Jünger, su Tempestades de acero, el aburguesamiento y la publicidad.

Portada de Tempestades de acero, de Ernst Jünger

Quienes leéis este blog mío conoceréis mi devoción por Ernst Jünger, aquel alemán a quien se le acusó y acusa de nazi aunque se equivocaron de insulto porque deberían haberle tratado de lúcido. El nazismo es una majadería asesina, y Jünger fue aristocrático y conservador políticamente, no nazi. De hecho, cuando se publicó Sobre los acantilados del mármol, el libro sentó tan mal a las autoridades, y especialmente a Goebbels, que fue retirado y prohibido poco después de su publicación, aunque ya circulaban por el país 250000 ejemplares. Es cierto que Jünger nunca fue marxista; también lo es, y ya lo he dicho, que fue conservador, pero no nazi, aun en el caso de que, en un principio, pudiera entusiasmarse con las propuestas salvapatrias de Hitler, Himmler, Goering o Hess, debilidad de la que se puede acusar aun a los más fuertes; recordemos el caso Günther Grass. Tal vez los marxistas no perdonan a quien se sitúa fuera de su fe o se declara hereje respecto a la ortodoxia oficialista, pero eso no es excusa para que los demás les creamos a pies juntillas: a fin de cuentas, el problema nunca es del que engaña, sino del que se deja engañar.

Íntimo amigo del periodista, ese sí marxista, Ernst Niekisch, judío para más inri, lo defendió siempre y lo protegió estando el otro en un campo de exterminio. De hecho, Niekisch sobrevivió, muriendo en 1967. O aquella ocasión en la que siendo jefe de la censura militar de las fuerzas de ocupación en París, un amigo francés le comentó que había decidido pasar a la clandestinidad (es decir, a la resistencia), y el capitán Jünger le contestó que él, en su caso, haría lo mismo. Evidentemente no lo mandó detener. Pero no estoy escribiendo para justificarle o para demostrar nada, bastaría con leer sus libros y ver qué pensaba de veras, sin cristales oscurecedores.

Jünger es más genial cuando reflexiona, cuando plantifica en el papel esas frases lapidarias tan aforísticas, tan cercanas en la forma a Lichtenberg, que cuando narra, aunque desde luego sus ficciones no son en absoluto desdeñables: Eumeswil, Heliopolis, Un encuentro peligroso, El tirachinas, Visita a Godenholm o El problema de Aladino son novelas notables, pero lo son sobre todo por lo que tienen de reflexión sobre la condición social humana.

Sus diarios cumplen esa función porque hablan de sus vivencias, sus amistades, sus opiniones. Sin dudarlo afirmaría que los mejores son Radiaciones y Pasados los 70, cuanto menos de los traducidos al español pues el resto, por desgracia, no los conozco. Tempestades de acero es, en realidad, un diario, aunque no adopte esa forma pues Jünger fue tomando notas durante el conflicto de 1914-18, y finalizada la guerra reelaboró esas notas y construyó un libro que se publicó en 1920 y tuvo, en su momento, un gran éxito. Con todo, y dado que a su publicación él no tenía más que 25 años, en las sucesivas reediciones fue trabajándolo y retocándolo hasta que tuvo la forma canónica, que es la traducida al español y publicada por Tusquets.

Trincheras inglesas, exactamente iguales a las alemanas

No magnifica las aburridas horas en las trincheras ni embellece sus horrores y miserias, pero tal vez hoy nos suene a juegos de marcianitos cuando ya disfrutamos de jueguecitos en 3D. Con todo, sus perlas, sus reflexiones, están ahí brillantes como gotas de lluvia limpia.

Por ejemplo: “En la guerra he aspirado siempre a contemplar sin odio al adversario, a apreciarlo como hombre de acuerdo con su valor. Me he esforzado en buscarlo en la lucha para matarlo y no he esperado de él otra cosa. Pero nunca he pensado que fuera un ser vil. Cuando más tarde cayeron en mis manos prisioneros, me sentí responsable de su seguridad y procuré hacer por ellos todo lo que estaba a mi alcance”. Lo bueno del caso es que estas no son buenas palabritas de un hombre que luego actuó de forma opuesta sino verdaderas expresiones de una mentalidad que ya en aquella primera gran guerra empezaba a estar pasada de moda. Durante la segunda, el asunto llegó a extremos inauditos porque se habían convertido las ideologías, las éticas personales y comunes en pura y dura publicidad, en un mundo donde lo importante es, justo, despreciar al contrario, considerarlo una alimaña para que matarlo sea, no una obligación que impone el Estado sino algo absolutamente necesario para la higiene social e histórica. Lo que Jünger sentía y que se hundió en esa segunda conflagración europea, fue esa caballerosidad de la que habló Jean Renoir en la imprescindible película La gran ilusión.

