Cuento escrito para ser leído en un jolgorio

Este cuento que a continuación coloco aquí lo escribí para un acto o jolgorio hecho en casa de Lola Payer, granadina con una casa en el barrio de la Churra, barrio bajo la Alhambra y con sus bosques al alcance de la mano. La casa tiene una hermosísima terraza con vistas en la que, cuando la lluvia nos lo ha permitido, se han desarrollado algunos de esas “acciones artísticas”. Todo primorosamente organizado por Lola Payer, José Luis Gärtner y otros a quienes he conocido hoy. Una maravilla. No he podido resistir la expresión un tanto grosera pero efectiva, al final, unas cinco horas después del inicio, de “he disfrutado como una guarra”.

El jolgorio ha estado dedicado a los sentidos, a la sensualidad, jolgorio que no forzosamente debía acabar en orgía, como alguien me insinuó, y de hecho no acabó así. Juegos, como velarse los ojos y adivinar olores o sabores, lectura de poemas y relatos, pintura y dibujo en el momento de una modelo que posó para pintores y público en la parte cubierta de la terraza, performances como la programada por Javier Seco consistente en introducir un máximo de personas en un cubículo diminuto, donde se olía, se tocaba y casi se degustaba al otro por la excesiva proximidad, danza contemporánea a cargo de Sofía y Laila, fotografía, teatro escrito y representado por Gart (es decir, Gärtner que ejercía de maestro de ceremonias adoptando el papel de Mephisto). Ha faltado la música, lástima porque debe haber fallado la persona comprometida. Habría sido la guinda. Por momentos ha asomado el sol. El olor del bosque llegaba hasta allí. La tierra mojada es, tras casi cuatro meses sin llover en Granada, una bendición. El cuento es este:

Homenaje a D. H. Lawrence por un cuento suyo que leí siendo adolescente y luego no volví a encontrar jamás.

El monte huele a resina y humedad. Caminamos escuchando el crujido de las hojas secas, un lecho de siglos. El hayedo es dominicos férreos y los abetos, franciscanos. En algún lugar la yedra abraza los troncos como amantes ardientes, mientras las hormigas, siempre a lo suyo, cavan y cavan un sendero. Lo azul clarea entre tanta adustez de hojas y ramas violentas, y el sol ya cachiporrea las copas. Una ardilla nos mira juguetona; despierta, sin quererlo, a un autillo que dormita el día.

Ella marcha delante de mí, las nalgas brevemente recogidas en el pantalón corto tan cremoso como las mismas hojas de las hayas, aunque el torso va cubierto por un jersey algo burdo que le sobrará en menos tiempo del imaginable. Ese mismo camino lo recorrí años atrás con aquella novia que tanto daño me hizo; me aferro a este caminar pausado, tan deseable y tan plausible delante de mí, para evitar el amargo recuerdo. Su voz, por un momento, se confunde con el canto de un prudente ruiseñor. Dame agua, dice. Nos detenemos. La luz bajo los árboles es sobria como la conversación de un anciano, indiferente a las violencias del sol y el cielo allá arriba. Queremos llegar al altozano, al calvero desde el que se divisa el bosque y el laguito a lo lejos.

Entramos en el claro pasado el mediodía. Ambos sudamos pero no olemos mal. Nos sentamos en silencio, pronto animados por la cantimplora y la bota. Ella saca las fiambreras de la mochila que yo he acarreado. Filetes empanados, berenjenas rellenas y horneadas, jamón y queso. La bota es tentada con afecto. Han sido quince años juntos. Sigo deseándola como el primer día y confío en que ella también siente lo mismo. Su sonrisa es infinitamente mejor que el lametón del sol. En lo alto vuela un águila. Las berenjenas estallan en la boca, un millón de fuegos artificiales, incendio frío que es refrescado por el vino cálido de la bota. Las pieles de la naranja se ocultan bajo un pedrusco. Me levanto para arrancar algunos matojos de tomillo. Me froto con ellos las manos y con ese olor masajeo las piernas cansadas de mi mujer. Luego encuentro mirto, tomo unas hojas, las estrujo y continúo masajeando. Sonríe de nuevo. No hay nadie alrededor ni se escuchan voces ni pasos por el sendero. Tampoco el revoloteo espantado de los pájaros anuncia la presencia de excursionistas. Recuerdo con cierta angustia que aquella vez remota, cuando subí hasta aquí con mi malhadada novia, hicimos el amor y también escondimos el preservativo bajo una piedra. Tal vez aún esté ahí tras veinte años de heladas. Siento asco y necesidad de exorcizar aquello, como si el lugar tuviese que ser purificado ante la presencia de los sacerdotes mudos, los animales que acechan desde la umbría del bosque, el águila allá arriba, las hormigas que, seguramente, empiezan ya a desmenuzar las pieles de las naranjas. Olisqueo sus piernas. Huelen a todo lo grande que el mundo bondadoso nos depara. La gloria debe ser algo así. Reposamos ahítos de todo, de comer, de respirar, de aromarnos. Empiezo a tocarla, la deseo. Me besa. La acarono. El águila sigue ahí, nuestro público. El sabor de las berenjenas se mezcla con el amargor ácido de la naranja y ambos paladares están también en la boca de ella. He confiado en que sea ella misma quien haga el gesto de quitarse el pantalón, de liberar el mío, de acariciarme y descender en sus besos. No es así y la negativa es tan redonda como los troncos cetrinos de las hayas que nos rodean. Le da vergüenza, puede aparecer alguien. No le hablo de la otra ni de mi necesidad de exorcismo, de sanear aquel lugar, pero sí le hablo de mi deseo, de mi urgencia, de mi amor. También le hablo del suyo, de su amor, de su deseo que estoy seguro siente asimismo. Le propongo adentrarnos en el bosque. Me digo que mientras no perdamos de vista el calvero, también el acto servirá como desencantamiento. No quiere. Puede aparecer alguien. Puede aparecer alguien. En el descenso hacia el coche, el bosque va oscureciéndose como debe oscurecerse el alma al acercarse la muerte.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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3 respuestas a Cuento escrito para ser leído en un jolgorio

  1. Magnífico relato, Miguel
    Lo de los finales felices… ¿qué? Si es que no aprendemos…
    Un abrazo.

  2. sisco manchon dijo:

    Amic Miquel, ni que fos pedra o herba no deixaria de emocionarme i de sentirme dins del conte. El final com te de ser !!! Com gairebé tots els finals, amb aquell punt……… Una abraçada molt gran !!!!!

  3. Nicolás Sánchez dijo:

    Es un regalo sensual para todos los sentidos. ¡Bravo, Miguel!

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