La hermandad de la nieve, de José Vicente Pascual

Portada de la novela en editorial Evohé

Portada de la novela en editorial Evohé

Sobre la novela histórica se ha escrito ríos de tinta, se ha lucubrado hasta la extenuación. Tener en las manos una buena novela histórica, disfrutar con ella, es, de veras, francamente difícil porque no es un producto habitual aunque nos quieran hacer creer lo contrario. Cuanto menos, no suele ser de calidad lo que puede verse en cantidades respetables en las estanterías de los centros comerciales o en las librerías masivas, y por tanto lo que compra y lee el lector que, sin otra información que no sea la del marketing de dichos centros o de las editoriales con enormes dividendos, adquiere lo que se le ofrece. La novela histórica ha sido entendida como una especie de divulgación de la historia, es decir, el equivalente al Reader’s Digest, aquellas revistas norteamericanas que “explicaban” la teoría de la relatividad en cinco páginas, pero aplicado a la historia, ciencia que, acaso precisamente a causa de que se imparte en los institutos, es ignorada olímpicamente por el común. Pero lo que no debe hacerse es nombrar de determinada forma algo que no responde a tal nombre y la definición que acarrea. Por mucho que esos departamentos de marketing nos quieran dar gato por liebre, un felino no será nunca un roedor. Si usted quiere leer historia y enterarse de qué rey sucedió a Pepito II, a cuánto se vendía el trigo en los siglos del cólera, o cómo vivía el personal en la época de Maricastaña, cómprese un acaso aburrido tratado de historia, porque la novela histórica, como su propio nombre indica, le venderá una mentira, y si no se la vende es que será histórica pero no será novela. La novela histórica es un invento de un señor (o una señora, claro está) que sitúa una historia (anécdota, trama, relato) en una época más o menos lejana, respetando con mayor o menor fidelidad los usos y realidades de dicha época pero en la que la trama o argumento dilucidará problemas que tenían los humanos de entonces, tan parecidos a los que tenemos los humanos de ahora. Otra cosa será esas biografías de personajes históricos mal llamadas “noveladas” que deberán cumplir con los principios de los tratados históricos: objetividad, fidelidad, realismo y pocos juegos con el punto de vista, los tiempos, las descripciones más o menos líricas.

Todo este prólogo sirve para dejar claro qué entiende este reseñista por novela histórica porque a lo mejor, les recomiendo que lean la que presento y les desilusiona porque no es lo que esperaban. José Vicente Pascual, siguiendo el camino ya iniciado con Juan Latino y posteriormente por la magnífica El ingeniero y el rey (en su momento la leí no sé si inmediatamente antes o después de El hereje, de Delibes, y me gustó más la de Pascual; es una herejía, lo sé, valga la repetición, pero tal como lo sentí, lo digo), escribe una novela histórica en la que se hace más caso a personas vulgares, pero que a su forma, desde lo privado, también hacen historia, que a grandes personajes cuya presencia es de forma lateral, anecdótica. Y digo siguiendo aquel camino porque el uso de un lenguaje arcaico, que en ningún momento trata de ser el utilizado en aquellos siglos (XVI y XVII), asunto que convertiría su novela en ilegible hoy, sí es una imitación lograda, creíble, grata y coherente con lo que narra.