Las guerras nunca han sido hermosas ni heroicas ni románticas, ni siquiera nuestra vandálica guerra incivil se mire desde el lado que se mire, aunque esa guerra estuvo muy influida por ese nuevo estilo propagandístico, mercadotécnico. Pero sí es cierto que lo poco que pudieron tener de aquello, lo fueron perdiendo hasta su total desaparición durante este siglo pasado. Lo malo es que eso no las hará ni menos apetecibles para algunos, ni nos ayudará en absoluto a librarnos de ellas, porque la fuerza de la publicidad es hoy tan grande que muchos matarían a mansalva y en serie para eliminar a la sabandija en que hemos convertido a nuestro opositor. Esa violencia puede verse hoy en nuestras calles, aunque aún pase desapercibida.

Jünger se sorprende, por ejemplo, de que un avión de la escuadrilla de von Richtofen, el Barón Rojo, derribase un globo cautivo de los que se utilizaban para vigilar los movimientos de las trincheras enemigas, y al ver a los vigías lanzarse en paracaídas, volviese para ametrallarlos en su caída. Se sorprende y lo censura, claro. Independientemente de que aquellos hombres tuvieran, con toda probabilidad, una información valiosa que transmitir y a los nuestros les beneficiaba que no lo hicieran, al caído se le debe proteger, no rematarlo. Esa es la mentalidad Jünger, la opinión antigua, la moderna y actual es la contraria. De eso se queja el autor.

Sin embargo, la escena que más me interesó está integrada en un librito independiente de Tempestades de acero, aunque añadido en esta edición de Tusquets, llamado El bosquecillo 125, que se sitúa al final del libro, casi como una propina, y que narra la defensa y pérdida final de esta posición de avanzada dentro de las líneas enemigas. Abarca, así, un mes de guerra ya muy avanzado el año 18, mientras Tempestades de acero se ocupa de los cuatro años completos de beligerancia. El libro tiene más de lo mismo: trincheras, gripe española, granadas, mantenimiento heroico de posiciones insostenibles, golpes de mano y schrapnels, malvadísimas granadas cargadas de perdigones y que explotaban en el aire, recordatorias de las hoy llamadas bombas de racimo, aunque con algunas diferencias, consistentes, por supuesto, en que hoy tienen más mala saña. Pero hay un capítulo (pág. 360 y sig.) en el que Jünger, de descanso en su labor de refuerzo y relevo de la unidad destinada en ese bosque, es invitado a Achiet por unos aviadores, pues uno de ellos fue su compañero de estudios. La descripción de la francachela es reducida, en tanto la descripción de la manera de ser de esos aviadores es extensa y pormenorizada. Ellos “dominan su avión como el australiano domina su bumerán”. Eso le sorprende porque la máquina y el progresivo dominio que ésta tiene en la vida humana, siempre sorprendieron e hicieron reflexionar a Jünger. “Jamás estuvieron aguardando a los guerreros unos corceles más fogosos que éstos. Pero no es suficiente con que el espíritu se obligue a sí mismo a domarlos; si no percibe con placer y euforia su voz de trueno, el espíritu sucumbirá”, y desde luego no se refiere al espíritu individual de cada uno de ellos sino al espíritu común, al weltgeist, a la idea que rige toda una época. Ellos se enfrentan con iguales, otros aviadores idénticos a ellos pero enemigos, mas ya no se enfrentan dependiendo de sí mismos y, como mucho, de sus caballos, sino acatando a máquinas cuyo funcionamiento es propio y, a menudo, independiente de la voluntad humana. Hoy se investiga el envío de bombarderos sin piloto que sueltan su carga comandados desde una oficina y una pantalla de ordenador. Es el súmmum de la muerte a distancia, sin comprometerse. A ese horror no le va a la zaga el de “yo me mato matándote”. Es también el súmmum del tratamiento burgués de la vida: todo es seguro (para mí, naturalmente), me hago seguros de vida, seguros de accidente, seguros de enfermedad, quiero seguridad total para mis hijos mientras no están bajo mi vigilancia (cuando lo están me es indiferente lo que les ocurra, o me lamento cuando es demasiado tarde), quiero la seguridad absoluta de que el médico me salvará la vida, exijo seguridad de que tendré la verdad en todo (y por eso mismo, todos me engañan: Estado, Bancos, Empresas, Proveedores, etc.), reclamo seguridad en los viajes, por muy aventureros que éstos puedan parecer, demando guerras seguras, sin muertos, inmaculadas, burguésmente limpias. Contra ese espíritu burgués luchó Jünger desde el conservadurismo, denunciando cómo el mundo cambiaba y no precisamente para mejor, aunque sí para más moderno y de una forma inevitable; Jünger nunca se planteó intervenir activamente en detener ese proceso, simplemente lo señaló como el maestro señala con un puntero dónde para Chequia en el mapa europeo. Los nazis sí trataron de intervenir desde una revolución nacionalsocialista, y los soviéticos desde la revolución comunista. Mientras tanto, con paciencia y casi fatalismo islámico, el espíritu burgués ha ido viendo durante el siglo XX cómo sus planteamientos se asentaban de tal manera que ya no hay quien se le enfrente de forma radical, es decir por la raíz: sólo piénsese en que todos los antisistema tienen móvil y ADSL. Y esta opinión que acabo de emitir no es mía, que conste, sino del propio Jünger en su libro La emboscadura, si no recuerdo mal, aunque él lo dice refiriéndose al contrato con una compañía eléctrica. ¡Cuidado!, no aseguro que eso sea totalmente malo. Sobre todo, contemplando los enemigos que el aburguesamiento o la burguesía han tenido, igual resulta ser, a la postre, muy positiva. Sólo señalo, como hacía Jünger, porque lo que lo que no debería ser aceptable, sería quejarse de ser como somos pero chapotear en ello como marranos en charco.

