Cuento leído en el Aljibe del Rey en Granada

Carmen del Aljibe del Rey, Albaicín, Granada

Carmen del Aljibe del Rey, Albaicín, Granada

El pasado día 27 de junio, es decir ayer para quien lea esto en cuanto se coloque en el blog, leí el cuento que a continuación pego en el Aljibe del Rey, carmen granadino propiedad de la Fundación Aguas de Granada. Su presidente, Esteban de las Heras, me propuso leerlo  en las jornadas de literatura y agua que organiza esa entidad todos los meses de junio. Fueron 4 jornadas, en otros tantos jueves de ese mes, en el que leímos 12 escritores granadinos algunas obras en prosa. La lista apabulla a quien, como yo, participé en tal evento porque los nombres son sonoros: Tico Medina, Pepe G. Ladrón de Guevara y Julio Alfredo Egea el 1er día, Rafael Guillén (premio nacional de poesía), Paco Gil Craviotto y Mª Luz Escribano, el 2º, Arcadio Ortega, Carmelo Sánchez Muros y Ángel Olgoso (nuestro Rector Magnífico y Perezoso, a pesar de lo cual sus narraciones están traducidas al francés, inglés, italiano, alemán, portugués  y japonés: no está mal para alguien tan tímido y modesto como él), el 3º, y por fin, Celia Correa, Enrique Morón y yo el 4º. Rodeado de todas esas primerísimas espadas, un simple novillero como yo… pues eso: apabullado.

Carmen Aljibe del Rey

Carmen Aljibe del Rey

El cuento que leí tiene el tema de uno que escribí en el año 75 o 76 tal vez, y publiqué en un librito (Dos poemas y un fracaso), del que hoy me avergüenza, no el mismo libro, sino haber tenido la osadía de publicarlo a pesar de su baja calidad. Evidentemente, lo reescribí. Al principio, cuando la organización me propuso hacer y leer un  texto sobre el agua, se me ocurrió homenajear a lo que yo entiendo por “mi patria”, a pesar de considerarme apátrida (lo que no obsta para que pague mis impuestos en este país nuestro de nuestros dolores) y apróstata (no es un error; pero tampoco les gusta demasiado a los religiosos fundamentalistas). Esa patria debería ser, no Barcelona donde nací, ni siquiera Cataluña, y tampoco Granada porque la patria es un sentimiento infantil y/o adolescente. Y mi adolescencia, que entonces se daba tardía, transcurrió (algunos veranos y fiestas de guardar) feliz entre las montañas pirenaicas y especialmente en los lagos, picos, roquedos o pedrizas, bosques, del valle de Arán y esos circos de Saboredo, Colomers, Montardo, Bohí, etc. Luego me dijeron que debía ser una narración y se me ocurrió recuperar el viejo tema de aquel cuento llamado “El viejo”. Lo que no dije allí, en el Aljibe del Rey y ante el público, fue que ese cuento, lo mismo que aquel libro editado en el 79 por la editorial Borinot Ros, me lo inspiró también una película: Picnic en Hanging Rock, del luego muy afamado Peter Weir, que cuenta la historia de unas muchachas de un internado de jovencitas que desaparecen en una misteriosa montaña australiana, quizá abducidas por la misma, por la naturaleza, por la excesiva luz veraniega. Así, y como veréis, también el cuento se convirtió en homenaje a aquella tierra tan querida por mí, aunque en ningún momento la nombre. A quienes estuvisteis en el Aljibe os agradezco enormemente vuestra presencia y las felicitaciones. Lo coloco aquí para que quienes no pudieron estar lo lean, si así lo desean. Parece que allí gustó, y espero que también a vosotros os haga pasar un ratito agradable. Gracias por la lectura.

Ecos reflejados en un lago

 Llueve. Llueve como quien apedrea, llueve como si el aire se volviese agua. Miro la lluvia desde la ventana sin cristales, evitando las goteras. Soporto las corrientes de aire que atacan como oleadas desde las trincheras. Sin embargo, lo que veo me compensa. Entre la lluvia, el lago salpicado es la cara de un virolento, una cara cambiante, de costumbre oscurecida o clareada según las nubes vayan o vengan, aunque hoy las nubes ni van ni vienen, se quedan. El lago no refleja hoy nada sino a sí mismo, introvertido, cauto, atrayente como una diablesa de los bosques, renegrido, acaso uno de esos lugares en el universo que, atravesando su superficie o siendo absorbido por ella, nos conduce a un universo opuesto, quizá simétrico, paralelo.

Aquí hay muchos lagos pero cada uno está solo, eremitas devotos, más que de un dios, de la soledad misma.

