Isak Dinesen, no se debe desoír la animación al placer

Una ventaja indudable que tiene la edad es la relectura, placer licuante de un viejo lector. He releído a Durrell, a Juan y a Luis Goytisolo, a Cortázar, a Hesse, a Isak Dinesen. Tengo proyectos de perseverar, claro, espero que me quede vida. Aquellas lecturas que uno tragó de joven, como a veces se tragaban los cubatas, uno y otro y otro, y que quedaban casi sin digerir, como un poso que conviene ahora remover. Luego, el hallazgo de libros que uno compró en su momento y quién sabe por qué no leyó, quedando el tomo archivado, colocado en su lugar pero intacto, y que ahora uno descubre gozoso. Me ha pasado con la baronesa Karen Blixen o, según su seudónimo más conocido, Isak Dinesen. De esa mujer se han dicho muchas cosas, tantas, que no sé si atreverme. Pero sí, pourquois pas?, como pregona el lema de la familia de Virginie en La historia inmortal. Escribo para amigos, supongo, y entre amigos se excusa incluso la fatuidad. Lo que no se perdona es el aburrimiento.

Isak Dinesen

En un siglo donde en la narrativa primó el lenguaje, la técnica, Isak Dinesen dio todo el protagonismo a la historia que se cuenta. No menospreció el lenguaje porque su prosa es elegante, pero, por ejemplo, desoyendo las teorías bajtinianas, que seguramente no conoció, no introduce en sus narraciones diversos lenguajes y sus marineros casi hablan como sus señores o sus altezas reales. Diferencia, eso sí, a los marineros u hombres de clases bajas por su timidez, su prudencia, su escasa labia. Claro que la baronesa no escribió novela, si no fue una de la que hablaré, sino cuentos, narraciones. Algunos extensos, es cierto, pero no son novelas cortas como ella misma aseguró. Ignoro si las teorías bajtinianas caben en el cuento porque en el cuento cabe poca cosa, aunque según mi amigo Ángel Olgoso, admiradísimo escritor, maestro indiscutible, cabe de todo y donde cabe poco es en la novela. Cortázar sí aplicaba en sus narraciones cortas esa capacidad de la narrativa de asimilar todos los lenguajes, de reconocerle a cada personaje una lengua peculiar. De todas formas, se puede no ser absolutamente moderno, como exigía Rimbaud, y seguir siendo un artista: no depende del éxito sino de la eficacia. Cuando una narración atrapa y no puede ser abandonada sin sufrir por no enterarse de cómo sigue, quién es el asesino o cómo diablos se lo montará el autor para darle un final a eso o para, simplemente, no dárselo, a eso se le llama eficacia narrativa.

Se ha discutido mucho a lo largo del siglo pasado sobre ese tema, si el fondo o la forma. Ambas son uno, claro está, pero a qué se le da más importancia, ése era el asunto. Escuelas como el deconstructivismo, el postmodernismo o el estructuralismo, no es que hayan hecho daño: lo que hace daño de toda teoría es su exclusividad, su fundamentalismo. Siempre he creído que el buen crítico literario debe tener la vista facetada, como las moscas, y utilizar toda la teoría, desde Aristóteles hasta Deleuze o Lacan, a la vez, simultáneamente. En arte vale más ser ecléctico que acérrimo. Es mi opinión. Por otra parte, está mi propia teoría literaria que se explica así: narrativa y poesía son proporcionales a arquitectura y escultura (no en vano mis estudios son de ciencias aplicadas, aunque mis aficiones vayan por otro lado; lo digo por la proporcionalidad, también llamada regla de tres o aplicación del teorema de Thales). La narrativa debe, como la arquitectura, ser habitable, con personajes, situaciones, historia narrada (Joyce, Beckett, Broch o Pynchon tienen esas cosas), y además debe ser bella, cuidada, sorprender a la vista y formar un todo armónico (lo que se entiende por armonía ha variado durante los siglos pero no deja de ser armonía), en tanto a la poesía, como la escultura, le basta con ser bella y expresar sentimientos, intimidades, interioridades, aspectos que también debe presentar la narrativa. Es por eso que, creo, la narrativa es más completa, pero también es cierto que cada cosa, cada asunto, requiere un estilo, una manera.