Prisioneros. ¡Qué guerra más sucia!

Ese conservadurismo, esa exigencia de seguridad puede pensarse como muy femenina. Yo sé que muchos de vosotros habéis estado tentados de apedrearme cuando digo estas cosas, incluso me consta que algunos pasan directamente a spam mi blog o lo borran de su bandeja de entrada sin leer, temiéndose estas salidas de tono mías, estas extravagancias tan, tan heterodoxas, pero como peor considerado no puedo estar, lógicamente, y siguiendo la filosofía del protagonista de El violinista en el tejado, tengo que estar mejor. Me explico. El ser humano es en parte racional, ético y tendente a posturas filosóficas/científicas, y en parte irracional, instintivo. De idéntica manera que el macho tiene propensión a ir por ahí distribuyendo su herencia genética, la hembra (perdonadme porque tratar de machos a los hombres es normal, pero tratar de hembras a las mujeres es como escupir al paso del Santo Viático) la tiene a proteger la camada, además de concebirla de la mayor calidad biológica posible. Por eso, el aburguesamiento favorece esa protección, esa conservación. Con todo, también es cierto que hoy pueden encontrarse especímenes de hombre (yo mismo, seguro) altamente femeninos (y digo esto porque, también, se ha considerado en los últimos tiempos un aspecto del cambio humano muy positivo), de modo que habría que achacar parte del aburguesamiento al lado femenino del ser humano, no sólo a las mujeres, por supuesto. De todas maneras, si me habéis de tirar frutas, hacedlo con tomates, aunque estén podridos: no esperéis al tiempo de las sandías. Claro, luego están las posturas en las que determinadas ideólogas aseguran que la forma de salirse de ahí es negarse a parir. Lo que no dicen nada es de cómo se mantendrá, en tal caso, la especie. Pensemos que, no mantenerla es muy antiburgués porque en tal caso, ¿quién conservará en funcionamiento los múltiples gadgets que los humanos usamos, para que se entretengan esos últimos que queden sobre la tierra? Otrosí: ¿no había yo mostrado (que no demostrado) antes que el aburguesamiento, en cierta forma, no es tan negativo como nos pueda parecer?, luego las mujeres no deberían ofendérseme porque estoy adjudicándoles una aportación bondadosa para la humanidad. Pero eso sí, no nos quejemos de ser unos burguesitos.

