Jonathan Franzen y su Las correcciones

Portada de Las correcciones

Portada de Las correcciones

Tal vez este blog se convierta, de una forma u otra, en una especie de dietario, también, de mis lecturas, lecturas que me apetece compartir con vosotros. A fin de cuentas, leer es discutir, aunque sólo sea mentalmente, con personas bastante inteligentes en la historia y en la actualidad; si es ensayo con mayor razón, pero si es narrativa o poesía ocurre lo mismo porque ya dijo Engels que aprendió más de Balzac que de los historiadores y sociólogos que hablaron de la Francia de su tiempo.

Había oído hablar de Franzen en revistas literarias. Uno de esos americanos que causan adoración, pensé. Quien no ha leído a Foster Wallace no está a la última y todas esas cosas. En fin, también sabéis que a veces uno sale a dar un paseo y entra en la librería donde acostumbra, y puede que todo le parezca aburrido y trillado, o puede que le llame la atención esto y también aquello, o lo de más allá y el presupuesto acabe peor que la iglesia de Lorca el día del terremoto. En ocasiones a las mujeres, y a algunos hombres, les pasa algo semejante con la ropa. Un día de estos últimos, compré el libraco de Franzen. Casi un kilo de peso y 660 páginas. Es lectura de verano para quien trabaja pero no de tumbona, no es una lectura “agradable” ni “entretenida”. Y sin embargo, dijo Jorge Carrión en Quimera que era realismo. Un realismo sui generis, por supuesto. Veréis, el realismo ha muerto, pues ¡viva el realismo! Ya sé, ya sé que el realismo fue una forma de novelar inventada a finales del siglo XIX y principios del XX, pero en todo este tiempo ha evolucionado y tratar de desmarcar a esto o a aquello del realismo, excepto, por ejemplo, la ciencia ficción, son ganas de buscarle tres pies al gato. El Ulises de Joyce, por ejemplo: nada de realismo, por supuesto. La muerte de Virgilio, de Broch: nada de realismo, por supuesto. Pero ¿hay algo más real que el aburrimiento y sin sentido de un tipo que, sin hijos y sabiendo que su mujer le pone los cuernos con un tenor mucho más aparente que él, da tumbos por una ciudad, entra en un bar donde se siente despreciado por judío y por no ser nacionalista (en España, el desprecio por no opinar como el otro, seguir la “versión oficial”, es palpable), asiste a un entierro, tiene amistad con un joven que le gustaría fuese su hijo, un joven lleno de dudas, o algo más real que ese monólogo interior de la señora Bloom, con esa confusión (según la traducción española) entre metempsicosis y métensecosas, monólogo que empieza con Sí y acaba con Sí?, ¿hay algo más realista que la agonía de un pobre poeta que ha sido durante toda su vida la voz oficial del poder, aunque en ocasiones se haya discutido con él? De modo que, perdonadme, me he pasado del realismo como estilo narrativo (bastante trasnochado, la verdad) a “lo real”.

Y no es cosa de irme por las ramas, pero por ejemplo Gonzalo Hidalgo Bayal en La paradoja del interventor era kafkiano, pero trascendía a Kafka, iba más allá, y eso es lo importante. Es como un Everest cuya cumbre no alcanzaremos nunca, que hay que escalar apoyándose en los hombros de quienes lo han intentado antes: el siguiente siempre se apoyará en el anterior. Habrá recaídas, retrocesos, best-sellers, literatura de tumbona, sí, pero también habrá superaciones.