Isak Dinesen, con Marilyn Monroe a su derecha y Carson McCullers a su izquierda

Isak Dinesen empezó a escribir tarde. Lo hizo, en parte, tras el fracaso de su plantación cafetera en Kenia, pero también por aburrimiento. Sus cuentos escritos durante la ocupación alemana se construyeron, dijo, porque “tenía alemanes en el jardín y judíos en la cocina”. No era una perspectiva halagüeña. Más divertidos debían ser los judíos, pero el mucho hablar, el mucho discutir también cansa, de modo que se puso a escribir. Algo había hecho antes, pero ese fue su despegue. Se la ha comparado con Scherezade. Ella lo sabía, y La historia inmortal, cuento recogido en Anécdotas del destino, es una especie de espejo o variación fugada de las narraciones de la princesa árabe. Incluso en ese mismo libro hay un cuento de ambiente oriental o “moro”, como diríamos nosotros. Ese La historia inmortal fue “inmortalizado” por Orson Welles en una película que, como todas las suyas, es una auténtica obra de arte, en nada desmerecedora de la narración de la baronesa, y es que el cine es otro arte donde se aplica la teoría de la arquitectura.

Fotograma de El festín de Babette

No fue éste el único aprovechamiento por el cine de sus narraciones. El festín de Babette, película de 1987 del director Gabriel Axel, también fue una obra de arte basada en el cuento del mismo nombre integrado asimismo en Anécdotas del destino. Y desde luego, Memorias de África, con un guapísimo Robert Redford haciendo de Denys Finch Hatton, una dubitativa pero enérgica Meryl Streep y una música estupenda firmada por John Barry.

He cometido la barbaridad de leerme todos los libros suyos que tengo en mi vieja biblioteca, excepto Lejos de África porque me acordaba perfectamente de él y he gozado como uno goza con la música o con el amor. Las historias arrebatan y, para quien le niegue técnica a esta señora, recordaré un cuento metido dentro de otro, es decir un cuento que narra uno de los personajes de la historia, muy al estilo cervantino (no es una novedad, naturalmente, pero siempre es de agradecer; además, no es ésta la única inserción de esta forma que hace; en Un cuento consolador, Eneas Snell le cuenta una historia al escritor Charlie Despard sobre el príncipe Nasrud-Din, además de soportar una reflexión sobre la narrativa donde más que Charlie, habla la misma Dinesen): en Un cuento rural, de Últimos cuentos, narración sobre intercambio de niños, tal vez, entre una familia rica y una familia pobre, una enorme reflexión sobre la justicia y algo tan pasado de moda como es el pagar por lo malo que se ha hecho (hoy todo el mundo se escaquea de esas cosas, abrid los periódicos y me daréis la razón), el protagonista encuentra un viejo libro y lee el siguiente cuento: el rey de Portugal tiene un súbdito, su caballero y señor de tierras, al que debe mucho porque le ha hecho ganar muchas batallas; un día le pide audiencia, petición a la que el rey, evidentemente, accede; nada más llegar, el señor se encara al rey y le da un par de bofetadas; el rey lo encarcela y lo condena a morir a la mañana siguiente, pero por la noche no puede dormir pensando en el porqué de esa acción por parte de alguien eminentemente fiel; baja a las mazmorras y le pregunta; señor, le dice el caballero, siendo joven abofeteé a un viejo criado de mi casa, un hombre apegado a nuestra familia, y lo hice porque pude, porque era alguien inferior a mí; sólo he hallado una manera de pagar aquella afrenta, y es hacer lo mismo a alguien muy superior a mí y arrostrar las consecuencias; el rey comprende y perdona, pero le dice que a partir de ahí no hará sino esperar al momento en el que para lograr el perdón total de sí mismo, pueda hacerle eso mismo a el Único que tiene mucho más poder que ellos dos juntos, el señor y el rey, que es Dios. ¿Pasado de moda?, sí, pero también está pasado de moda Macbeth, porque hoy nadie tiene complejo de culpa por algo así. Cuando era joven, y alguno de entre quienes lean esto recordarán el caso, a mi jefe se le murió un niño con tres años. Pasó un evidente mal trago, ocasión aprovechada por cierto subalterno para arrebatarle parte de sus atribuciones y convertirse a su vez en jefecillo. Dudo mucho que ese individuo en toda su vida se haya planteado arrepentimiento o resquemor alguno por lo que hizo, luego Macbeth está pasado de moda, cosa que, por supuesto, es falsa. El que hoy seamos todos una manada de lobos sangrientos y archisatisfechos de comer, mas no por ello menos asesinos ansiosos de más y sin ningún sentimiento de culpabilidad, no quita que el sentido de la culpa no sea algo humano y necesario. Se le puede achacar la responsabilidad al sistema, pero ese sistema no habría tenido éxito de no haber sido pensado por hijos de perra para hijos de perra.

