Ursus accitanus

Latinajo va, latinajo viene. Oso accitano, por supuesto, no hojeéis el ajado diccionario de latín. Pocos osos conozco personalmente, en cambio, accitanos sí conozco algunos porque viví en aquella ciudad enterrada en una olla de tierra de aluvión durante nueve años. Respecto a los osos, ¿sabéis?, pueden ser capaces de dar zarpazos tiernos como la palmada de un amigo y abrazos cordiales y mucho más bondadosos que la mayoría de los políticos y que casi todos los banqueros. Incluso, os lo puedo asegurar, hay osos que escriben poesía entre abrazo y abrazo. Y no contentos con ello, encima lo hacen bien. Miguel Ángel Contreras, accitano de pro y por ende nacido en Guadix de toda la vida, me saca una cabeza, en todos los sentidos de la frase, y además, es mucho más ancho que yo. Cuando me da uno de sus abrazos, me pierdo en su inmensidad y siempre se me mueven y manchan las gafas contra los párpados, requiriendo enseguida una de esas servilletas de bar para remediar el desaguisado. Miguel Ángel Contreras ha publicado un libro de poemas en Bartleby Ediciones.

Poemas cortos, de no más de veinte versos, simples pinceladas de un mundo que él siente. Pero ¡qué pinceladas! Eso de las pinceladas siempre es de agradecer porque no agobian con prolijas imágenes y ritmos desaforados o rimas incontestables, sino que ofrecen diminutas referencias a ese mundo del cual la responsabilidad de completarlo es del lector. Tiene el libro dos partes, una, En el desierto y otra, Variaciones en la piedra, con veinte poemas cada una. Por supuesto no es una amalgama de poemas mal unidos sino un todo, uno de esos libros donde, sin llegar a contarse una historia porque ese es el ámbito de la narrativa, sí la unidad de intención obliga a leerlo de un tirón, aunque luego se vuelva sobre él con el deleite del enamorado.

Desierto es donde no hay personas. Una ciudad pobladísima, la salida de un metro o un autobús en su parada, el acceso a un espectáculo masivo pueden ser ejemplos de esos desiertos donde apenas hay personas, sólo gente. La búsqueda, con todo, aun siendo de personas, de ese no hipócrita lector, del ser que se acerca con interés sólo humano, la búsqueda es también de la amada, de la amada ya conocida y a la que es preciso reencontrar porque la vida es albur, el cruce casual en millas de desierto. “La vida también es/ aprender a rendirse”, dice. También. Ese también es definitivo porque si la vida es lucha, por supuesto, aprender a rendirse, aunque uno no llegue a rendirse jamás sino en la póstuma hora, al menos habrá que aprender a hacerlo. Desierto que Miguel Ángel (me resisto a llamarle por el apellido) nos señala y nos demuestra, más que nos muestra, que en él vivimos. Con pocas palabras, porque no hace falta extenderse. Incluso a veces, con algo que recuerda el aforismo o el haiku sin llegar a caer entre la muchedumbre de los 100000 vulgares “haikumakers”.

Variaciones suena, como es de esperar, a música, a tomar un tema y agotarlo. ¿Cuál es aquí el tema? Hay varios: el viaje, de nuevo el desierto multitudinario, el mundo como materia, la amada y sus encuentros. Es curioso porque de la repetida lectura se obtienen datos que son sorpresas, deslumbramientos: seguro que de esto ni siquiera el autor es consciente, pero ambas partes tienen un centro, un centro que, como en el círculo imposible, está en todos los lugares. En ambas partes, el centro está aproximadamente en mitad de la serie de veinte poemas que cada una tiene, y es un centro descriptivo que no geométrico, naturalmente. El poema numerado XI, Yo también fui como vosotros, es el de la primera, y en la segunda, el centro está en el poema XXXII, El escultor, en el cual la materia se resiste a mostrarse y la tarea del artista es entresacar de lo burdo la belleza, mientras en Yo también fui como vosotros, el grito es contra la esclavitud, contra los condicionantes que aherrojan al poeta. Pero dos centros necesitan un remate y ese está en el último poema, Declaración de principios, exabrupto bello como un amanecer en el que Miguel Ángel nos asegura que “lo mejor siempre está por llegar”, optimismo muy adecuado a su categoría ursina, a esos abrazos potentes y tiernos que prodiga a sus amigos.

¡Pero diablos!, tanto hablar del libro en cuestión y, ¿os habéis dado cuenta?, no he dicho el título. Hereditario y mundialmente conocido despiste. El poemario se llama Libro de precisiones. ¿Qué se trata de precisar? Bueno, sabéis que según el principio de Indeterminación de Heisenberg en la física cuántica, de una partícula puede decirse que va a tal velocidad pero no qué posición ocupa, y a la inversa, si se determina qué posición ocupa no puede saberse a qué velocidad va. A Miguel Ángel se le ha clasificado entre los de la estética cuántica, y es verdad que tiene buenos amigos entre esos tendenciosos, pero, ¿clasificar a un oso? ¡Puede hacerse con una mariposa, clavarla con alfileres!, pero ¿habéis intentado alguna vez clavar con alfileres a un oso?, os puedo garantizar que os acordaríais de por vida de la paliza. Miguel Ángel es de los ni dieu ni maître, hace lo que cree que tiene que hacer sin encasillamientos. Claro lo dice, respecto al título me refiero, en el poema XIX: “Precisión/ es todo lo contrario a incertidumbre”. Porque de sí mismo, el sujeto del poema, define su posición ante el desierto y la muchedumbre, y su velocidad en la quête de la vida en su más amplio sentido. Respecto al destinatario del poema es el lector que debería no ser hipócrita, el lector cómplice, el que no lee como quien mira de reojo, ese tú a quien quiere involucrar, abrazar. Con abrazo de oso.

Libro-placer, libro-desvelamiento. Y eso sí lo tiene Bartleby Editores, que distribuye bien, así que podéis encontrarlo en Barcelona, en Madrid, en Valladolid, en Valencia, Oviedo, La Coruña o Ciudad Real y hasta en Granada. Otros somos más desgraciados al respecto. No os quedéis en esta reseña, empañado reflejo de lo que es el libro. Conseguidlo. Ponedlo en la mesita de noche. Leed un par de poemas tras haber hecho esa lectura del tirón, sonreíd y giraos hacia la persona que os acompaña, quizá desde hace años, en el lecho. Y amad. A lo oso.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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Una respuesta a Ursus accitanus

  1. Nicoás dijo:

    ¡Fabuloso final al comentario del libro de poemas!

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