bajo la falda de nuestra amiga.

Entramos en la Plaza Real para bajar hacia Escudillers. León toma a Teresa de la cintura. La desea. Aprovechando la oscuridad de la calle del Vidrio, la mano asciende hasta el hombro demorándose un segundo, por delante de la axila, en el pecho.

Una neblina inconsistente desdibuja, no ya los perfiles, sería exagerado, sino los relieves de las paredes, antiguas y cancerosas, chorreantes. La Tierra es azul, dicen.

Esme y Julio se quedan atrás. Él teme a estos apartes y no sabe evitarlos. Ella lo retiene tomándolo del brazo frente a la luz de un bar rebosante de maturrangas y beodos. Quiero pedirte un favor: no andes comentando por ahí nuestros problemas, y menos a Pep y a Lola; no hay necesidad de airear trapitos, ¿sabes? ¿Y si me preguntan? Eso es precisamente lo que te pido, que si te pregunten no contestes. ¡Esto es el colmo!, ¿tú crees que podemos ir por ahí como espías?, la gente se malicia cosas, ¿comprendes?, al fin y al cabo, los únicos comentarios han sido referentes a situaciones violentas provocadas por ti y que hemos tenido en su presencia; deberías reprimírtelas en lugar de exigir absurdos. Yo no tengo que reprimirme nada. Tampoco yo tengo obligación de callarme nada.

A lo mejor nos gusta chapotear como cerdos en charco, como estos bebedores que beben y orinan para olvidar que beben y orinan. Amar es monopolizador. Amando de veras la escuela, quizá no deberíamos amar nada más. Dedicación exclusiva. León y Teresa saben. Su relación será efímera, pastel que se acaba, dejando buen sabor de boca. Irene y Juanjo, no. Ella lo ama, quiere algo duradero, él lo barrunta y desearía salir corriendo; sin embargo, gregario, será incapaz. Nuria tiene su novio abogado, su vida privada: quizá sea quien menos ame al San Patricio. Simeón es el resumen renqueante de cuanto dipsómano barriobajero vemos, con la sustancial diferencia de carrera universitaria y empleo. Chus es sevillano: su capacidad de juerga es un tanto pueril, como tantas cosas.

Los demás esperamos a la pareja discutidora. Simeón paladea un coñac garrafero en copa napoleón: tal vez no sepa evitarlo. Permaneceremos atentos a la multitud de detalles intrascendentes que colorean esta suerte de obertura.

Tengo frío, ponme la mano en la nuca, ruega Irene. Juanjo obedece aunque no tarda en ir a hablar con León bajo cualquier excusa. Chus toma a Irene de la cintura. El chochito agua se te hace de pensar que te vas a meter en su cama, le murmura meloso. De eso no se ha hablado aún. Pásale las teticas por la espalda.

Jack the Ripper podría asomar la cabeza desde cualquier portalón. En la esquina hay una farola, frente a ella se ve girar pollos espetados, rezumando grasa dorada, a la espera de su devoración en el restaurante.

El asunto de la crisis. Hasta este negocio del putiferio, otrora floreciente, está de capa caída: levantada la veda del folleteo, falta profesionalidad: cualquier quinceañera de calcetines puede pegarte unas purgaciones. Crisis. Como el instituto, como el colectivo o Keynes. Simeón mantiene una postura inestable: apoyado en un solo pie, el tieso, y en la pared fangosa, tiene una mano en el bolsillo del pantalón y la diestra, a la altura del pecho, sostiene la copa de coñac. Se le aproxima Nuria. Estás muy callado. Pienso. ¿En la crisis? Sí. ¿Y a qué conclusión llegas? A ninguna, ¿por qué?

Allá, en los balcones, cuelgan sábanas; el olor a suavizante construye más tristeza en Julio que la disputa con Esme. Sin embargo, todo en Escudillers está sucio.

Vueltos los discutientes a la manada, entramos en el Tabú, un local en todo semejante al que quiso colocarnos el políglota onubense. Nos acoge con un ritmo desaforado de rumbas y sambas. Sonido excesivo y luz escasa. Pasamos frente a la primera barra donde detonan salvas de luz blanca entre la ambiental negra y verde, luz que hace resaltar los tetudos jerseys blancos, las caras sudorosas y tapizadas o las faldas arremangadas de hetairas y camareras, y hasta los ojillos aturdidos de los clientes. Pedimos unos cubalibres y bailamos en la pista interior, únicos danzarines para tanta música. Quiero que seas sólo para mí y que tú vayas por donde yo voy.