Los intercambios de historias, tú una, yo otra, de Cuentos de dos viejos caballeros, son otro modelo de este estilo cervantino.

Con Marilyn Monroe, Arthur Miller y Carson McCullers

Las reflexiones sobre el mundo que encaja en los cuentos son del todo actuales, aunque algunas también hayan pasado, como tantas cosas. Por ejemplo, ese pintor que saca en dos cuentos y cuyas características son tan especiales que, seguramente, era retrato de alguien real de Copenhague, pensando sobre la tragedia dice que hoy ya no hay tragedia porque no tenemos dioses, y ni siquiera tenemos el nuevo dios que podría tragedizarlo todo, que es el azar. Parece que nada puede proceder del azar, y aquí ya llega mi reflexión, y sin embargo, la física cuántica te habla del azar y del caos, pero tenemos que ordenarlo todo, positivizarlo todo, todo debe proceder del positivismo. Y la primera es la obsesión psicológica y pedagógica de que todo tiene un origen, y de ser posible un origen cuantificable, normalizado, cuando se está hablando de personas. También las cavilaciones sobre el yo que hace el Cardenal a la Dama en El primer cuento del Cardenal, de Últimos Cuentos, son dignas de un tratado de psicología pero sin la rigidez que éstos suelen tener.

Una de esas reflexiones hermosas pertenece al cuento Conversación nocturna en Copenhague, de Últimos cuentos. En ella, Yorick, el trasunto del poeta Ewald, hablando con Orosman, trasunto del desastre de rey Christian VII de Dinamarca, le dice cuáles son las tres condiciones de la felicidad perfecta: el primero, sentir el cuerpo rebosante de fuerza, que yo asimilo a la literatura, a la capacidad creativa, tanto cuando se escribe como cuando se lee así, creativamente. El segundo factor es saber con certeza que cumples la voluntad de Dios: para mí ese saber es el amor, sobre todo por las mujeres (o de ellas por nosotros) pero también, lo que Pablo de Tarso llamaba la Caridad, es decir la comprensión, no sólo del Otro, sino de Lo Otro (evidentemente Pablo de Tarso, no iba por ahí, y menos aún sus herederos del Vaticano o de Aviñón, qué más da, me lo interpreto como me da la real gana); el tercer factor de la felicidad perfecta es que no haya sufrimiento, y eso sólo se cumple escuchando música, porque la música es el bálsamo de los dioses, su envidia sana al ver que nosotros, sus criaturas, hemos sido capaces de hacer algo tan grande como la música. ¡Qué maravilla de cuentos que inspiran tanto!

