Ideas y poesía de Czeslaw Milosz

Invitación a la charla

Invitación a la charla

Ahí va el texto de la charla que di en el Centro Artístico de Granada el día 22 de mayo de 2013. Aviso de su longitud: al fin y al cabo, debía cubrir alrededor de una hora entre el análisis de su obra ensayística, un resumen de su biografía y el recitado de algunos de una corta selección de poemas. Tomadlo con calma. Durante unos meses me estuvo obsesionando cómo enfocarlo, qué decir y, sobre todo, qué poemas leer. Al final, probablemente, en esto último me equivoqué y no leí los más representativos. Puede ser. Piénsese que la mayoría de los poemas de este polaco son extensos y densos en el sentido tanto de ideas como en la lírica. En la lectura de ellos me ayudaron dos estudiantes polacos de la Universidad de Granada, que leyeron en polaco, y mi amigo José Luis Gärtner que recitó (yo leo, pero él recita o interpreta) un poema que a él, personalmente, le afecta mucho. A mí me afectó el que dedicó a la muerte de su esposa Janina, en cuya recitación estuvo a punto de escapárseme un sollozo. Los polacos estuvieron magistrales, tanto Jacek Kociolek como Martyna Sampolska, guapísimos ambos y con una voz cantarina y modulada y una gracia enorme en la música del lenguaje. Agradecí, por supuesto, su asistencia a los amigos sentados en la sala, al Centro Artístico su hospitalidad, a Celia Correa por su capacidad organizativa para estos ciclos de conferencias o recitales, a Gärtner por su disponibilidad siempre y al profesor de eslavas de la UGR Rafael Guzmán Tirado por presentarme al también profesor de Literatura comparada, Ángel Díaz-Pintado, el cual me puso en contacto con Jacek y Martyna, sin cuya colaboración, un recital de poesía escrita por un polaco habría quedado francamente deslucido. Si no queréis perder el tiempo leyendo mi perorata, dejadla y buscad al final los poemas de Milosz, infinitamente más importantes que todo lo que yo pueda decir de él. Este es el texto:

Hace algo más de un año hablé aquí mismo, en el Centro Artístico, de Paul Celan. Czeslaw Milosz es, poéticamente hablando, todo lo contrario a Celan: incluso tiene un ensayo contra la poesía difícil; y sin embargo, hay un aspecto que los acerca irremediablemente: la pregunta sobre qué diablos hacía Dios mientras ocurrían los horrores de la 2ª guerra mundial.

Tzvetan Todorov, un ser jovial

Tzvetan Todorov, un ser jovial

Tzevetan Todorov, intelectual búlgaro residente desde 1963 en Francia, investigador del CNRS, Centre National de la Recherche Scientifique, dice en su libro Nosotros y los otros que su reacción en Bulgaria, cuando aún vivía bajo el régimen comunista, y cito: “no fue la de protestar o entrar en conflicto, sino la de adquirir dos personalidades: una pública y sumisa, y la otra privada, que no se manifestaba más que en mi mente”, y continúa asegurando que el mal estribaba en, “la escandalosa disparidad que había entre las frases con las que se rodeaban los representantes del poder, la vida que llevaban y la que nos hacían llevar, la cual parecía inspirarse en principios totalmente distintos”. Diremos que eso ocurre en todas las dictaduras, pero hay diferencias. Hay dictaduras que todo lo enfocan hacia el bien del país. Incluso nosotros sufrimos una que se caracterizó por eso y además, era adornada con aquello de ser la “reserva espiritual de occidente”. Pronto eso acaban por no creérselo ni ellos. Eso del bien del país, del nacionalismo, fue lo típico de las dictaduras fascistas de toda Europa en la 2ª, 3ª y 4ª décadas del siglo pasado. Durante siglos, Europa se vio constreñida a dictaduras procedentes de la Iglesia, incluidas en ellas las Iglesias nacionales, que todo lo hacían por el bien espiritual de los súbditos, por su salvación eterna. Las dictaduras coloniales han sido mucho más claras: se imponían por el interés, aunque lo disfrazasen de intento de civilizar al salvaje. Pero desde principios del siglo XX se extendieron dictaduras cuya razón no era exactamente el bien del país, sino que la razón era la Razón, la Historia, ambas con mayúscula, el inevitable sentido y destino que adoptarían tarde o temprano todas las naciones y el universo en pleno. Esa Razón con mayúscula era a menudo menos razonable de lo esperado, pero para prevenir eso se revestía de la necesidad de una Fe, también con mayúscula, tan irracional como la religiosa pero con careta de Ciencia según la cual, de idéntica manera que las religiones confían en una justicia que se impartirá en el Más Allá, según estas dictaduras, mal llamadas del proletariado, y digo mal llamadas porque el proletariado no dicta en ellas nada aunque se diga que todo se hace en su nombre, según ellas la perfección será alcanzada por el ser humano cuando, según las profecías de Marx y sus apóstoles del socialismo real, pueda pasarse de la administración de las personas a sólo la administración de las cosas, al Gran Horizonte que sería el paraíso terrestre. “El materialismo dialéctico”, dice Milosz, “en su elaboración rusa no es otra cosa que divulgación científica elevada al cuadrado”. Y al hablar de divulgación científica se refiere a ese tipo de ciencia para neófitos que se dedicó a publicar el Reader’s Digest.

El pensamiento cautivo

El pensamiento cautivo

Bien, sobre todas estas cosas reflexiona Czeslaw Milosz en tres libros traducidos al español: El pensamiento cautivo, Otra Europa, y recientemente, Abecedario, diccionario de una vida. Debo confesar que mi primer contacto con sus escritos fue por los dos primeros ensayos y no por su poesía que he conocido después. Luego, en el año 2003 se publicó en traducción ese último libro de prosa: Abecedario, que es una especie de recogida de artículos, ordenados alfabéticamente, sobre las personas, los lugares y los conceptos que más le han influido en su vida. Esa ordenación alfabética lo convierte en una excentricidad divertida y muy eficaz.

Este poeta, porque su producción más importante, o al menos así lo quería él, lo es de poesía, premio Nobel de literatura de 1980, nació en Szetejnie, Lituania, en una familia de lengua y tradiciones polacas, en 1911. Su vida y afecciones se distribuyeron entre Vilna y Varsovia, entre Polonia, a la que pertenecía por su lengua, y el Gran Ducado de Lituania, al que pertenecía por ser aquel el paisaje de su infancia. Asegura en su “autobiografía”, y lo digo entre comillas, Otra Europa, que Lituania era una especie de Babel porque se hablaba lituano, idioma exageradamente parecido al primitivo indoeuropeo, polaco, yiddish, hebreo (sólo para los ritos religiosos), bielorruso y ruso, además de francés y alemán como idiomas enseñados en los institutos. Ese “corazón partío” marcó mucho sus ideas y su poesía, no en el sentido de una esquizofrenia maligna sino de un relativismo benigno, de una capacidad de ver las cosas desde distintos puntos de vista, de tener, como decía Porrón de Elea, viejo conocido de los aquí presentes, nunca una sola idea. Además, su padre, que era ingeniero ferroviario, fue movilizado durante la 1ª guerra mundial para dirigir obras en el interior de Rusia, aventura a la que arrastró a su familia, por lo que Czeslaw vivió su primerísima infancia de un lado para otro, y relacionándose principalmente con soldados rusos. Sus dos primeros poemarios fueron publicados en 1930 y, con una beca que le fue concedida por esos libros, viajó a París donde trabó relación con un tío suyo, también poeta y pensador, que le marcaría para toda su vida: Óscar Milosz que escribía en francés, y no en polaco, y que trabajaba en la Sociedad de Naciones por la creación de un estado lituano.