El alcohol acalla el recuerdo de esta tarde. Es lenitivo concluyente de los malos humores, de la agresividad inevitable y de la impotencia del no deberíamos haber callado ante… hubiéramos podido contestarle… ¿qué se habrá creído ése?, si tiene más motivos para callarse que… Jeremiadas. Y sin embargo, quienes hemos navegado Rambla arriba o Rambla abajo y ahora recalamos en el Tabú, no vibramos en idéntica onda. Esme es mucho más radical que León, Juanjo más práctico que Julio, Irene más idealista que Teresa, Chus no opina, Simeón regüelda alcohol y envidia el palmito de León o de Juanjo, Nuria mira hacia un nacionalismo utópico, un milenarismo en el que todo quedará arreglado cuando charnegos como el murciano dipsómano hayan desaparecido del mapa patrio, aunque nada personal tenga contra él excepto su sempiterno aliento a alcohol, Julio es honrado pero ingenuo, Chus es, quizá el menos ideólogo y por eso mismo quien más capacidad de afecto tiene, lo que en él implica, en ineluctable balanza, un comadreo pueblerino aunque bientencionado.

Simeón, Julio y Juanjo se quedan sentados. El segundo bebe despatarrado, su vaso desaparece de un trago. El sonido se le clava en el vientre como los clavos desgarraron la carne del crucificado. Las luces son bombas sobre Bremen: ni muros ni calles. Las palabras le burbujean, cada ampolla con un vocablo, una frase, una simple preposición, aisladas y en perfecta mezcolanza. Ruedan, ascienden, chocan entre sí y cambian de sentido para al fin unirse y proyectarse en contundente papirotazo contra su jeta, empieza a no entender nada, a no estar en el Tabú, a beberse el vaso de Simeón, a sentir que para tabú el conocimiento, la comunicación, la semántica. Como dice el murciano, también él está en crisis. Todo empieza y acaba en el ruido, en las lucecitas penumbrosas, quejumbrosas que oscilan, destellantes a veces, titilan, parpadean, el cubalibre, las amigas contorsionándose, Esme rebulléndose como si no hubieran hablado de nada, en las putas en la sala exterior, en el pagar por todo, en ellas, a quienes el centelleo estroboscópico deja colgadas en el aire, títeres de la luz verdiblanca, de la luz negra, de Chus que te zarandea. ¿Qué pasa?, ¿eh?, ¿dónde estabas? No pasa nada. Te veo muy pensativo. Triste. Anda, que te queremos hijoputa, bébete el cubata, vamos a bailar. No, no, por favor, no podría… Algo viscoso le anda en la boca, algo le atornilla las mandíbulas. ¿Quieres vomitar?, ¿te pido un café amargo? No, gracias, me iré a casa. Esme dormirá en casa de Lola, ¿no?, mejor, sólo faltaría que siguierais dándole vueltas, porque habéis tenido follón, ¿a que sí?

Nuria siente la tentación de acercarse a Esme, de consolarla. Sabe que la respuesta será un bufido. Esme no llora jamás en público.

Simeón evoca a Emilia: es raro que estando León aquí no haya aparecido ella también, o no la hayamos topado en la Rambla. Tal vez lleguen ahora ella y la Clavellina, del brazo, después de un aviso telefónico. Sería hermoso verla menearse ahí, aunque se abrazara a León y lo mirase con ojos tiernos. Sería un trío. ¡Ese es capaz de todo!, debe tener un diamante en la punta. Simeón desea la belleza temprana de Emilia. Un día se lo contó a Julio. Éste, moralista, le objetó que la jovencita estaba con León. Ya caerá, dijo el murciano. ¿Piensas hacerle proposiciones? Vendrá ella. Esta respuesta le pareció a Julio la propia de un engreído, pero su amigo cavilaba ya su estrategia: comentó, al desgaire, su deseo a Chus y la Clavellina: sistema infalible de que ella lo conociera. Chus podría ser el cronista de esta saga, el imprescindible villano chismorreante. Simeón tiene esperanzas porque, enzarzado León con Teresa, será más fácil obtener la gracia de la otra. Podría ofrecerle su apartamento, aunque una cosa es beber vientos por la adolescente, y otra hipotecar su independencia.

León baila desmadejadamente con Teresa, sus gestos exagerados desplazan al resto de amigos. Juega. Esme, en tanto, lo hace con disciplina: entra en un ménage con los otros dos. El mejor bastoneo contra la tristeza es coquetear. Lo hace sin malicia, a lo narciso; en Julio, en cambio, el coqueteo es búsqueda de lo que jamás tendrá. Éste acaba de desprenderse del abrazo de Chus y, aprovechando que todo el mundo está en la pista mirando a los tres danzantes, sale y casi se tropieza con la Clavellina que en ese instante irrumpe hecha una verdadera mujercita. La indefinida queda mirándolo extrañadísima. ¿Qué le pasa a ése? De todo. ¡Qué pesadez de claustros!, ¿no os lo podríais montar de otra forma?; ni me has mirado, ¿estoy guapa? Le da novedades. Incluso en los escarceos amorosos, esto es un campo de batalla. Le preocupa Emilia; últimamente discutían por nada, y a pesar de ello, sabe que le dolerá. Se acerca al disc-jockey y cambia el ritmo. Sevillanas. Hoy tiene unas ganas locas de guerra. Intenta instruir a Nuria en los pasos, pero la catalana tiene menos gracia que un oso. Celosa, Esme se levanta con ánimo de malpergeñar dos revueltas.