Franzen en la Gala 100 en 2001

Franzen en la Gala 100 en 2001

Entremos al trapo, ya está bien de prolegómenos. Pero no vayáis a creer, prolegómenos, creo, imprescindibles. Franzen retrata en Las correcciones a una familia del Medio Oeste Norteamericano, que es como decir Cáceres o Cracovia, qué más da. Es lo de Tolstoi: describe bien tu aldea… Porque resulta que al retratar esa familia, hace un fresco de toda nuestra sociedad, aunque especialmente de la sociedad norteamericana, con sus fobias y filias, sus odios a la ilegalidad pero donde todo el mundo la practica de una forma u otra. Sus odios a las drogas, por ejemplo, menos a las que te receta el médico, y aun éstas, si resulta que no están aceptadas por papá Estado, no son nada recomendables, donde todos toman pastillas para dormir o antidepresivos pero se escupe ante el paso del fumador. Esa nueva religión llamada ciencia. Una sociedad donde el éxito es único marchamo para ser persona y el fracaso para dejar de serlo, y el dinero lo verdaderamente existente, importante y trascendente. Donde lo ridículo de los seres humanos y los grupos (o la manifiesta ignorancia y los prejuicios) no ha podido ser eliminado ni por la educación, ni por la información, a veces excesiva, ni por mil ciencias que se inventasen. Donde todos nos buscamos desesperadamente unos a otros pero nos repudiamos cuando ya tenemos cerca al otro. Donde lo correcto es la familia pero la familia no satisface a nadie (incluso cuando la familia consiste en lo contrario de lo habitualmente aceptado como familia). Un retrato, en fin, sí, balzaciano.

¿Y cómo cuenta todo eso? Porque quizá ahí esté lo de veras importante. Es curioso: Jorge Carrión, en su crítica, decía que hacia el final, el viejo pater familias, Alfred Lambert, quiere hacer una pregunta a su hijo Chip, el intelectual, y dice “la pregunta era… la pregunta era…” y es que el pobre ya no se acuerda porque padece Parkinson y un inicio de demencia senil. En cambio, yo no me he fijado especialmente en ese asunto sino en otra frase que piensa este Chip, el hijo menor: “había hecho un thriller en lo que debería haber sido una farsa”. Porque Las correcciones es una farsa. Carrión asegura que Franzen hace una novela al estilo de las series de televisión norteamericanas modernas. Afirma, además, que el estilo narrativo de esas series ha influido en la narrativa actual y debe influir más. Yo creo que se han influido mutuamente porque, aunque algunos se resistan a ello con un puritanismo un tanto anticuado, ambas, novela y cine o series televisivas tienen en común que son narrativa. Y creo que, fijaos, a la serie que más me recuerda Las correcciones, es a los Simpson. Sin tanta exageración en la tontería, sí, pero bastante bobalicones todos ellos. Enid, la madre con su férrea voluntad de querer controlarlo todo, respondiendo (menos al final) a los prejuicios consabidos: familia unida, todos juntitos en las celebraciones, regañar todo lo que a su juicio hacen mal los demás, especialmente el marido, intento de control de los hijos tratando que sean lo más “normales” posible; Gary, el hijo mayor, quizá uno de los personajes mejor retratados y con mayor crueldad, con su obsesión por el dinero, su inseguridad en su matrimonio, su falsa rebeldía ante su padre y la defensa a ultranza de la madre, trampa en la que también él cae en su matrimonio. Ambos son personajes, por momentos, absolutamente ridículos. Alfred, el padre, tan terco y siempre tan poco flexible, tan incapaz de reconocer en los demás el más leve indicio de eficacia, de hacer las cosas bien, incluida su esposa, en lo que ella le responde con idéntica actitud en sus años últimos; hay una escena en la que marido y mujer van de la mano por la inseguridad que tiene él al caminar, y ella piensa que eso le resarce de todas las veces que ambos han caminado yendo él delante, quizá con los hijos varones, y ella detrás. Caroline, la mujer de Gary, tan inflexible como Alfred e incapaz de soportar a sus suegros y condicionando a sus hijos para que en ningún caso hagan lo que les pide el padre y le exijan todo lo exigible y más. Chip, ingenuo hasta lograr que todo le salga mal, tan respondiendo al papel de “quiet american”, como tituló Graham Greene su novela y la película, aunque finalmente sea, junto con su hermana, el único que responde a lo que su desgraciado padre está pidiendo. Y por último, Denise, la hermana, desmesuradamente responsable en su trabajo, pero perdiéndolo por haberse enamorado, y no poder compaginar ambas cosas al dejarse llevar por la pasión y la necesidad de estar junto a la otra persona.