Opuesto al régimen moderadamente dictatorial (lo digo en el mismo sentido, seguramente, que se hablaba aquí de dictablanda) del mariscal Pildsudski, sí al menos estuvo de acuerdo con él en el sentido de independencia política e ideológica respecto a la URSS y a la Alemania hitleriana, aunque Pildsudski simpatizaba más con los alemanes que con los soviéticos. Trabajó, desde la radio de Varsovia, por esa idea de independencia y también por una democracia al estilo de lo que hoy conocemos por socialismo democrático. Coqueteó con el marxismo, y digo coqueteó porque, si bien lo estudió a fondo y discutió infinitas veces con sus camaradas que veían en la URSS la promesa de un paraíso terrenal, nunca se lo tomó demasiado en serio, aunque sí aceptó la idea de la gran responsabilidad histórica de la sociedad y del individuo de su momento, pero sin tragar jamás y bajo ningún concepto, con el hecho mismo de sacrificar, no ya una vida ni dos ni veinte mil, sino cualquier vida humana para conseguir por los medios que fuese la aceptación de esa responsabilidad y la lucha por un mundo hipotéticamente mejor, es decir, la idea de subordinar la vida humana a la Historia con mayúscula. De ese convencimiento, y al mismo tiempo de la conciencia de que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos, nació el escepticismo que le caracteriza en sus ideas. Sin embargo, si es que la locución adverbial adversativa es necesaria, Milosz fue un hombre eminentemente de izquierdas y si se declara conservador es, justo, en lo ecológico, no en lo político.

Otra Europa

Otra Europa

Cuando Polonia fue invadida, Lituania vivió un tiempo entre la amenaza rusa y la alemana, en tregua insegura por el pacto Ribbentrop-Molotov pero ya semiocupada por los rusos, y finalmente decidió Milosz pasar de forma clandestina la frontera hasta Varsovia, ni él mismo supo nunca si prefiriendo la mano de hierro alemana o la mano de hierro rusa, aunque de veras, veras, parece ser porque su compañera, Janka, estaba en Varsovia. La aventura es narrada de forma curiosísima, sin heroísmos ni animadversiones, en esa autobiografía llamada Otra Europa. Participó, de modo un tanto lateral, en la resistencia contra los alemanes invasores a partir de su llegada a Varsovia y vivió la gran insurrección de la ciudad de 1944 ante la retirada del ejército hitleriano. De esa insurrección que dejó una ciudad destruida tal como la hemos visto en la película El pianista de Polanski sin ninguna exageración en absoluto, al menos en algunos barrios, escapó por los pelos para dirigirse a las afueras de la capital. Vio cómo las tropas rusas al otro lado del río Vístula contemplaban impávidas, sin intervenir, incluso con muchos soldados polacos entre sus filas, la destrucción de la ciudad y la lucha del Ejército del País, comandado por el gobierno democrático polaco en el exilio desde Londres, contra las ya casi derrotadas tropas de la Wehrmacht y las Waffen SS, para conseguir entrar en una ciudad y en un país donde la oposición a los comunistas no existiese, estrategia muy semejante y recordatoria a la de Franco prolongando la guerra y la toma de Madrid para ahorrarse trabajo después eliminando a socialistas, republicanos, comunistas y anarquistas.

Estudió marxismo como estudió otras filosofías, por influencia de ese tío suyo, Óscar Milosz y por la de cierto amigo suyo a quien apoda el “Tigre” en su autobiografía y de quien no da nombre, que llegó a ser profesor de filosofía en la universidad de Varsovia cuando ya su patria era un satélite de la URSS.

Con la Polonia Popular, y ya conocido como poeta, fue enviado en misiones diplomáticas a Estados Unidos y a Francia. En 1951 se quedó definitivamente en París donde pasó una época de privaciones y críticas por parte de algunos intelectuales franceses por lo que consideraron una traición a la causa proletaria, experiencia muy parecida a la que padeció Arthur Koestler con la aparición de su novela El cero y el infinito. Piénsese que nuestros emigrados políticos españoles eran recibidos como héroes, mas no así los de los países del Este, lo cual los sometía a un tambaleo nefasto de sus querencias, de sus ideas, de sus convicciones, incluso de su propio lenguaje, de su lengua materna. En 1953 recibió el Prix Littéraire Européen por su novela El poder cambia de manos. En 1960 se trasladó a la universidad de Berkeley, donde ocupó una cátedra de Lengua y literatura eslavas, y a partir de esa estancia escribió esencialmente poesía.

Abecedario, diccionario de una vida

Abecedario, diccionario de una vida

Pudo volver a su patria tras la caída del muro de Berlín y la reconversión de Polonia en estado democrático, y murió en Cracovia en 2004. Y digo su patria, quizá porque él entendía por tal lo que dijo, precisamente, aunque carezco de la fuente, cierto poeta polaco: mi patria es unos cuantos árboles, cuatro lagos, dos paisajes y algunos amigos. Sobrevolando Terranova, de vuelta de su misión diplomática en Estados Unidos y después de haber decidido no quedarse allí, no porque tuviera esperanzas de que Polonia, bajo la égida rusa, pudiera tener enmienda, sino porque consideró demasiado fácil y bobalicón adoptar la medida de pasarse al “enemigo” en el mismo país que se consideraba primordialmente como tal, sobrevolando aquella isla, digo, al ver los bosques tupidos de coníferas, recordó su país natal, Lituania, quizá porque la patria no sea una idea sino una sensación infantil, un paisaje familiar. Lo de unidad de destinos en lo universal es, pues, para su idea, y también para la mía, una chorrada como la copa de un pino.

Por lo que respecta a su obra, además de sus muchos poemarios, tiene dos novelas, El poder cambia de manos y El valle del Issa, su autobiografía que ya hemos nombrado, así como libros de ensayos, de los que traducidos existen los ya nombrados. El principal, El pensamiento cautivo, fue en su momento una verdadera bomba. Se publicó en Francia en 1953 y representó una bomba porque coincidió con un tiempo en el que el encandilamiento de la izquierda europea con la Unión Soviética era incuestionable, a pesar de testimonios como los de André Gide o Andreu Nin que ya ponían en solfa algunos dogmas, y ya se sabe que no hay nada peor que poner ante las narices del engañado su propia falacia. Fue uno de los primeros cuestionamientos, no desde la derecha sino desde un pensamiento libre, como también lo fueron los de Arthur Koestler o Manés Sperber. Claro que, si consideramos de derechas a todo aquel que no piense como yo, es evidente que sí era de derechas. También fue una bomba para él mismo porque Milosz llegó a ser más conocido por este libro que por su poesía, cosa triste para un poeta, y asunto que reconoce como nefasto en una entrevista que le hizo Eduardo Lago publicada en Babelia el 23 de febrero de 2002.