19555_1El barracón me sirve de refugio invernal, cuando en la zona no hay nadie y, como mucho, se ve pasar algún grupito de montañeros a lo lejos, calzados con esquíes o encordados. Fue construido cuando el furor de las represas eléctricas. Horadaban las montañas con grandes tubos y dejaban caer todo el peso del agua sobre las turbinas. A veces, pegaba uno el oído a la tierra y la escuchaba bramar ofendida. Luego fuimos los excursionistas de los años heroicos, cuando por aquí corríamos sólo cuatro chiflados que aprovechamos estos tinglados para abrigo y descanso en verano, porque en invierno se atrevían únicamente algunos alpinistas muy expertos. El desuso y el mal uso fueron deteriorándolos. Hubo un tiempo en el que hasta aquí llegaban, no amantes de la montaña, sino toscos melenudos que buscaban estas soledades para retozar con sus amigas y fumar sus repugnantes cigarrillos. Al principio, uno podía encontrar en la alacena galletas, mermelada, leche condensada que habían dejado otros que a su vez habían hallado esas vituallas dejadas por anteriores visitantes. Luego, los peludos arramblaron con todo.

Ellos no eran más que vividores, hedonistas que exprimían la vida. Pero su aparición no fue sino un primer síntoma.

233678-lleida-circo-colomers-val-daranComo primera medida, las autoridades iniciaron la protección de estos parajes prohibiendo la acampada libre. Continuaron impidiendo la circulación de vehículos privados por las veredas que acercan al lugar. Estas disposiciones favorecen el negocio de algunos, sí, pero también resguardan la integridad de lagos, montañas, bosques y prados. No sólo se indignaron los melenudos. Pero la gente se acostumbró y ahora suben en masa, aprovechando los días soleados y cálidos. Unos pocos, sabios, caminan apartándose de los rincones frecuentados y durante unas horas viven llenando los pulmones de algo más que gregarismo. Puede vérseles bañarse desnudos en las aguas heladas o comer retirando prudentemente los desperdicios o abandonar aquello que los animales no tardarán en devorar. Lo extraño es que se ve felices tanto a éstos como a los que no pueden vivir sin dejar rastros inmundos de su presencia acá o allá; los primeros porque respetan al monte, los segundos porque la irresponsabilidad no produce a menudo sino un ahondamiento en la estupidez: abandonan papeles grasientos, envases, plásticos, ensucian el agua o defecan en medio de las sendas tan trabajosamente pisadas e indicadas por los montañeros. Persiguen a los animales o dejan flotantes desperdicios en el impoluto espejo de los lagos. En ocasiones, gritan como posesos, como lo harían en una discoteca, haciendo pensar a rebecos y garduñas que los humanos no somos sino una escoria engreída y peligrosa, no depredadora sino idiota.

Y sin embargo, el lugar en toda su amplitud invita al éxtasis. A menudo se ve temblar un árbol en el reflejo del lago, o una flor demuestra por qué merece la pena estar vivo y atento. El silencio es tan sagrado como puede serlo el de un templo y los colores de los que son capaces cielo, lagos, nieve, piedras, nada tienen que envidiarle al de las vidrieras que muestran historias de santos. Descubrir un lago al superar un repecho es una aparición divina, la de un dios o la de la persona amada, oler la tierra húmeda de las riberas deja en mantillas a todos los inciensos del mundo. En ocasiones, los lagos son un secreto susurrado, la revelación de un universo de placer que reúne el del amor, el arte o la amistad. Gritar o contaminar de cualquier forma este paraíso es blasfemar en una capilla, emborronar un cuadro en un museo, emitir ruidosas ventosidades en un concierto, y la gente no evita en absoluto hacerlo.

Fue en ese contexto que surgió el Viejo. Surgió o emergió como cuando un volcán revienta en el fondo marino y primero salen burbujas que algunos afirman haber visto, para acto seguido aflorar piedras disparadas hacia el cielo que luego caen y que sólo ven ciertos arriesgados. También él era casi invisible. Al principio se murmuró que era un engendro que recordaba al abominable hombre de las nieves. Vestido de pieles, se decía, era de tamaño descomunal e iba armado de una garrocha. Luego se demostró que sólo era cierto este último asunto. Rugía y amenazaba con lo que parecía una maza de guerra prehistórica a quienes osaban dejar restos en los lugares donde habían comido o reposado. Nunca se presentó ante grupos numerosos. Corrió la anécdota de su aparición ante un chiquillo al que, con muy buenos modos y sin enarbolar su porra, conminó a meter en su mochila la lata de refresco vacía. La guardia civil lo persiguió para evitar algún desaguisado. Nunca fue encontrado ni él ni su madriguera o refugio. La versión oficial afirmó que se trataba de un oso al que algunos cazadores intentaron dar muerte. Uno de ellos que se durmió junto a su escopeta, no la encontró al despertar.