Jonathan Franzen

Jonathan Franzen

Y se dirá, pues vaya, una crítica más al american way of life. En cierta forma, pero no. Y no porque, primera, ya no es american sino world way of life: ya nos hemos vuelto todos igual de bobos. Y segunda, cuando Chip, siguiendo a un extraño personaje lituano llamado Gitanas, se va a Lituania para “estafar a los inversores norteamericanos”, montando una chorrada que nos parecería patética si no hubiéramos visto casos semejantes en los fondos de inversiones piramidales, Franzen nos muestra la vida en esa imaginaria, o casi, Lituania, con su “nuevo hombre socialista”, antiguo miembro del aparatchik y de la intelligentsia, o del ejército o la KGB, reconvertido en señor de la guerra, en mafioso (la mafia es el capitalismo más salvaje; bueno, hasta que llegaron los chinos y demostraron que podía ser peor) y en agresivo inversor que, además, cuenta con una ley, o ausencia de ella, que le defiende, no cuando invierte, con OPAs o la madre que lo parió, sino simplemente cuando atraca y mata al atracado; una vida en la que lo cotidiano falla, donde si se cuenta con un generador para una emergencia energética, éste es tan de los años treinta, con los cojinetes hechos un tirabuzón porque no se ha repuesto desde entonces, que no funciona y no soluciona la emergencia; ¿os acordáis del franquismo, quizá antes de los 60?, pues idéntico: la autarquía convertía cualquier máquina pública en algo que hacía chup-chup y se paraba.

Ese “realismo” de Franzen utiliza recursos del último postmodernismo, sí, el azar, por ejemplo, el no verse obligado a utilizar medios absolutamente modernos pero tampoco despreciarlos, el introducir en el texto imágenes, aunque esto último ya lo hizo nuestro Enrique Jardiel Poncela en La tournée de Dios. Franzen, en este sentido, podría ser un Pynchon pero mucho más asequible.

Aunque lo más extraordinario es que no es lineal: cuenta la historia rodeándola; no haciendo aquello viejo de los diferentes enfoques de una misma historia como, aproximadamente, que no literalmente, hacía Durrell en el Cuarteto de Alejandría, sino yéndose de un personaje a otro que, naturalmente, tienen cada uno su vida independiente puesto que todos son adultos, y narrando episodios, discusiones, anécdotas, recuerdos, muchos ridículos, sí, pero no todos. Es, como dice Foster Wallace en la contraportada, a la vez indulgente y despiadada. Es cruel y tierna con sus personajes, que son en muchas cosas muy tontos, pero también seres humanos con todos sus defectos y virtudes. Y con todo, me queda a mí una pregunta tras esa lectura: si somos (no sólo los americanos, a quienes como ya he dicho, todos nos parecemos cada vez más) tan mentecatos, tan bobalicones, ¿cómo es que ellos, y en cierta forma también nosotros, es decir todo el primer mundo, cómo es que dominamos el mundo? ¡Cómo deben ser los otros para no reaccionar y dejarse dominar por gente tan mameluca! Tal vez, alguna respuesta da a esto Franzen al final de la novela, cuando Chip llega a su casa e inevitablemente compara Lituania con el Medio Oeste, tan Springfield simpsoniano.

La lástima, ¿sabéis cuál es?: no he leído ninguna otra novela de Franzen, ni Libertad, ni Movimiento fuerte, ni Ciudad veintisiete. No puedo opinar sino de esta Las correcciones. No se puede leer todo.

En fin, muy recomendable. A mí se me escapó la risa en más de una ocasión: una risa cruel y tierna porque en ocasiones, no sé si os pasará a vosotros, me veía en un espejo.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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2 respuestas a Jonathan Franzen y su Las correcciones

  1. Herminia dijo:

    Creo Miguel, que por mucho que les pese a los puristas, el cine, las series de televisión y la novela son narrativa. Otra cosa es el que se atreva –y los hay que lo hacen con un aplomo que da miedo– a calificar sin reflexión el que esa influencia mutua y evidente sea buena o mala.

    • Por supuesto, Herminia. Yo no me atrevo tampoco a asegurar nada, pero supongo que tendrá, como tantas cosas, su lado bueno y su lado malo. La habilidad consistirá en dilucidar qué parte aprovechable y cuál no. Fíjate que Bajo el volcán, una de las mejores novelas del siglo XX, empieza con un zoom.

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