Me centraré para el análisis de su pensamiento en este libro y en algunos aspectos de los otros dos. Jamás renunció al polaco como lengua de escritura y sólo consintió en escribir algunos libros de ensayos, esencialmente literarios, es decir académicos o universitarios, en inglés.

En este libro se pregunta una y otra vez qué pudo llevar a los intelectuales a aceptar la idea marxista de gobierno, aceptar la represión ideológica y artística que significaba, y cómo cada uno capeó ésta según su carácter o idiosincrasia. Se pregunta ese asunto de la misma forma que se pregunta cómo pudo ser que los polacos, de una manera u otra, lo mismo que pasó con los franceses, aceptaran, no ya la invasión alemana, que fue un hecho consumado y de fuerza, sino sobre todo, la destrucción de su Estado y el antisemitismo. Aceptación que no lo fue sin levantamientos ni rebeldías, pero que en principio llevó a muchos campesinos, por ejemplo, a denunciar a sus vecinos judíos porque, por una parte, no denunciarlos podía representarles una deportación a los campos de exterminio a ellos mismos, y por otra, si los denunciaban podían quedarse con parte de sus bienes escamoteándoselos a los nazis. E igual que condujo a la traición y la falta absoluta de honestidad ante el poder a los campesinos, llevó a muchos intelectuales a cometer barbaridades semejantes bajo el régimen estalinista.

Esta de cómo pudo ser esa connivencia con el poder, ese bajar la cabeza ante la sinrazón disfrazada de Razón con mayúscula, es una pregunta en apariencia carente de respuesta para nosotros porque hoy, de una forma u otra, vivimos en la abundancia y en la seguridad, pero en tiempos de dictadura sí tiene cabida la pregunta. Muchos de los aquí presentes vivimos una dictadura, aunque la vivimos ya diluida (excepto algún octogenario), la vivimos ya desvirtuada por esa desidia española tan, al mismo tiempo, agraciada y desgraciadamente típica. Pero esa pregunta está ahí, y Milosz no se la responde sino que explica cómo cada uno acalló su propia conciencia o logró convivir con ese mal del que hablaba Todorov a quien cité al principio de esta charla.

Czeslaw Milosz, a menudo sonriente

Czeslaw Milosz, a menudo sonriente

Respecto a la convivencia entre la propia individualidad, la razón propia y la Razón de Estado, la fuerza aparentemente invencible de la Historia, la cifra el poeta polaco en el concepto islámico del ketman. Como sabemos, sólo los cristianos, de las tres religiones del libro, tienen la obligación de dar testimonio de su fe y no negarla jamás bajo ningún concepto, mientras judíos y musulmanes pueden disimular y negar su religión para sobrevivir, consecuencia seguramente ésta de la necesidad de supervivencia de raza y religión en las zonas semidesérticas, o desérticas del todo, del Cercano Oriente. Pero el ketman da un paso más allá de esa capacidad o precisión de negar lo evidente. En el ketman, el fiel puede y debe acatar disimuladamente las órdenes del poder, sea éste seglar o incluso religioso, y no obligadamente de otra religión sino también de la propia, realizando en privado las prácticas y pensamientos que no se le permiten en público. Puede incluso dar la razón al poderoso y predicar, si es imam, lo contrario de su opinión para, con disimulo y mientras le sea permitido, dar sibilinamente la vuelta a la oficialidad introduciendo su idea en el discurso, sin apurarse tampoco si esto no es posible o ineficaz. Puede incluso morir plácidamente en su cama, sin  haberse enfrentado nunca a la autoridad y sin ningún remordimiento de conciencia. Bien, pues según Milosz esa fue la técnica: aceptar como viene el mal y vivir en su compaña igual que hemos visto gentes que en una aglomeración asientan sus reales sea como sea, a disimulados codazos y poquito a poco, incordiando y apartando finalmente a quienes también sufren esa incomodidad de la muchedumbre apelmazada.

El ketman, o la técnica del disimulo, que diríamos castizamente, es maña que le sirve a cualquiera, pero Milosz, en posteriores capítulos de ese magistral ensayo, El pensamiento cautivo, especifica más las actitudes ante la dictadura estalinista centrándolas en las que adoptaron los poetas, los escritores, y así hace 4 retratos arquetípicos de 4 poetas: A o el moralista, B o el amante desdichado, C o el esclavo de la Historia y D o el trovador. En los títulos de estos 4 capítulos está la clave de cada uno de esos arquetipos de poetas que no sólo convivieron sino que medraron en la Polonia comunista, escribiendo lo que el poder exigía de ellos y evitando cualquier herejía, cualquier desviación que pudiera apartarlos de las sinecuras, muy semejantes a las que hoy permiten a un escritor tener éxito en la economía de mercado, de las que pudieran disfrutar. Pero había una diferencia con la economía de mercado, diferencia que se daba radicalmente en la Unión Soviética y no tanto, aunque también, en las repúblicas satélites, y es que el escritor debía escribir, y escribir lo que el poder le exigiera y de la forma que el poder le exigiera, y si no lo hacía tampoco podía optar por dedicarse a oficios mejores como barrendero o payaso, porque no le era permitido: el Sistema consideraba a los escritores gente absolutamente necesaria para mayor gloria del Sistema, no permitiéndoseles el lujo de apartarse y dejar de escribir. Ni siquiera el ostracismo les era permitido. De hecho, cierto prohombre del régimen comunista le dijo a Milosz en cierta ocasión, como reconoce en una entrevista: “Tu poesía es como una válvula que tienes que ajustar a la tubería del socialismo”.

George Steiner, un judío agudo y pequeñito pero grande.

George Steiner, un judío agudo y pequeñito pero grande.

En 1974, es decir 21 años más tarde de la publicación de El pensamiento cautivo, George Steiner escribió un librito magistral llamado Nostalgia del absoluto donde mostraba, más que demostraba, con ese humor judío que tanto nos han prodigado las películas norteamericanas, las semejanzas entre, por un lado, la religión, y por otro, el marxismo, el freudismo, la antropología de Levi-Strauss y una especie de revoltillo en el que Steiner mete a ocultistas, orientalistas, hippies y demás. De esa comparación, quizá lo más interesante es que en las tres primeras ideologías o ciencias, marxismo, psicoanálisis y levistraussismo, el profesor de literatura comparada asegura que, al igual que en la religión, existen dogmas, herejías, ortodoxias, inquisiciones y quemas de brujas. Bien, pues esto ya lo anticipaba Milosz con su denuncia sobre las semejanzas del comunismo oficial y estalinista con las ortodoxias religiosas de diverso pelaje, y mostrando cómo el auténtico enemigo del estalinismo no era el burgués, el capitalista, el norteamericano a la postre, sino el compañero de camino que opina diferente. En su Abecedario, habla de su postura crítica hacia el estalinismo, precisamente en la entrada “Blasfemia”. Dice en El pensamiento cautivo: “En cambio, un profesor que utilizando citas de Marx y Engels, se tome libertades con la ortodoxia, puede sembrar semillas de las que saldrán imprevisibles cosechas. Sólo la burguesía, con su estupidez característica, cree que los matices de pensamiento no tienen importancia”. Yo, y tantos como yo, vivimos esas peleas, peleas que por suerte no acababan en purgas porque ya la policía franquista se encargaba de ello, pero que tan ridículamente recordaban a las rencillas entre grupúsculos judíos en la memorable película de los Monty Python, La vida de Brian.

