Las frutas de la luna, de Ángel Olgoso

Me gusta hablar de mis amigos. También me gusta hablar de maestros de la escritura, de aquellos a quienes leo y acabo admirando. Cuando se aúnan ambas categorías es un placer. Y un dolor, porque hablar o escribir es arriesgarse, es caminar sobre el cable por encima de las rugientes cataratas o sobre el foso pletórico de hambrientos cocodrilos.

Portada de Las frutas de la luna

Portada de Las frutas de la luna

El viernes día 15 de marzo pasado asistimos, y digo asistimos porque allí estábamos un porción de amigos, y también mi mujer, que a horas de hoy sigue siendo mi mejor amiga, a la presentación de Las frutas de la luna, libro de cuentos de Ángel Olgoso. Corrió a cargo la alocución, que acostumbra acompañar estos eventos, del insigne Juan Carlos Friebe, granadino de ascendencia alemana (es curioso que tantos amigos haya aquí de origen germánico; bueno, decir tantos es una exageración porque están él y José Luis Gärtner, que desde luego, también estaba aunque llegase tarde) y por descontado, a mucho esfuerzo que yo le ponga, estas palabras que colocaré aquí, en mi blog, nunca alcanzarán la calidad de las inteligentísimas con las que nos obsequió Juan Carlos.

Hablar de Olgoso es placer y dolor, como digo, placer porque nos une, no sólo amistad y admiración, al menos por mi parte, y creo que por la suya algo hay de eso también, sino incluso jefatura puesto que él es el Rector Magnífico y Perezoso del Institutum Pataphisicum Granatensis en tanto yo no soy más que satrapilla (porque si utilizase el título legal, Sátrapa Trascendente, acabaría creyéndome lo de la trascendencia y la hemos jodido). Eso de la jefatura no le gusta seguro, como a mí tampoco, y ni siquiera al padre que parió a esto de la patafísica, Alfred Jarry, pero no se me ocurre llamarlo de otra forma pues la jerarquía es siempre la jerarquía. Dolor porque ¿cómo agenciarme palabras que estén a la altura de Ángel? (sin ser Friebe, claro).

Ya solo el título del libro, Las frutas de la luna, da ganas de bajárselas del árbol, de ese Yggdrasil, fresno universal, árbol del Bien y del Mal que además de varas que nos azuzan a escribir mejor, a tener sana y perversa envidia de cómo escribe Ángel y tratar de emularlo conociendo nuestra paleta de colores, además da frutas. Ese es el asunto de Ángel: su paleta de colores, esos sabores, aromas y colores que conforman las frutas de su producción, el manejo que tiene del lenguaje como si condujese una cuadriga de cuarenta mil caballos y los dominase a todos con paciencia, sabiduría, firmeza e imaginación. Y para muestra un botón: compárese, quien tenga el libro a mano, la inmersión e indagación que hace en el lenguaje (además, como si en realidad, en el cuento no hubiera otra cosa que eso, lenguaje) de las zonas rurales granadinas en Jueces del valle de Josafat, con la riqueza léxica e incluso culterana de otras narraciones como Perlas de Indra o Aramundos.

El autor, Ángel Olgoso, con esa media sonrisa bajo la que esconde su enorme incomodidad por aparecer en los medios

El autor, Ángel Olgoso, con esa media sonrisa bajo la que esconde su enorme incomodidad por aparecer en los medios

Hará un año, quizá, me envió un cuento llamado El síndrome de Lugrís que le había costado más de medio año escribirlo, un cuento que ocupa 40 páginas de este libro. Desacostumbrado a narraciones de tal extensión, me pedía que le diese mi parecer. ¡Pobre!, Ángel ignora que de lo que él escribe, me pasa como con la mujer amada, que me gusta todo. A pesar de lo cual le trasmití mi deteriorado juicio. Ahora me lo vuelvo a encontrar: nueva experiencia, degustación reverdecida. Y daos cuenta: el muy cofrade (es insulto que hemos puesto en el diccionario patafísico Gärtner y yo) da nombre a un trastorno, a una insania mental que padece el protagonista.

La especialidad de Ángel es la narración corta, y sobre todo, si tiene su punto fantástico. No todos los cuentos de este libro son propiamente fantásticos. Mucho lo es el primero, Contraviaje, que en cierta forma me hizo pensar en el pintor René Magritte, o La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos, que me llevó de la mano a los cuadros de Kubin o a los esqueletos de Juan Soriano. ¿Pintura?, ¡no!, alusiones, nada más. Porque para pintura el último cuento, Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde, donde sitúa a un Caspar David Friedrich a la búsqueda de lo inalcanzable en arte, inalcanzable que Ángel alcanza, sí, y el asunto (de ahí mi envidia) es que no exagero. También tenemos un microrrelato (media página), Promesa, capaz de poner los pelos de punta, tanto como lo hacía aquel señor Valdemar de Poe.