ELS ENCANTATS [El Gran Encantat 2748m]La historia me sedujo nada más la escuché. Desde luego, no creí en osos ni en yetis. El personaje se convirtió en mi imaginación en una especie de justiciero, un superhéroe de tebeo rematador del trabajo de las autoridades que habían convertido aquella región, tan amada por mí, en parque natural, con toda la parafernalia de protecciones, prohibiciones y visitas guiadas, lo que no reducía sino mínimamente la contaminación de toda clase que el exceso de turistas generaba. Dediqué una vacación veraniega a recorrer yo solo los circos glaciares, los picos, las vaguadas que conservaban conchestas de nieve, los refugios montañeros y esos barracones construidos para los trabajadores de las represas eléctricas, los bosques, los lagos, las pedrizas cuajadas de pedruscos enormes bajo los cuales podía emboscarse cualquier animal o persona. No encontré nada. Cuando me acercaba a los grupitos de veraneantes, algunos aseguraban haberlo visto pero mi sensación siempre fue que inventaban detalles y situaciones. Incluso muchos alardeaban de haber puesto en fuga al Viejo para impresionar a sus hijos o esposas. Penoso.

Volví a casa en absoluto desilusionado. La historia de ese Viejo me apasionaba pero había gastado mi tiempo en estar donde deseaba estar. El susurro del viento en los lagos, la caricia rizadora, como la hecha sobre la carne que se eriza, la caricia que hace rielar la luna, los peñascos severos y hospitalarios, los árboles como monjes imprecantes, el rebeco que levanta la cabeza movido por un resorte instintivo, fueron un regalo que hubiese querido prolongar indefinidamente.

Aquel año fue nefasto para mi vida. Me quedé sin familia, me abandonó la persona amada, perdí mi trabajo. Apenas pensé en el Viejo loco y la gente a quienes amenazaba. Me consolaba sentarme en los parques públicos, bajo los árboles inmensos, escuchar las fuentes domésticas, observar a los gorriones que se remojaban en ellas. No tenía dinero para subirme a un tren y rendirles pleitesía a mis queridas montañas, a los bosques, los lagos, los pájaros silvestres. Me fui hundiendo y sólo consiguió alegrarme el final de la primavera. La nieve empezaba a fundirse allá lejos, en aquellas alturas queridas. Me prestaron algo de calderilla, metí en una mochila mis pertenencias y todo lo que encontré de abrigo a pesar del calor de junio, y viajé hasta la región del norte. En un pueblo compré, con mis últimos posibles, algo de comida que se pudiese conservar. No tenía ningún plan, sólo buscar al Viejo y preguntarle por qué y sobre todo, para qué, si sólo conseguía amedrentar instantáneamente a algunos tipejos convencidos de que los restos que dejaban sin siquiera ocultarlos bajo piedras, los gritos o los aparatos musicales al máximo volumen, carecían de importancia, y que si se les recriminaba su actitud, sólo sabían hablar de derechos.

ruta_lagos_colomers_014La región estaba ocupada por seis circos glaciares, casi cien lagos, picos que rozaban los tres mil metros y bosques que eran como tupidas telas de araña. El agua era la reina indiscutible, y sus fieles vasallos, la piedra, el árbol, el cielo, las nubes y la nieve, la hierba, los líquenes, el musgo y un sinfín de alimañas, rebecos, jabalíes, ratones, truchas, insectos de todo tipo, no hacían sino rendirle pleitesía como a una diosa prehistórica de la belleza y la abundancia, ubérrima, húmeda, diáfana. Quizá ese culto que le rendían tenía que ver con el narcisismo pues todos ellos, nubes, piedras, árboles, animales, nieve, se miraban en aquellas superficies opacas de los lagos o en las musicales de los innumerables regueros paridos por los lagos o que formaban su subsistencia. También yo empecé a mirarme en ellos. Algunas noches alunadas eran propicias para ello. Me había crecido la barba y el pelo, que ya era abundante al principio del verano, me cubría los hombros.

Con las primeras nieves me entró miedo, bajé al pueblo, donde había estado algunas veces para comprar comida, aunque el bosque me había enseñado a conseguir algo, conseguí algo de dinero, me pelé y afeité y tomé un autobús que me devolvió a casa. La ciudad estaba tan vacía como mi habitación. No había nieve, pero el frío era infinitamente más intenso que allá arriba. Los parques públicos eran como la aspirina para un dolor intenso. El miedo me parecía ahora ridículo, y sin embargo, cuando empezaba a meter mis cosas en la mochila y miraba mi viejo saco de dormir o mi anorak de montaña, pensaba que todo aquello se me quedaría corto y desistía. Así pasé un invierno como quien en la cárcel está pendiente de una llamada que puede significar la ejecución o la libertad. No esperé a junio. Cuando el primer soplo de aire cálido recorrió la ciudad, me subí de nuevo al autobús y volví allá. Si alguien me hubiese preguntado para qué volvía lo habría mirado como quien mira a uno que le habla en otro idioma. De hecho, cualquier palabra empezaba a sonarme a otro idioma. La tendera del pueblo se alegró de verme, ignorante de que iba a ser una de las últimas veces que me vería.