Si la literatura consiste en adornar con palabras, conceptos y figuras, algunas historias o ideas que pueden ser muy fáciles o dificilísimas de comprender con otros medios, Milosz lo consigue con una cierta ironía, ironía que, como veremos, se repite en su poesía. Tal vez la ironía, el sarcasmo o la risa sean formas imprescindibles para sobrenadar en el marasmo de opresión al que en ocasiones está sometido el ser humano. De la misma forma que habla del ketman, el poeta habla de Murti-Bing, filósofo mogol que en la novela Insaciabilidad del escritor-filósofo-fotógrafo Stanislaw Ignacy Witkieticz, descubre la manera de introducir en una pastilla toda su filosofía, de forma que quien la ingiera adopte por vía gástrica la manera de pensar de Murti-Bing, además de, a partir de ahí, verlo todo de forma superficial, desangustiado y carente de importancia (¡caramba, la píldora del Murti-Bing parece un Ipod, un Ipad, un móvil y un juego todo junto!). Stalin no tenía pastillas para distribuirlas, pero sí disfrutaba de una policía eficacísima y de un sistema ideológico que le permitía acusar de desviacionismo, imperialismo y aburguesamiento a todo aquel que se saliese de sus predicados, y aun también a quien no se saliese y pudiera, simplemente, hacerle sombra a él en su poder omnímodo. Y no sólo eso, sino una Razón Histórica, con mayúsculas ambas, tan fuerte, que era capaz de convencer a un Bujarin, por ejemplo, o al protagonista de la novela El cero y el infinito, de Arthur Koestler, que era necesario autoacusarse de todo eso tan herético e infiel con respecto al comunismo, y aceptar su propio fusilamiento por el bien de la Unión Soviética, del Futuro, de la Historia, y aun del Universo. Una pastilla de Murti-Bing, pero a lo bestia.

Czeslaw Milosz casi recién llegado a Berkeley

Czeslaw Milosz casi recién llegado a Berkeley

 

Tomados en conjunto, tanto El pensamiento cautivo como Otra Europa, su autobiografía, son ensayos en estado puro porque no aportan soluciones, ni siquiera tienen ínfulas de verdad histórica, política o sociológica. Denuncian una situación y la rodean por el mismo mar de dudas que tenía el propio Milosz, mar de dudas muy literario y del que, al revés de lo que sería de esperar en un mundo tan positivista como el nuestro, lo agobia pero sin que le urja desembarazarse de él porque piensa que la condición humana consiste precisamente en eso. Recurriendo a la historia dice, por ejemplo: “Los que pensaban que, pese a permanecer dentro del bloque oriental, podían llevar adelante con éxito su tentativa de sustraerse a una ortodoxia total y mantener cierto grado de libertad de pensamiento, han sido derrotados. Los dirigentes campesinos fueron derrotados, Masaryk fue derrotado, los socialistas que trataron de colaborar fueron derrotados, Rajk fue derrotado en Hungría, Gomulka en Polonia”. Piénsese que aún no había sucedido la derrota húngara de 1956 ni la checoslovaca del 68. Pero ¿qué se puede hacer con Stalin y el estalinismo? Milosz no quiere preguntárselo porque no hay respuesta. Y no se crea que es una cuestión puramente intelectual que afecta a la falta de libertad de artistas y escritores, a pesar de que: “Y téngase presente que en las democracias populares la enseñanza es obligatoria y cuenta, así, con toda la fuerza del Estado”, y por descontado no se refiere a la enseñanza de las matemáticas o de la física (aunque también, y luego lo demostraré), sino a la enseñanza de una asignatura obligada: el marxismo, en la cual, por supuesto, no alcanzar buena nota significaba significarse, valga la redundancia. Digo que no afectaba sólo a artistas e intelectuales sino también a toda la buena marcha de una sociedad que, de hecho, colapsó (¿quién lo iba a decir?) en el 89. Dos ejemplos de esto que digo; de uno nada podía saber aún Milosz, del otro sí, aunque seguramente no se le dio publicidad: el primero es la enorme dificultad que tuvieron los científicos rusos para investigar la tecnología de los ordenadores al no aceptar, por contradecirse con el marxismo, la teoría cuántica; el segundo afecta de forma mucho más grave a la vida cotidiana: Lysenko fue un individuo que tomó gran fama oficial en el aparato del partido y la llamada “intelligentzia”. Algo de lo que alardeaban los dirigentes comunistas soviéticos era que la práctica superaría a la idea siempre, y sin embargo la elevación de Lysenko a los altares de la ciencia biológica y agrícola contradice del todo ese principio. Lysenko mantenía que las plantas, (recomiendo que se consulte en diccionarios o en wikipedia quién fue ese Lysenko porque su carrera es muy ilustrativa) al igual que el hombre, pueden ser modificadas por el ambiente sin tener en cuenta sus características genéticas, y piénsese que en el marxismo es el entorno, la circunstancia histórica y económica, lo que modifica al hombre, sin contar para nada sus características genéticas. Su objetivo final era la mejora de las cosechas, la obtención de superproducciones utilizando sus métodos. El resultado fue un desastre que produjo hambrunas con millones de muertos. Nadie cuestionó a Lysenko, al contrario, fue él quien eliminó a sus críticos; bueno, él no, Stalin, su protector y fiel seguidor. Estos dos ejemplos demuestran que el estalinismo, o comunismo real (a fin de cuentas cuestiones muy parecidas siguen aplicándose en Corea del Norte, Cuba e incluso China) no sólo afectó a la siempre cuestionable libertad de los artistas, también cuestionada en el mundo capitalista por las simples leyes del mercado, sino a la vida cotidiana, al avance en comodidad, seguridad y suficiencia de abastecimientos de una sociedad.

Otros intelectuales han hecho lo propio, incluso antes que él como ya he dicho. Todos, en principio, se enfrentaron a los biempensantes, a los ortodoxos. El ejemplo más preclaro de esa disputa está en la trifulca pública entre Jean-Paul Sartre y Marcel Camus, en la que éste aseguraba que se debía decir la verdad respecto al estalinismo, en tanto Sartre insistía en que no era conveniente para no desmoralizar al proletariado. Raymond Aron, Jean François Revel o MIlan Kundera y, desde luego Solzhenitzin y Sajarov, metieron cucharada en este asunto.