Simeón va al servicio, necesita un par de optalidones para contrarrestar el botobum de su cerebro. Al volver baila un dificultoso pasodoble con Nuria, enfrentado a su par de poderosas razones.

Es incomprensible cómo aguantamos tanto. Muchos llevamos cuatro horas de clase, una y media de autobús, coche o metro, cinco de claustro y son las dos de la madrugada. Mañana deberemos estar allí a las ocho y media de la mañana. Nuestro aguante es mental, pues contrasta con la devastación de los cuerpos. Nuestra media de edad es de veintiocho años, todos nacimos alrededor del cincuenta; quizá con seis menos estaríamos más pitos. Seis años antes hostigábamos a la dictadura y no estábamos para juergas. ¿Cómo hemos podido envejecer tanto? Ahora somos antropoides apoyados en sus rígidas extremidades inferiores y equilibrados por un pene al sesgo como las columnas de Gaudí. Somos cadáveres soñando que alguien nos pregunta: ¿queréis estar muertos? Para despertar sabiendo que eso no se puede preguntar. Somos desmañadas Pavlovas bailando con desgana un twist demodé o una samba estilo Míster Mac Donald en el Carnaval de Río.

Nuria necesita una ducha, pide una tregua para dormir. Esme se adhiere, Simeón singlará hasta su cercano caladero de la calle Lladó. Teresa quiere acostarse con León. A Irene no le importaría continuar la juerga con tal de estar con Juanjo y posponer la cama. La Clavellina acaba de llegar, continuará con Chus.

Pasean más marines por Escudillers que por las playas de Guadalcanal en el cuarenta y tres. También ellos exigen su cuota de evasión. Pero no es el cuarenta y tres, sino veinte de noviembre del tercer año de gloria, lunes, y no ha resucitado.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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7 respuestas a Primer capítulo de Nos

  1. Juame Riera dijo:

    Hola, soy Jaume Riera.
    Siento no poder ser “el primero en marcar el “me_gusta”” como me propone el Web porqué, la realidad es que “no_me_gusta”.

    No_me_gusta porqué me cuesta de leer, y yo no estoy para perder mas vista.
    No_me_gusta porqué no estoy de acuerdo contigo en que aquello fuese inútil i fracasoso, y yo estaba.
    No_me_gusta porqué en lugar de presentar a las personas las clasificas, impidiendo que el lector pueda observarlas antes.

    Siento el chasco; pero últimamente lo que mas deseo es la sencilleza, que es una propiedad opuesta a tu escritura.

    ¡Salud!
    Jaume Riera

    • Respecto a la sencillez, Jaume, he tratado de conservar las influencias de Joyce y Cortázar, y por eso el lenguaje no es directo ni las frases tradicionales. Lo otro me parece más grave. Aquello no fue inútil, en efecto, sí fue, digamos, engañoso, para nosotros y para los demás. No fue un fracaso del todo, pero sí ha sido un fracaso después cuando se trató de aplicar, y no olvidemos que los padres de la LOGSE, Marchesi y Jordi Planes, tuvieron ahí su laboratorio, aunque desde luego ellos no estaban dentro sino en sus despachos universitarios. Clasificar a las personas es una acusación chunga. En primer lugar porque es ficción (a ver, me dirás, si nos aclaramos, o representa aquello o no lo representa: pues verás, las dos cosas a la vez, me invento muchísimas cosas). Sólo está ahí el primer capítulo. El personaje en el que más voy a insistir será Simeón, y Simeón no existió, no se corresponde con nadie (si es que podemos decir que los personajes se corresponden claramente; por ejemplo, León podría ser Rafa pero es diferente). Además, uno de los problemas de este primer capítulo, y soy muy consciente de ello, es que hay muchos personajes, un montón, y es que esa pluralidad de personajes se corresponde con lo que luego sucederá y con el título mismo, Nos, nosotros, el plural mayestático. En algunos casos sí he hecho personajes-figurón, digamos, cierto, muy al estilo de Joyce que en el Ulises hace ese tipo de personajes paradigma, como es el caso del Cíclope, el nacionalista irlandés que sale en el capítulo 9, o el mismo Morelli en la Rayuela de Cortázar, que no tiene una entidad psicológica propia (luego eso lo teorizó en su célebre capítulo 62 de esa misma novela, teoría que aplicó en 62, modelo para armar). No sé, yo mismo me creo poco lo que digo porque no estoy seguro y no hago sino un apunte, una ficción que trata de pintar una realidad, no exactamente la realidad del Ribas sino la realidad de la transición, cuando creíamos de veras que todo era posible.
      De todas maneras, no sabes cuánto te agradezco la sinceridad. Una obra que sólo recibiese halagos sería para mandarla a la mierda.