300px-MontardoMi búsqueda era ya puro trámite, una excusa para recorrer los riscos, saltar sobre los arroyos que ahora bajaban espumosos y potentes, entrar en ciertos abrigos entre las piedras que había descubierto anteriormente. Volví a encontrarme con excursionistas que aseguraban haber visto al Viejo. Ya no me importaba y ni siquiera comprendía bien sus palabras. De hecho, empecé a rehuir a la gente, incluso a los montañeros tan amantes como yo de aquellos parajes.

Dormí junto a los lagos, donde me arrullaba el sueño el suavísimo oleaje de las aguas negras. Oteé desde los picos tratando de localizar un leve movimiento, un punto desplazándose entre los pedroches. Sólo vi corzos. Asusté a las ardillas, hablé con los caballos que pastan libremente en verano, bebí la leche de las vacas. No me lavé ni una sola vez, me duchó la lluvia, me limpió el lametón suave del agua helada de los lagos. Escuché el temblor de los truenos entonando canciones, voces y aleluyas familiares. Bajé laderas rodando.

Los atardeceres pardos de tierra, lilas de nubes, rojos de cielo, me acariciaron y las primeras heladas, mis adorables enemigas, me forzaron a meterme de forma permanente en este barracón desangelado pero acogedor como un útero.

Creo que nunca me acordaré del día en que ya no me percaté del paso de una semana. La primera nieve no cuajó. Sí lo hizo la segunda y me quedé aislado. Comí hierba, busqué ratones. En una incursión encontré una cría de rebeco. No tengo ni idea de cómo pude atraparla. Sé que comí su carne requemada que logré cortar con un vidrio roto. El instinto exacerbado anula la conciencia. O casi. Cuando por fin pude bajar al pueblo, supe que no debían verme. Robé lo que pude.

Hoy sé que nevará después de esta lluvia. Escucho las eternas músicas que no se oyen. Este que ha pasado es el segundo verano. No he visto al Viejo. Ni lo veré. Tal vez no exista.

Durmiendo en el bosque apareció un ciervo y ya tuve un amigo. El barracón lleno de ratones me daba conversación y aprendí a chillar. En la primavera, los carámbanos improvisaron un órgano que tocaba solo. Me construí un trineo y me hice niño.

imagesFui cuerpo y lo sigo siendo. Subsistí como las marmotas, durmiendo y dejándome despertar por la flauta del viento, el tambor del trueno y el violonchelo del lobo. Me vestí de cortezas, sequé la piel del rebeco, me hice zapatos de madera. Hice el amor con el agua, la nieve y los pinos, con la tormenta y el sol. Ayer hice el amor con una trucha. Tal vez he perdido la razón, pero ya no la busco. He vivido y vivo, sólo deseo lo mismo a mis congéneres. No tengo razón ni utilidad, pero soy. No quiero ideas ni lógica, estoy absolutamente permutado y viviré eternamente. Anteayer, con un palo tremendo entre mis manos, chillé como un energúmeno a unos domingueros que tiraron una botella por un barranco. Gruñí, ladré, rugí. Bajé por ella y se la tiré a los pies. Con algo entre el pánico y la soberbia, la guardaron. Sentí odio.

Registrad los valles, vaciad los lagos si queréis, poned de rodillas a las montañas, que no me hallaréis. Me he vuelto impensadamente añejo. Calzo una mezcla de harapos, pieles, cortezas. Mi cabello es largo y blanquecino. La barba me roza el estómago. Me he vuelto piedra, árbol, hierba. Me he vuelto monte y viento. Me he vuelto nube y trueno. Me he vuelto agua y nieve. Me he vuelto Viejo.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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4 respuestas a Cuento leído en el Aljibe del Rey en Granada

  1. gart dijo:

    Yo estuve allí. Un viejo me dio la paliza con lo de echarme un porrico. Y no eras tú. Esto es: había dos y el otro era mucho más viejo que tú. Digamos que tú estás en lo de la interinidad o tal vez en comisión de servicio.
    El viejo era el otro. Tú eres un peazo de impostor.
    Y el hombre invisible también existe: ¡yo lo he visto!

  2. Esther dijo:

    Una maravilla de cuento.

  3. Nicolás dijo:

    Me ha gustado mucho. Es fresco , no por lo de la nieve, e imaginativo. Yo también guardo vivencias de Sierra Nevada que han aflorado leyéndote. Enhorabuena.

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