Turner publicó la traducción de Abecedario. Diccionario de una vida en 2003, y su tema, como ya he dicho, es los escritores, filósofos y poetas, los lugares y las ideas que influyeron en su vida y de los que habla, curiosamente, por orden alfabético. Hay una frase de este libro que demuestra cómo Milosz no fue hombre que al no estar con unos, estaba con los otros, sino que criticaba lo criticable. La cita dice así: “¿Por qué nos tienen que gustar los sistemas que se basan en el miedo, miedo ante la pobreza o miedo ante la policía política?”. De hecho, siempre se manifestó como contrario al capitalismo, sin por ello aceptar la dictadura del proletariado como única alternativa.

Paul Celan

Paul Celan

Me gustaría aclarar algo respecto a lo dicho al principio, esa pregunta de dónde diablos estaba Dios en tanto sucedían los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Milosz no era creyente, como tampoco lo era Paul Celan. Más bien eran ambos agnósticos, si bien de esos que vivirían más a gusto si pudieran creer, tener algo de esperanza a causa de su fe. Pero ambos eran demasiado lúcidos para esperar algo mucho más allá de las palabras, y aun a veces ni siquiera de éstas. Milosz fue educado en la fe católica, aunque en su casa primaba más la cultura en general que cualquier credo. Sin embargo, y lo cuenta cabalmente en su autobiografía, las discusiones con sus amigos de juventud, y luego con su tío Óscar Milosz en París, y aun más tarde, sus tertulias ya maduro con filósofos y políticos de toda laya en Varsovia, le curaron de cualquier fe, ni religiosa ni política, asuntos ambos que sus vivencias le marcaron después como idénticos. Y para confirmarlo, recomiendo la lectura de un artículo en El País de 9 de octubre de 1993, localizable en las hemerotecas virtuales o físicas, donde analiza las recientes elecciones entonces, y critica la postura de la Iglesia católica polaca tras la caída del régimen, y demuestra cómo y por qué ningún partido religioso o nacionalista, lo que allí es lo mismo, o de clara connivencia con la Iglesia superó el 5 % necesario para obtener representación parlamentaria, a pesar de los sermones más o menos encubiertos desde los púlpitos, así como pone cual no digan dueñas al partido heredero de los comunistas, que hizo una campaña absolutamente populista y falsa. Tal vez hacia el final de su vida se acercó más al catolicismo de su infancia, pero siempre manteniendo una postura muy crítica, sin comulgar con ruedas de molino y demasiado cercano al maniqueísmo como para no ser lo que hace siglos habría sido tachado como hereje.

Ideológicamente, Milosz es un espíritu, por lo que he leído de él, muy semejante al mío, hermano en muchas cosas, si es que un mindundi como yo puede hermanarse con alguien tan preclaro y grande como Milosz.

Respecto a sus dos novelas, El poder cambia de manos y El valle de Issa, hablan de nuevo de esos temas aquí expuestos, aunque desde el punto de vista de la ficción, y no precisamente desde la distopía sino desde un realismo que, sin ser vulgar, no alcanza, a mi ver, la categoría que tienen sus poemas y sus ensayos; a pesar de ello, el personaje del profesor Gil, en la primera novela, resume el sufrimiento y el sinsentido de la historia polaca en todo el siglo XX. Hablemos, pues de su poesía.

Óscar Milosz

Óscar Milosz

Reconoce en diversas ocasiones que una de sus influencias ha sido Walt Whitman, y no sólo por el verso blanco sino sobre todo por ese amor por el mundo real, el palpable, esa alabanza de la vida en todos sus aspectos, por su optimismo trascendente. Pero Milosz tiene una característica que lo diferencia de Whitman, y es la distancia que toma de la naturaleza. Cuenta que siendo un niño su padre lo llevó de caza, y ver cómo cazaban y despellejaban al animal le causó tamaña repulsión que jamás volvió. Adora la naturaleza, sí, pero como observador, desde la barrera, sin participar, por supuesto, en ese horror donde también el ser humano tiene su participación. Otras influencias fueron, por supuesto, poetas polacos anteriores a él como Mickiewicz, y otros extranjeros contemporáneos como T. S. Eliot. Pero una de esas influencias fuertes fue, en su manera de pensar, aunque lo siguió de una forma muy crítica, la de su tío Óscar Milosz que escribía, como ya se ha dicho, en francés. Y por último, en la manera de pensar poéticamente, pero en el pensamiento y no en la forma, recibió influencias de Simone Weil, la pensadora francesa de origen judío.

Simone Weil

Simone Weil

Debo aclarar que, aunque los poemas de Milosz son rigurosos en cuanto al ritmo, no lo son tanto en la rima, siempre considerando que la rima en la poesía polaca no se corresponde exactamente  con nuestros conceptos de asonancia o consonancia. Seguro que el profesor Ángel Pintado o los alumnos de la UGR, polacos ambos, Jacek Kociolek y Martyna Sampolska, podrían decir mucho más que yo sobre el tema, pero también creo que la poesía traducida debe tener armonía sonora, sí, pero respetar sobre todo el sentido y utilizar palabras del idioma al que se traslada, por lo menos, tan bellas como las del lenguaje original. Creo que la traducción de la que dispongo, la de Xavier Farré, cumple con esas exigencias.

En cuanto a los temas que utiliza, no son demasiados, eso es lo cierto, pero los trata con tal intensidad, y son tan humanos en su sentido, que afectan al lector. El uso de la ironía, como destaca Farré en su prólogo a la Antología de Galaxia Gutenberg, titulada Tierra inalcanzable, es suficiente para arrancar una media sonrisa, en ocasiones algo triste, al lector, porque esa ironía es desde luego, el pullazo del impotente, como todos nosotros lo somos, ante el poder. Aseguró en una entrevista que le rebelaba en la poesía moderna, no ya el subjetivismo, sino el mirarse de continuo el ombligo, el estar pendiente del propio yo, de manera que reaccionó, según afirma, con un cierto objetivismo y eso se refleja en sus múltiples poemas donde habla de la naturaleza o de las ciudades en las que vivió, esencialmente, Vilna, Varsovia, París y Berkeley, que tienen, claro, un toque subjetivo pero que no consiguen existencia en función del poeta, sino por sí mismas. Desde luego, y como ya he dicho con respecto a la ironía, un tema que trata, aunque menos de forma reivindicativa que simplemente enunciativa, es el siglo XX que le tocó vivir y sus ideas, sus políticas y sus horrores; lo que no obsta para que la defensa de sus propias opiniones la haga de forma enérgica e incluso fogosa, aunque con ese toque irónico que evita cualquier tentación de fanatismo. Y la última característica de la que hablaré es de la metapoética, es decir de la reflexión que hay en sus poemas sobre la propia lengua, el hecho poético en sí y la historia poética de su lenguaje, el polaco. “La poesía debe ser como un río que lo arrastra todo: arenas, ramas, troncos y, por supuesto, pepitas de oro”, dijo en una entrevista del año 2000. Porque siempre aseguró que a él, la poesía, le venía dada, como si le dictasen. No voy a hablar más de poesía sino que voy a pasar simplemente a leerlo, que siempre es lo más adecuado. Y debo aclarar que me ha resultado dificilísimo seleccionar los poemas a leer porque son tantos los que me resultaron apasionantes que renunciar a algunos ha sido un verdadero sufrimiento.