“También es preciso señalar que no necesitan, para poder luchar, ese estímulo de baja categoría que es el odio. Incluso existe entre ellos y el adversario una especie de comunidad que tiende un puente por encima de los frentes trazados en la tierra…”, continúa hablando Jünger de esos aviadores. Y lo dice como quien, sientiéndose súbitamente enfermo, recuerda cómo minutos antes era capaz de saltar, correr y bailar, comer con hambre canina, beber como una esponja o hacer el amor hasta hacer caer desfallecida a la otra persona. Es una realidad que agoniza porque mañana mismo, si no hoy ya, la propaganda, la mercadotecnia ha empezado su labor de zapa y el enemigo siempre será un ser deleznable que trata de arrebatarte todo lo tuyo, tus ideas, tus fes, tus posesiones.

Oficiales jugando a las cartas. ¡Qué guerra más limpia!

Decía Lukács que para entender la historia del XIX y el reinado burgués de Louis Philippe (cito de memoria, de modo que tampoco estoy absolutamente seguro de que se refiriese a ese rey; de todas maneras, eso de la seguridad es tan burgués…) no había que leerse a los historiadores sino a Balzac. Jünger tiene idéntica utilidad, pero no lo reduzcáis a un pensador sobre las guerras porque no es así. Leed sus novelas que antes he mencionado, sus diarios, interesantísimos, sus obras de reflexión como La emboscadura, La paz, la tijera, Sobre el dolor, Esgrafiados, Acercamientos, El libro del reloj de arena, y también, por supuesto, si queréis arriesgaros a que los ortodoxos os tachen de lo peor, pues el libro está en todos los índices de los izquierdosos y progres de medio pelo que en el mundo han sido, también leeros El trabajador. Dejad para el último Tempestades de acero. Os satisfará más si habéis leído todo lo anterior. Es una opinión.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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8 respuestas a Jünger, su Tempestades de acero, el aburguesamiento y la publicidad.

  1. pere casanovas baques dijo:

    ….recuerdo una admirable anécdota de tu padre con un prisionero como ejemplo de lo absurdo de las situaciones en que nos vemos abocados de manera no deseada ni buscada….vaya tela…!

    • Creo recordar que la anécdota fue la siguiente: capturaron un prisionero; mi padre, como trofeo de guerra, se quedó con el yugo y las flechas bordadas en la camisa, que recortó de ella con unas tijeras y se guardó en la cartera. Llegó a Barcelona con permiso coincidiendo con los hechos de mayo del 37. Cuando se dirigía a su casa, en la calle Camposagrado, lo detuvo un tipo que estaba en una barricada y le pidió la documentación. De la cartera emergió, como un fantasmón, el recorte con el yugo y las flechas y el otro estuvo a punto de apiolarlo allí mismo. Lo gracioso es que, cuando se aclaró la cosa, al comprobar que mi padre era combatiente, y encima voluntario, el otro escupió al suelo al verle el carné de UGT, a lo que respondió mi padre escupiendo a su vez al suelo al preguntarle si él era de CNT y responderle el otro que, en efecto. Allí fue Troya, porque mi padre, indignado, le recriminó que llevara pistola cuando su teniente (en mi novela Lejos de toda esa gente con ideas, es el teniente Don Gil de Alcalá; curiosamente he olvidado el nombre, también relacionado con una zarzuela, que tenía en realidad), en el frente, carecía de ella. Esos detalles de valor se dan cuando ya está uno hasta los huevos y apenas tiene nada que perder si no es la poca vida que, piensa, le puede quedar.

  2. GART dijo:

    Ya sabes lo que decía Perec en “Qué pequeño ciclomotor con el manillar cromado al fondo del patio”. No te lo voy a repetir. Yo pienso sinceramente que para la guerra sobran los epítetos. No hay guerra sucia porque la guerra siempre lo es. Sobre todo desde el momento en que empezamos a entender las razones que impulsan a declarar las contiendas. La guerra es una cosa ideada por unos cuantos para que se maten otros muchos. No hay nada de glorioso ni de hermoso en las guerras. Pero sí hay seres humanos y distinciones éticas entre unos y otros. Eso no les libra del juego de matar y morir porque alguien lo quiso así.
    T.H. Agapito dijo: “Lo bonito de la guerra es verla en diferido”. Pues eso.