Incluso os diré que inventa un nuevo género, el que se podría llamar de economía-ficción, en la narración La materia oscura, en la cual no se da una distopía (no pensemos en 1984 ni en Un mundo feliz) sino una fantasía evaluando hasta dónde puede llegar la exageración (y ahí sí la hay porque estos sinvergüenzas que nos dominan desde sus despachos bancarios o empresariales, y no penséis en el mecánico de la esquina, también empresario, sino en aquellos que quitan y ponen políticos y hasta monarcas, esos cenutrios a quienes basta un simple clic del ratón, esos no se suicidan, y si no nos matan es porque seguiremos siéndoles útiles y necesarios, porque sin nosotros no tendrían facturación, y eso sí joroba, mire usted) en cierta dictadura empresarial y del beneficio a costa de lo que sea.

El joío es hasta guapo

El joío es hasta guapo

No voy a extenderme en describir cada narración, a alguna de las cuales podría llamársele microrrelato, género en el que él es ya uno de los grandes, no sólo nacional sino mundial (no os preocupéis, Van Gogh vendió apenas y no se le conoció y reconoció sino pasado un tiempo de su muerte; el ser humano es enormemente desagradecido con sus benefactores). Sí destacar Dybbuk, cuyo título hace referencia al judío semimuerto errante capaz de poseer los espíritus y aun los cuerpos de otras personas, y que en el caso de mi amigo Ángel, protagonista de su propio cuento, lo sustituye en una de esas presentaciones o lecturas públicas, a las que tan reacio es a acudir porque Ángel, nuestro Ángel, es enfermizamente tímido y tiene un pánico escénico insuperable (de hecho, cuando me acerqué para que me firmase el ejemplar que había comprado, me confesó que estaba “atacao”; en esta fauna de los escritores está el típico que se hincha, que engorda ante su público y goza como un marrano al sentirse escuchado y mirado, y en el otro extremo está Ángel Olgoso). Pero lo destacable de ese cuento, al menos para mí, es que me convierte en personaje de él, especie de antagonista con un lenguaje curiosísimo (he sospechado que escondida en el bolsillo de su camisa llevaba una de esas grabadoras modernas y cibernéticas que ocupan lo mismo que una tarjeta de crédito) y con algunas frases hechas muy propias (perdona Ángel, pero te ha faltado aquella de “ese merece que le den un tiro de mierda en mitad de la frente”), así como palabras y alocuciones en catalán, que es mi segunda lengua pues, como sabéis, tengo el honor de ser bilingüe. De modo que Ángel me convierte en eterno, en trascendente, ahora sí. Pues cuando la niebla del olvido se vaya corriendo sobre mi nombre, ahí quedará este cuento de Olgoso para goce de futuras generaciones, como han quedado los de Borges y algunos nos preguntamos a quién o a qué hace referencia cuando el argentino habla de esto o aquello.

Un servidor, junto a Andrés Sopeña, en el acto de presentación en Nueva Gala. Ambos interfectos genuflexionamos ante la grandeza literaria de nuestro Rector Magnífico y Perezoso

Un servidor, junto a Andrés Sopeña, en el acto de presentación en Nueva Gala. Ambos interfectos genuflexionamos ante la grandeza literaria de nuestro Rector Magnífico y Perezoso

Otra cosa curiosa y destacable son esas listas o enumeraciones de las que voy a trascribir un ejemplo para que se vea de qué van, porque si bien es cierto que recuerdan las de Perec, también es verdad que nada tienen que ver con ellas. El ejemplo está entresacado de La torre de Hunan, uno de sus cuentos sobre un pintor a quien el rey Luo Meng encarga pintar cada día un objeto, para lo cual lo encierra en esa torre. Y la cita dice así: Zhu (el pintor) debía convertir cada ganso en fénix, cada cañaza en crisantemo, cada muladar en laca labrada, cada anciano decrépito en grácil joven… el preso dibujó las Diez Mil Cosas, los guijarros y los bueyes, las calabazas y los templos, las nubes y las grullas, las tinajas de grano y las balas de variada seda”. Tal vez haya alguna otra enumeración entre estos 20 cuentos que sea más interesante, pero creo que esta da una idea de cómo construye Ángel sus mundos, porque es un recurso al que a menudo echa mano.

Amigos, editorial Menoscuarto, Las frutas de la luna, Ángel Olgoso. No se os vaya a escapar porque, por desgracia en este país, las buenas películas duran poco en los cines y los buenos libros, poco en las librerías. Veréis, leer a Ángel es como ir a uno de esos restaurantes donde te sirven poquito pero de aromas y gustos enloquecedores. Y no es pasión de amigo, porque si fuese yo solo quien así piensa quizá debería ir al médico, pero Fernando Valls, José María Merino, David Roas y otros, opinan parecido.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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2 respuestas a Las frutas de la luna, de Ángel Olgoso

  1. gart dijo:

    Mira que eres chivato. ¡Pa qué dices que llegué tarde? ¡Si nadie se dio cuenta!
    Ahora quedo fatal, y todo por una mancha en mi hoja de servicio.
    Mia quéeee

  2. De momento renuncio a leer tu reseña, pues estoy leyendo precisamente el libro de Ángel y abrigo la ilusión (= expectativa) de reseñarlo yo también. Por eso no deseo dejarme influir por ti en la lectura ni en la eventual reseña (aún en fase de tomar notas).
    Gracias por invitarme a este blog, que iré curioseando poco a poco.

    AG

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