¿Ars Poética? Fue leído también en polaco por Jacek Kociolek. El poema fue escrito en 1968.

Siempre añoré una forma más amplia

que no fuera ni demasiado poesía ni demasiado prosa

y permitiese entenderse sin comprometer a nadie,

ni al autor ni al lector, a tormentos de orden superior.

En la esencia de la poesía hay algo indecente:

brotan de nosotros cosas que no intuíamos tener,

así que pestañeamos como si de nosotros saltara un tigre

y estuviera iluminado golpeándose los flancos con la cola.

Con razón se dice que es un daimonion quien dicta la poesía

pero se exagera al afirmar que debe de ser un ángel.

Difícil es entender de dónde surge el orgullo de los poetas

si más de una vez se avergüenzan de que sus flaquezas sean visibles.

¿Qué persona juiciosa querría ser un estado de los demonios,

que lo rigen como en su casa, hablan muchas lenguas

y, por si no bastara, le roban sus labios y sus manos,

intentando, para comodidad propia, cambiar su destino?

Como que lo enfermizo hoy es valorado

alguien puede pensar que sólo estoy bromeando

o que he encontrado una nueva manera

para alabar el Arte con la ayuda de la ironía.

Hubo un tiempo en que se leían sólo libros cultos

que ayudaban a soportar el dolor o la desgracia.

Pero esto no es lo mismo que adentrarse en mil

obras directamente de una clínica psiquiátrica.

Y con todo, el mundo es diferente a como nos parece,

y nosotros somos diferentes a nuestros devaneos.

Así que la gente conserva una honestidad silenciosa

consiguiendo así el respeto de vecinos y allegados.

Ésta es la utilidad de la poesía, que nos recuerda

cuán difícil es seguir siendo la misma persona,

pues nuestra casa está abierta, sin llaves en la puerta,

e invisibles huéspedes entran y salen.

De acuerdo, lo que explico aquí no es poesía.

Porque un poema se escribe raras veces y con desgana,

bajo una presión inaguantable y sólo con la esperanza

de que buenos y no malos espíritus nos tengan como instrumento.

Lengua mía fiel. Fue leído también en polaco por Martyna Sampolska. El poema data de 1968.

Lengua mía fiel,

te he servido.

Cada noche te ponía delante cajitas de colores

para que tuvieras un abedul, un saltamontes y un pinzón real

guardados en mi memoria.

Así fue durante muchos años.

Has sido mi patria, porque me faltaba cualquier otra.

Pensaba que serías también mediadora

entre yo y la buena gente,

aunque fueran veinte, diez

o no hubiesen nacido todavía.

Ahora reconozco mi duda.

Hay momentos en los que parece que he malgastado mi vida.

Porque eres la lengua de los humillados,

lengua de los irracionales y de los que se odian

a sí mismos tal vez más que a otras naciones,

lengua de los confidentes,

lengua de los trastornados,

enfermos de su propia inocencia.

Pero sin ti, ¿quién soy?

Tan sólo un erudito en un país lejano,

a success, sin temor ni humillaciones.

Sí, dime, quién soy sin ti.

Un filósofo, como cualquiera.

Lo entiendo, esto tiene que ser mi educación:

arrebatada la gloria individual,

al Pecador d ela moralidad

el Gran Glorificador le extiende una alfombra roja

y al mismo tiempo una linterna mágica

proyecta en la tela imágenes de un martirio humano y divino.

Lengua mía fiel,

quizá sea yo quien tiene que salvarte.

Así, te seguiré poniendo delante cajitas de colores

claros y puros, si es posible,

porque en la desgracia es necesario algún orden o belleza.

En Varsovia fue escrito en 1945 en la ciudad de Cracovia, sabiendo que la capital había sido prácticamente destruida por las tropas alemanas.

Poeta, ¿qué haces en las ruinas

De la catedral de San Juan,

En este cálido día de primavera?

¿Qué piensas aquí, donde el viento

Del Vístula al soplar esparce

Un polvo rojo de los escombros?

Prometiste que nunca serías

Una plañidera.

Prometiste que nunca tocarías

Las grandes heridas de tu nación

Para transformarlas en santidad,

Una maldita santidad que persigue

A los descendientes muchos siglos.

Pero este llanto de Antígona

Que busca a su hermano

Es realmente imposible

De resistir. Y el corazón

Es una piedra, y como un insecto

Está encerrado el oscuro amor

Por la más desgraciada de las tierras.

No quería amar así,

No era éste mi objetivo.

No quería lamentarme así,

No era éste mi objetivo.

Mi pluma es más ligera

Que la pluma de un colibrí. Este lastre

No es para mis fuerzas.

¿Cómo tengo que vivir en este país

Donde el pie tropieza con huesos

De allegados no enterrados?

Oigo voces, veo sonrisas. No puedo

No escribir, porque cinco manos

Cogen mi pluma

Y me obligan a escribir su historia,

La historia de su vida y su muerte.

¿Para esto he sido creado,

Para convertirme en una plañidera?

Yo quiero cantar los festines,

Los alegres boscajes por los que

Me conducía Shakespeare. Dejad

A los poetas un instante de alegría,

O desaparecerá vuestro mundo.

Es una locura vivir así, sin alegría,

Y repetir dos palabras

Dirigidas a vosotros, muertos,

A vosotros, cuyo destino

Debía ser la alegría

De los actos, del pensamiento y del cuerpo,

De canciones, de banquetes,

Dos palabras salvadas:

Verdad y justicia.

De Voces de la pobre gente, de 1943, un fragmento  de los 6 que lo conforman, el llamado Pobre poeta.

El primer movimiento es canto,

Una voz libre que llena las montañas y los valles.

El primer movimiento es alegría,

Pero nos la han arrebatado.

Y después de que los años hayan cambiado la sangre,

Y que mil sistemas planetarios nacieran y murieran en el cuerpo,

Yo, poeta astuto y enojado, sigo sentado,

Con los ojos entrecerrados maliciosamente,

Y sopesando la pluma en la mano

Planeo la venganza.

Acerco la pluma, y echa brotes y hojas, se cubre de flor,

Y el olor de este árbol es desvergonzado, porque allí, en la tierra real

No crecen árboles así y el olor de este árbol

Es como una afrenta infligida a los que sufren.

Unos se refugian en la desesperación, que es dulce

Como el tabaco fuerte, como un vaso de vodka en la hora de la perdición.

Otros tienen la esperanza de los estúpidos, rosa como un sueño erótico.

Otros incluso encuentran la paz en idolatrar la patria,

Que puede ser muy longeva,

Aunque no mucho más de lo que es aún el siglo diecinueve.

Y a mí me ha sido dada la esperanza cínica,

Porque desde que abrí los ojos no vi nada excepto resplandor y matanza,

Excepto agravios, humillaciones y la ridícula infamia de los vanidosos.

Me ha sido dada la esperanza de vengarme de otros y de mí mismo,

Puesto que yo era el que lo sabía

Y que no extrajo ningún provecho para sí mismo.