    • Lo de T. H. Agapito, genial, como de hábito. Pero date cuenta que hablo más de publicidad que de guerras. Cuando la propaganda sustituye a las cosas se da el caso del engaño colectivo, y eso es nefasto. Las guerras, hoy, están pasadas de moda, pero espera a que la publicidad las ponga de nuevo al día. Lo malo es que entonces, estaremos tan habituados a creer a pies juntillas a esa publicidad, que iremos gustosos, y más aún todos los que hoy se declaran pacifistas sin saber bien qué cosa es eso.

      • gart dijo:

        Las guerras nacieron antes que la propaganda y seguirán después de ella. En la película “La batalla de Ancio” el personaje interpetado por Robert Mitchum llega al final a la conclusión de que las guerras existen porque al ser humano le gusta matar a sus semejantes, y por tanto, en el único contexto donde la muerte se puede administrar de forma legal, e incluso caballeresca (si es que alguna vez los caballeros tuvieron algo parecido a la ética) es en la guerra.
        Einstein creía firmemente que los ejércitos nunca han supuesto nada positivo para la humanidad y que (sic) el militar tiene la cabeza exclusivamente para sujetar la gorra. Lo decía don Alberto Unapiedra y yo me limito a citar. T.H. Agapito hizo y escribió muchas cosas tontas en su vida, pero nunca se dejó llevar a una batalla.

  3. Querido José Luis, no habrá un después de la publicidad. El afán de engañar y creer se extiende como la sarna, dijo Céline. Engañar es mucho más grato aún que matar. La publicidad es el complemento ideal de las guerras y viceversa. Con todo, sí es cierto que las guerras se han acabado: lo siguiente es el terrorismo, es una forma de matar aún mejor, porque de tu lado no hay heridos, sólo muertos. El terrorista suicida no sufre, sólo revienta. Y el otro… pues ya sabes. Las guerras no desaparecerán nunca, cierto, al menos en el sentido de matar legalmente, pero ¿qué es lo que da la legalidad?: la publcidad.

  4. Fernando Adolfo dijo:

    No sé si realmente la guerra sea tan mala como la pintan. Para mi es una manifestación del ser humano tanto o más válida que el amor incluso. Antiguas civilizaciones tenían en una sola deidad ambos conceptos unidos, ententdendo que la existencia está basada en la comunión de los opuestos o tal vez en la eterna alimentación, el núcleo más los suplementos. No se puede negar ni menos esperar que la guerra desaparezca, así como tampoco desaparecerá la pobreza ni la injusticia, sin embargo, no pongo estos conceptos en la misma categoría.

    La vida misma es una guerra por sobrevivir, la guerra entre naciones no es más que la versión “tamaño familiar” de este proceso que es constante y termina solo con la muerte.

    Excelente blog, soy un lector de Jünger y es una sorpresa encontrar algo así en internet. Saludos desde Chile

    • Amigo Fernando Adolfo, un saludo hacia Chile, siempre pensando en que ser español es una forma de ser chileno. En efecto, las guerras son fenómenos inherentes al hombre, pero también lo es el asesinato y los Estados tienen leyes que lo reprimen y castigan. Tal vez no nos libraremos nunca de las guerras ni de los asesinatos, pero eso no quita que haya que intentarlo porque en las guerras quienes lo pasan peor son los que mueren en ellas. Además, nadie como los generales para amar las rosas, como dijo Louis Ferdinand Céline. La vida es una guerra por sobrevivir, e intentamos que sea lo más incruenta posible. Exorcismo de la agresión es el insulto, y también es cierto que nos hemos vuelto tan delicados que tampoco aguantamos el insulto, pero hay que reconocer que es mejor que la agresión. Con todo, es posible que hayamos encontrado el método para evitar las guerras, o cuanto menos para dejarlas como algo marginal: no hay sino analizar el sistema mundial hoy: el muy denostado capitalismo actual, la globalización y toda la parafernalia que lo acompaña, quizá resulte que haya sustituido el sempiterno deseo agresor por la compulsión consumista. Prefiero un bofetón a una patada en las partes, y una patada en las partes a un tiro en la frente, ¿usted no?

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