José Vicente Pascual

José Vicente Pascual

Y lo que narra no es moco de pavo: alude al proyecto de cierto individuo que llega a Granada con las tropas triunfantes de los Reyes Católicos, y que consiste en, tras licenciarse de ese ejército, fundar una compañía dedicada a bajar nieve de Sierra Nevada y venderla en la ciudad, llegando incluso a fabricar hielo sometiendo esa nieve a la acción de una prensa manual. Describe así los prolegómenos de un capitalismo que luego se convirtió en hegemónico, con su capitalización previa, su reclutamiento de trabajadores fieles y recatados en el salario, la proclamación de que quien conoce de veras el intríngulis del negocio es su propietario o maestro, su lucha contra la competencia porque entonces, como ahora, el capitalismo habla mucho de libre competencia pero huye de ella como de la peste, evitándola e impidiéndola todo lo que le es posible y más, con la diferencia de que antaño a nadie se le ocurría pregonar esa falacia y por tanto la guerra contra ella podía ser mucho más clara, un inicio de espionaje industrial con su correspondiente traidor o un ensayo de deserción de dos trabajadores para mejorar que es castigado ferozmente porque hay riesgo de desvelamiento de esos secretos que en tiempos postreros aprovecharía la competencia y que en aquel momento habría sido motivo de acusación de brujería, pues muchos amagos de ciencia o creación por medios artificiales de fenómenos naturales podían considerarse enmendarle la plana al Creador. Es decir, una novela histórica que cuenta, si no el nacimiento, sí el preñe, el embarazo de un fenómeno, el capitalismo, que se dio mucho después y que hoy es nuestro problema según algunos, nuestra solución según otros, y según todos nuestra realidad. Ya tenemos cumplido uno de los preceptos que antes exponía: los problemas humanos son sempiternos o, cuanto menos, muy parecidos, o si me apuran, puede hablarse del hoy desde el entonces. La Hermandad de la nieve que nos dibuja José Vicente no es exactamente un gremio que aúna a varios artesanos sino una auténtica empresa, una compañía, quizá una cooperativa. Pero habituados como estamos a dividir el mundo en buenos y malos, como en las películas del oeste, mentalidad que abonan los medios de comunicación, existe un capitalismo bueno y uno malo: podríamos decir que el malo se agota rápidamente en sí mismo, muere de éxito, exprime tanto al personal que finalmente se queda sin compradores y que puede llegar a finiquitar como sucedió con el capitalismo de estado soviético, y el bueno podría ser aquel que pretende su conservación, y no sólo con medios coercitivos, el que sabe que si gasta más de lo que tiene, tanto en capitales dinerarios, como de recursos materiales o humanos, morirá como el diabético muere si se harta de dulces por ricos que estén.

La narración se plantea como las memorias del único letrado de la familia, un nieto y heredero del fundador de la empresa, Álvaro de Bayos. Varios asuntos son destacables además de ese lenguaje que nos sitúa en el tiempo. Uno de ellos es el papel mágico de algunas mujeres en la narración. Nada que ver, desde luego, con realismos mágicos u otras recetas, sino con enigmas que el autor deja ahí, flotando, y que al final el lector puede no ya dilucidar sino sólo intuir. El riesgo que asume José Vicente al poner puntos sobre íes en materia histórica y de vida cotidiana que, desde luego, no resultan hoy políticamente correctos. Ese personaje que inventa y al que atribuye, o permite pensar que a su pluma se debe, la autoría del Lazarillo de Tormes, unido al cual, y a una de esas mujeres mágicas apenas nacidas sino surgidas, alguna del mar y otra del azar, está la obsesión por guardar libros que ciertos fanatismos convierten en peligrosos mas no por ello menos deseables y convenientes. Y retomando el tema con el que iniciaba esta reseña, una ambientación en la que se deja traslucir una ingente documentación sobre la vida cotidiana de esos siglos, porque esa documentación no debe nunca ser aparente sino quedar como el bajo continuo en una pieza musical barroca: apenas audible pero existente. Tal vez en ese sentido algo falla en alguna escena, como aquella en la que se expresa pedantemente el poeta Acuña Soler y que peca de prolija, si bien esto acaso sea excusable porque no basta con decir que Acuña Soler es pedante, sino hay que demostrarlo.

Novela, sí, no se olvide, novela aunque hable de momentos históricos pero en la que lo de veras importante es la aventura vital de esos hombres y mujeres que fundan y salvaguardan durante un siglo y pico la Hermandad de la nieve, que pueden permitirse fundar una familia y mantenerla, no ser ricos pero tampoco ser integrantes de aquellas masas de pobretones pedigüeños y desocupados que entristecían las calles de Granada, víctimas de una manera de pensar hispana y contrarreformista en la que, como denuncia Américo Castro, ejercer oficios mecánicos era propio de gentuza, de moros o de judíos. Los miembros de la Hermandad no son judíos ni moros (bueno, uno sí resulta ser morisco y acaba por ser, quizá, el más fiel a la comunidad y el más cristiano) pero se ganan su pan con trabajo y consiguen mantener su dignidad en un mundo donde el villano es despreciado y el hidalgo no trabaja.

Recomendable. Entretenida, sí, en el sentido de aquel dicho de ilustrar deleitando. Y tengan en cuenta que la literatura es lenguaje, pero en la narrativa debe haber también algo de anécdota, y esta novela posee un largo anecdotario, una trama que la hace apasionante. Se agradece la escritura de una novela muy legible entre tanta deserción de lectores y, por tanto, de escritores de calidad. Quizá si Mendoza hizo un retrato de la Barcelona de los años 20 del siglo pasado, José Vicente Pascual hace un retrato de la Granada recién conquistada y capital de España aunque el asunto se quedase en proyecto.

Anuncios

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
Esta entrada fue publicada en Reseñas. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s