Materialismo es un poema de 2002. Hay que tomárselo por donde va, por la ironía y la diatriba.

Materialismo, cómo no.

Con la condición de que sea lo suficientemente dialéctico.

Es decir, que sepa usar hábilmente el corazón y la cabeza,

El alma y el cuerpo, la vida y la muerte,

Que no evite preguntas sobre las cosas definitivas,

Y considere igual de importantes los argumentos de los creyentes y no creyentes.

El siguiente poema tiene un título curioso: Elevados argumentos en favor de la disciplina extraídos del discurso ante el Consejo General del Estado en el año 2068 y es de 1968. Es de una gran ironía y me recuerda a cierta broma de unos estudiantes polacos, precisamente (fuente: Quimera, nº 103-104 y Viejo Topo nº 60), en la cual se presentaba en una tabla de cuatro columnas y 10 filas, una combinatoria, escogiendo principios, intermedios y finales de frase aleatoriamente, capaz de producir un discurso de 40 horas en el cual no se diría absolutamente nada. Este poema de Milosz tiene algo más de sentido. Y lo curioso es que el discurso de este poema se puede, casi, aplicar tanto al modelo de socialismo real o comunismo, como al capitalismo, al menos en lo que se refiere a la protección y a alguna cosilla más.

Apelamos a la disciplina sin esperar aplausos.

Ya que un apoyo así no es necesario

A los ciudadanos leales les aseguramos protección

Sin exigir a cambio nada excepto obediencia.

Asimismo, vista la cantidad de experiencias,

Expresamos la esperanza de que la gente valorará

Cuán diferente es la rectitud de la línea que hemos elegido

Con sus incomprensibles suposiciones y deseos.

Podemos decir sin temor que fuimos nosotros

Quienes los salvamos del desierto de opiniones encontradas,

Donde lo real no tiene un peso específico

Porque lo no real tiene el mismo peso.

Los sacamos de allí, de aquella tierra baldía

Donde ellos, a solas con su desconocimiento,

Meditaban sobre el sentido y el sinsentido del mundo.

Así como su libertad, es decir, la desnudez femenina,

El pan no les gustaba porque había mucho en las panaderías.

Bajo la rúbrica del Arte protegían las rarezas de su aburrimiento

Y el temor diario por el pasar del tiempo.

Nosotros, nadie más, descubrimos la Ley del Encubrimiento,

Entendiendo que la mente abandonada a sí misma

Intenta alcanzar las cosas definitivas, excesivas para ellos.

Nosotros, nadie más, descubrimos la Ley de los Objetos Disminuidos,

Ya que la pobreza y la amargura son condición necesaria de la felicidad.

Y cuando hoy, locos, maldicen las prohibiciones,

Al acto tienen miedo de que éstas puedan desaparecer.

La prohibición les permite soñar que son más grandes de lo que son,

Soñar en ángeles, quizás en gigantes, detenidos en el vuelo por la fuerza.

Su verdad, y lo saben, sólo es verdad cuando se opone a la nuestra.

O se opone a nuestras mentiras que aceptamos con humor.

El país de las palomas asadas les seduce y les repugna.

Allí sólo encontrarían la nada, es decir, a sí mismos.

Que sea, pues, afirmado clara y explícitamente:

Nuestro gobierno, aunque duro, no actúa sin su conformidad.

Según los últimos datos la mayoría de ellos murmura en sueños:

Que la censura y la penuria sean bendecidas.

Al despedir a mi mujer Janina es un poema fuerte, doloroso. Data de 1986.

Las plañideras han entregado a su hermana al fuego

Y el fuego, ése mismo que mirábamos juntos,

Ella y yo, largos años en nuestro matrimonio,

Unidos en el bien y en el mal, el fuego

De las chimeneas en invierno, de los campings, de las ciudades en llamas.

Elemental, puro, el de los inicios del planeta tierra,

Le arrebataba su cabello, ondeante, canoso,

Se ocupó de sus labios y de su cuello, la absorbió, ese fuego

Que las lenguas humanas comparan al amor.

Yo no pensaba en las lenguas. Ni en las oraciones.

La amé, sin saber quién era exactamente

Le hice daño al perseguir mi ilusión.

La engañé con mujeres, siéndole fiel sólo a ella.

Fuimos muy felices y muy desdichados,

Separaciones, salvaciones milagrosas. Y ahora, esta ceniza.

Y el mar que golpea la orilla cuando voy por el paso vacío.

Y el mar que golpea la orilla. Y la universalidad de la experiencia.

¿Cómo defenderse de la nada? ¿Qué fuerza

Conserva lo que fue si no dura la memoria?

Puesto que yo recuerdo muy poco. Recuerdo tan poco.

En efecto, el retorno de los momentos significaría el Juicio Final,

Que la compasión quizás aplaza día tras día.

Fuego, liberación de la gravedad. La manzana no cae en la tierra.

La montaña se mueve en su lugar. Tras la cortina de fuego

Hay un cordero en un prado de formas indestructibles.

Las almas arden en el purgatorio. El loco Heráclito

Mira cómo la llama devora los fundamentos del mundo.

¿Creo en la resurrección de los cuerpos? No de estas cenizas.

Apelo, imploro: ¡elementos, disolveos!

¡Elevaos hacia otro reino que ha de venir!

Allende el fuego terrenal, ¡reuníos de nuevo!

El que sigue es el poema que recitó o interpretó José Luis Gärtner. Pertenece a Conciencia, poema dividido en 10 partes, y ésta es la 8ª.

El calor de los perros, y la esencia, desconocida, de la perredad.

Y no obstante, la sentimos. En la húmeda lengua que cuelga,

En el terciopelo melancólico de los ojos,

En el olor del pelaje, diferente al nuestro y afín.

Nuestra humanidad entonces se hace más clara,

Común, palpitante, babeante, peluda,

Aunque para los perros nosotros somos como dioses

Que desaparecen en los palacios acristalados de la razón,

Ocupados en actividades incomprensibles.

Quiero creer que las fuerzas que están sobre nosotros,

Librándose a operaciones para nosotros impenetrables,

Tocan a veces nuestras mejillas y nuestro pelo

Y entonces sienten en sí mismas este pobre cuerpo y la sangre.

Cuando hay luna es un poema escrito en 1966, y es un canto a la existencia del amor, del erotismo, de la realidad pura del otro sexo.

Cuando hay luna y pasean las mujeres con vestidos floreados,

Me sorprenden sus ojos, sus pestañas y toda la armonía del mundo.

Me parece que de un afecto mutuo tan grande

Podría finalmente surgir la verdad definitiva.

También el siguiente poema, Pelegrinando, de 1976, es un canto a la realidad muy whitmaniano.

Que el olor del tomillo y de la lavanda nos acompañen en el camino

a esta provincia que no sabe lo afortunada que es,

pues fue elegida y visitada,

ella sola de entre muchos rincones de la tierra.

Nos dirigimos al Lugar, pero no nos conducía signo alguno.

Hasta que se reveló en un valle pastoral,

entre montañas como desde antes del principio de la memoria.