He dicho que hablaría algo de su única novela, Vengadoras angelicales. Lo que Quijote representó para la novela de caballerías, representa esta narración para la novela gótica: tiene todas las características de ésta, pero no se ríe de ella como hace el Quijote, sino que simplemente la entierra, denunciando algo tan grave y apartado de los cuentos góticos como es la trata de blancas, porque en éstos, el conde o duque o marqués que rapta a la inocente jovencita no lo hace para prostituirla y tampoco, a veces, para gozar de ella, sino por simple maldad. Aquí se rapta y aun se asesina cuando hay resistencia, para prostituir. Denunciando la esclavitud de mujeres blancas, denunció la esclavitud de hombres y mujeres negros, y también su trato como si fueran esclavos, asunto en el que tuvo gran experiencia por sus años de terrateniente en África, barbaridad en la que ella no cayó como demuestra tanto su libro Memorias de África, como los cuentos, imprescindible complemento de éste, de Sombras en la hierba.

El interés que tuvo y tiene esta escritora hizo que fuese Javier Marías quien tradujese la versión española de Ehrengard, una narración o novelita corta también inspirada en la fidelidad y con sus puntos de humor, humor que cobra importancia fundamental en la narración La familia Cats, de Carnaval, con momentos de veras hilarantes.

Orson Welles en un fotograma de La historia inmortal

Sus obsesiones por la identidad (recordar ese inicio de El primer cuento del Cardenal), por las máscaras y por tanto por los cambios de identidad, por las familias rancias, por el papel de las mujeres (nunca fue feminista, luchó a su manera) en cualquier lugar, por los valores antiguos: la palabra dada, la fidelidad por encima de los propios intereses, la caballerosidad (nada que ver con el engolamiento ante las mujeres; una mujer, según ella, puede ser altamente caballerosa: el comportamiento de Ehrengard, en el cuento del mismo nombre, es caballeroso), por el mar y los caballos, por la caza. Son el marchamo de su narrativa.

En fin, se acabaron los halagos. Es cierto que, tanto literaria como socialmente fue conservadora. Conservadora pero ayudó cuanto pudo a los negros de sus plantaciones, consiguiéndoles, al liquidar su negocio keniata, tierras para ser cultivadas por ellos. Conservadora pero ayudó a los judíos, igual que muchos otros daneses, cuando la invasión alemana. Admiraba las viejas formas aristocráticas, pero para ella un marinero danés podía ser espiritualmente tan aristocrático como un duque y tan inocente como una doncella. Tal vez no se trate tanto de alardear de progresismo, sino de practicarlo y

La baronesa Karen Blixen en su explotación cafetera de Kenia rodeada de algunos trabajadores y niños de las tribus cercanas a los que solía cuidar y dar clase

recordar el viejo refrán español que dice “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. También os recomiendo que abráis los periódicos (y lo digo en plural porque si siempre abrimos el mismo, el afín, es como con la luna, que sólo le vemos el lado bueno). La ilustración perfecta de ese embeleso por la vieja aristocracia está en La dama orgullosa, en la que el verdugo del París revolucionario recibe la visita de dos mujeres, la una antigua criada de una marquesa y la otra, nieta despreciada de la aristócrata. Uno cree que le pedirán mayor crueldad, pero le piden, y el verdugo Samson lo concede a cambio de un beso de la joven, que cuando la vieja dama suba al cadalso, el verdugo le diga “Estoy a sus órdenes, madame la Merquise”, para que al menos alguien la trate según su rango y la acompañe galantemente.

No olvidemos a Karen Blixen. No es literatura de tumbona, no escribió best-sellers, sino que es alta literatura, aunque su estilo no podemos situarlo cerca de Joyce o de Beckett, pero sí, tal vez, por ejemplo, de Faulkner o de Durrell.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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Una respuesta a Isak Dinesen, no se debe desoír la animación al placer

  1. DIOS dijo:

    ¿estilo cercano a Faulkner? ¡Te has pasao MIguelito!
    Otra cosa es que tenga semejanzas a Durrel. Eso sí, que sí.

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