  2. Esther dijo:

    Acabo de leerla otra vez, tu obertura, un festival, un torrente de palabras, personajes, historias y reflexiones. Las reflexiones algo nihilistas, pero no me quejo, quizás en medio de esa vorágine no pueda ser de otra manera. Y además, “spannend” (emocionante, intrigante, tensa, apasionante, interesante, cautivadora), y gracias a esos saltitos cuánticos del “nosnarrador” muy mimético:-) Sabes que me has hecho recordar la película de Buñuel “El discreto encanto de la burguesía”, ya sé nada tiene que ver, pero recuerdas el final, los personajes andando por el camino? La vida un absurdo, pero lo importante es, pase lo que pase, seguir caminando, siempre caminando, como si en realidad no hubiera pasado nada. Tú “nos” haces caminar tb retrocediendo, es el miedo lo que nos mueve? Cierto, cuesta leer este primer capitulo, es complejo, como la vida misma, pero, en mi opinión, a los lectores no siempre se nos tiene que pasar la vida por la turmix para hacérnosla más digerible, creo que ese tipo de “literatura ligera” ya abunda y triunfa en el mercado. Qué ganas de seguir leyendo! Gracias, un abrazo.

  3. gart dijo:

    Pues a mí sí me gusta. Porque es una muestra precisamente por la complejidad. Es evidente que Miguel no es otro de tantos que menosprecian la inteligencia del lector. Por lo menos sabe escribir “sencillez” correctamente. El problema es que las ideas más absurdas, y más terribles de la historia (v.gr. el nacionalsocialismo) triunfaron precisamente por su sencillez. Me gustan los entramados complejos como este capítulo primero de tu novela, Miguel, porque me obliga a esforzar el cacumen en busca de mis propias respuestas.

  4. Genial, Miguel. Sin palabras ante tantas palabras tan bien combinadas. Me encantó cómo usas tal cantidad de recursos que, como bien dices en tu introducción, en el momento en el que la escribiste por primera vez quizá fueran más reconocibles o más “modernos”, pero que has sabido aquilatar, depurar y asimilar perfectamente para contar una historia que, creo, de otro modo sería un simple “beseler”, como decía nuestro querido Julio.
    Es un gusto pasear por Carcelona la canalla de la mano de tus letras y ver que nada ha cambiado, que todo ha cambiado, que las palabras sirven para contarlo todo, que no sirven para contar nada.
    Entre “fracasosos”, “sencillezas” y “porquéses” prefiero la literatura, perdón, Hel Harte.

    Abrazos.

    • Gracias, Carlos. Como te decía, me está costando Dios y ayuda. Es curioso porque mi primo y padrino Jorge, que vivió intensamente aquella época ramblera (era actor de telenovelas y lo paraban las chicas para besarlo), coincide con mi descripción. Igual es que no lo hago mal del todo. Repito, gracias por tu lectura

  5. Lola Cobaleda dijo:

    Querido Miguel, responderé como pueda -seguro que en desventaja- a aquel trueque que dejamos pendiente hace poco: viaje por lectura, ¿recuerdas?
    Me parece admirable tu prosa, torrencial como una fuga, ni una falla en el tempo, ni un solo pecado sintáctico, el ritmo llevado al extremo del galope, como si quisieras alcanzar una cierta locura. Me recuerda a Joyce, a Bernhard (pero no en lo obseso) a la prosa y los monólogos de J. Goytisolo…
    Sin embargo -quizá lo has querido así y aún no sabemos la causa- todas esas cosas que te menciono hacen difícil el acceso al tema, quiero decir el acceso profundo, porque sí puedes acceder de forma panorámica, o puedes imaginarte el movimiento, los pequeños vaivenes de los personajes mientras están, hablan o caminan…
    Quizá sea el primer capítulo de una novela coral, donde las identidades personales van a contar poco…
    He cometido una maldad, pero no me preguntes por qué: he leído el capítulo de abajo arriba (jamás antes lo había hecho) y me funciona de la misma forma que de arriba abajo. Como si esa panorámica de la que hablara fuera abstracta y significara en ambas direcciones.
    Miguel, eso es lo que veo, con toda mi sinceridad.
    Enhorabuena.
    Un abrazo.
    Lola

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