Cerca de un río estrecho y murmurante en una gruta.

Que se quede con nosotros el sabor del vino y del asado,

igual como lo celebrábamos en los claros del bosque,

buscando sin encontrar, recogiendo noticias,

consolados con la claridad del día.

Que las delicadas montañas y las campanas de los rebaños

nos recuerden todo lo que se ha perdido,

porque ya hemos visto y amado

el mundo que dura sólo un instante.

Rue Descartes es de 1980, cuando ya el fenómeno de las migraciones económicas, aunque también políticas, estaba muy consolidado. Es un homenaje a ese exilio obligado, y qué más da si es el tirano de turno o el hambre, otra tirana, quien obliga a ella.

Dejando la calle Descartes,

bajé hacia el Sena, viejo bárbaro de viaje

intimidado por haber llegado a la capital del mundo.

Éramos bastantes, de Iasi y de Kolozsvár, de Vilna y Bucarest, de Saigón y Marrakech,

que recordaban con vergüenza las costumbres de sus casas,

de las que no convenía hablar con nadie:

palmadas para el servicio, chicas que acuden descalzas,

repartir la comida con oraciones,

rezos corales que recitaban los señores y la servidumbre.

Dejé atrás regiones nubladas.

Entré en la universal, admirándola, deseándola.

Después mataron a muchos de Iasi y de Kolozsvár,

o de Saigón o de Marrakech porque querían derribar las costumbres propias.

Después, sus compañeros lograron el poder

para matar en nombre de las bellas ideas universales.

Mientras, la ciudad se mantenía de acuerdo con su naturaleza,

hablaba en la oscuridad con una risa gutural,

cocía largos panes y vertía vino en jarros de arcilla,

compraba en los mercados pescado, limones y ajo,

indiferente al honor y a la infamia, a la grandeza y a la gloria,

porque todo esto ya había existido y se había transformado

en monumentos que representaban no se sabe a quién,

en arias apenas audibles o en locuciones.

De nuevo apoyo el codo en el áspero granito del muelle,

como si volviera de un viaje por países subterráneos

y viera de repente, a la luz, la rueda de las estaciones girando,

allí donde cayeron los imperios, y donde los que vivían, murieron.

Y ni aquí ni en ningún sitio está la capital del mundo.

Y han devuelto el buen nombre a todas las costumbres derribadas.

Y ya sé que el tiempo de las generaciones humanas es diferente al de la Tierra.

En cuanto a mis pecados graves, el que recuerdo mejor es éste:

pasando una vez por un sendero cerca de un riachuelo

arrojé una gran piedra a una serpiente de agua enroscada en la hierba.

Y todo lo que me ha sucedido en la vida ha sido un justo castigo que tarde o temprano recibe quien rompe una prohibición.

El último poema leído fue Regalo, un poema corto de 1971. Parece ser que gustaron más éstos, pero Milosz escribe largos poemas que a veces ocupan varias páginas, de modo que seleccionar sólo los cortos habría sido reducir en exceso las posibilidades.

Qué día tan feliz.

Se disipó la niebla temprano, yo trabajaba en el jardín.

Los colibríes se detenían sobre las madreselvas.

No había nada en la tierra que deseara tener.

No conocía a nadie que valiera la pena envidiar.

Olvidé todo el mal acontecido.

No me avergonzaba pensar que era el que ahora soy.

En el cuerpo no sentía ningún dolor.

Al incorporarme, vi el mar azul y unas velas.

La verdad es que tenía preparados 9 poemas más que no leí por cuestiones de tiempo y de cansancio del personal, supongo. Repito que me costó un dolor de cabeza seleccionar y seguro que no atiné. Preví acabar con lo que a continuación viene, pero se me olvidó y sólo pude agradecer la presencia de todos y confiar en que les hubiese gustado, que les hubiese picado la curiosidad por leer a este gran poeta, que además tuvo la gran virtud de no ser un engreído porque nunca merece la pena serlo. Estas fueron las palabras que se quedaron pendientes:

Czeslaw Milosz

Czeslaw Milosz

Como habréis observado, los poemas de Milosz son largos, y salpicados de estrofas dignas de ser señaladas pero no hay tiempo de leer todos los poemas completos. El poema El jardín de las delicias, homenaje al cuadro de El Bosco en el museo de El Prado, tiene 6 partes y ocupa 4 páginas y media, y es absolutamente recomendable pero imposible de leer aquí. Por ejemplo y como despedida, señalé como apasionante una estrofa que no me resisto a leer aunque quede descolgada del poema al que pertenece. Sirve perfectamente de colofón. Dice así:

Levanto la copa en vuestro honor, en el escenario.

Yo, una voz, nada más, de un gran teatro.

En contra de los ojos cerrados, de los labios acerbos,

En contra del silencio que es la esclavitud.

Muchas gracias.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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4 respuestas a Ideas y poesía de Czeslaw Milosz

  1. Celia Correa Góngora dijo:

    Tu generosidad al regalarnos una disertación tan magnífica, al tiempo que este texto único, es digna de toda clase de elogios. Ha sido todo un lujo poder contar contigo. Gracias Miguel en mi nombre y en el del Centro Artístico.
    Celia Correa Góngora

  2. Gracias, Celia, el placer y el honor es mío. De veras, no muchos pueden alardear (y lo hago prudentemente) de tener un público tan atento y agradecido. Gracias a ti y al Centro Artístico.

  3. gart dijo:

    He descubierto un gran poeta. Le sigo la pista cual perro que husmea entre la maleza.
    Gracias al conferenciante y amigo.

  4. Estimado Señor,

    soy estudiante de inglés y español en la Universidad de Bielsko-Biala (ATH) en Polonia. He leído una entrada de su bitácora sobre la obra de Czeslaw Milosz. Me estoy preparando para una conferencia sobre Milosz y tengo algunas preguntas para Usted; estaría muy agradecida de su ayuda.

    1. ¿Cuánto se sabe sobre la obra de Milosz en España? ¿Se suele leer más su prosa o su poesía?
    2. ¿Sabe qué obra literaria de Milosz es la más popular (y por qué)?
    3. ¿Cuáles son (según su conocimiento u opinión) los porqués de la poca popularidad de Milosz en comparación con Szymborska?
    4. ¿Hay algunos de sus poemas o fragmentos de sus libros presentados y discutidos durante los cursos académicos de la literatura contemporánea o la literatura eslava?
    5. ¿Qué (generalmente e incluso estereotipicamente) saben los españoles sobre la Polonia contemporánea y la historia de Polonia en el siglo XX?

    Por supuesto, no espero de sus respuestas ningunos datos que Usted tendría que verificar. Se trata más de sus observaciones, de su percepción (que pueda ser subjetiva) del asunto.
    Además, si no le molesta, voy a mandar las mismas preguntas a unas cuantas personas más, para obtener una imagen más amplia.

    Le agradezco de antemano su respuesta.

    Saludos cordiales,
    Izabela Laskowska
    Universidad de Bielsko-Biala (ATH)
    izabela.laskowska.1980@gmail.com

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