Nicanor Parra e Ida Vitale

Ida Vitale

Cierta noche de hará, tal vez, 4 o 5 años (a quienes superamos cierta edad, el tiempo pasado desde un acontecimiento, si tiene una importancia media, no trascedentalísima, se alarga o encoge como una goma elástica) llegué a la Tertulia del Salón de Granada, cuando aún se celebraba en el ensanche de la calle Don Simeón, en el bar El Sitio del Salón y cuando éste aún pertenecía a Juan, filósofo-empresario que tuvo la enorme desgracia de no morir en su cama y que siempre nos acogió con agrado. Era, acaso, finales del verano, y nos sentábamos en la terraza, bajo dos enormes árboles que más de una vez provocaron la alergia de algunos contertulios, entre otros yo mismo. De espaldas a mi llegada desde el Paseo del Salón vi una pareja desconocida. Me senté junto a la señora por la simple razón de que había una silla libre. De inmediato, Gregorio Morales me presentó: se trataba de una insigne poeta uruguaya que había venido a Granada a dar un recital del que yo no me había enterado. De inmediato se me pusieron los ojos como platos porque, por la nacionalidad y los años deduje que tenía que ser Ida Vitale. Luego también supe que no podía ser otra persona por la vitalidad, como su propio apellido indica, que derrochaba y espero siga derrochando a sus ochenta y muchos (nació en el 23). La saludé y le dije que teníamos amigos comunes y que ella había publicado en la misma editorial madrileña que yo. Fue entonces a ella a quien se le pusieron los ojos como platos. “¡Con Lola Escudero!, ¡vos sos…!” No recordaba, como es natural, mi nombre pero de inmediato supo quién era yo y evocó el tema y elogió la calidad de El Árbol, mi libro de poemas en prosa publicado en Adamaramada, la misma editorial en la que ella había publicado poco antes El ABC de Byobu, un maravilloso librito con apariencia infantil pero nada que ver. Me presentó a Enrique, su marido, y estuvimos charlando así como un par de horas si sumamos todos los instantes en los que la conversación entre ella y yo se mantuvo con un entusiasmo vital muchísimo más atribuible a ella que a mí. Me ponía a menudo la mano sobre el brazo, con esa familiaridad que muchas mujeres mayores saben permitirse, aunque estoy convencido de que ella lo hubiera hecho desde cumplido un añito y sus primeros balbuceos, incluyendo su adolescencia y la juventud tentadora y bella. Me contó tantas cosas… Luego, por charla telefónica con Lola Escudero, me enteré de que en Salobreña, pueblo que quienquiera lo conozca sabe de sus potentísimas cuestas que derrotaron a más de un caminador nato y a más de una furgoneta asmática (como dice Álvaro Mutis de todos los motores de barco), Ida, acompañada de una periodista local de unos 40 años, la dejaba atrás en su ascensión hasta el castillo y se giraba de vez en cuando para quedársela mirando con esa sorna tan conosur, tan Cortázar.

Me encuentro hoy con un artículo de Ida en la revista Letras Libres de Enero (puede leerse en la página web de la revista) que es homenaje a Nicanor Parra tras la concesión del premio Cervantes al poeta (o antipoeta) chileno. Habla de su poesía y antipoesía, del descubrimiento de su obra en sus primeras lecturas, pero también cuenta algunas anécdotas como corresponde a persona vitalista que, si en algún momento habla en teoría es para, de inmediato, volver a la realidad, a la humanidad, a la piel y a las palabras, como hizo en aquel encuentro que con ella tuve en Granada en el cual, entre muchas cosas, me contó de Alcira Soust Scaffo, una poeta uruguaya que pasó en 1968 ocho días encerrada en el baño de un edificio universitario en México tras la matanza de Tlatelolco.

Nicanor Parra afirmando

La historieta que me ha llamado tanto la atención como para reflejarla aquí es la siguiente: recién vuelta la democracia a Uruguay, tras la nefasta dictadura militar que tanto desapareció y torturó como otras asimismo conocidas, es decir en los primeros años de la década de los 80, Enrique, su marido y también poeta, es nombrado Director de la Biblioteca Nacional. Llegan a Uruguay varios poetas para celebrar aquel advenimiento de la democracia, entre ellos, Octavio Paz y Nicanor Parra. Se hacen recitales. En uno de ellos, el poeta más afamado de Cuba, no sé si Nicolás Guillén o algún otro “adepto al Régimen” porque Ida no lo especifica, reúne a tantos oyentes que tienen que llevarlo a la sala más grande, donde nada más empezada la lectura se escuchan los gritos típicos. Nicanor Parra, más prudente, es escuchado por menos número de personal en una sala más pequeña. Desde esa sala se oyen los aplausos y los eslóganes prescriptivos (es famoso aquel chiste de “socialismo o muerte”, “¡ah!, haber elegido muerte”). Acabado el recital de Parra, que no es en absoluto sospechoso de simpatías con regímenes dictatoriales, y cuando los asistentes se disponían a golpear sus palmas en ese emotivo reconocimiento llamado aplauso, Parra, muy serio, exclama “la derecha y la izquierda unida, jamás serán vencidas”. Al parecer, más de uno cruzó sus palmas sin ruido al no saber bien qué hacer, abortando en el aire el golpeteo, alguno se avergonzó de estar allí y algún otro, sin comprender una papa de las palabras de Parra, sonreía estúpidamente, mueca de carrillos que todos hacemos cuando nos sentimos atrapados en nuestra propia majadería.

Puede que Parra dijera eso con cachondeo, con esa ironía o sarcasmo tan apropiada a la impotencia ante el poder más salvaje. Puede que lo dijese refiriéndose a que todos los extremeños se tocan, es decir que las extremas izquierdas en dictadura y las extremas derechas en dictadura son equivalentes, aunque tiendo a creer que Parra es lo suficiente inteligente para saber que las dictaduras no son de derechas ni de izquierdas, las dictaduras son simplemente dictaduras. Quiero creer que sus palabras tenían el siguiente sentido: la democracia es un juego de influencias en unos u otros, de satisfacer unas opiniones u otras, pero siempre dentro de un saber que, gobiernen unos o gobiernen otros, la democracia se mantiene por esas leyes marco, como las Constituciones (que si serán elásticas que contienen en sí mismas los procedimientos para su modificación) que nadie debe saltarse y sí complementar con la capacidad legislativa de unos u otros, que un gobierno democrático, sea del color que sea, no pone por ser quien es en peligro la democracia, a no ser, precisamente, que dinamite esas leyes marco, y que esas cosas se ven venir, como en Alemania se vio venir qué haría Hitler con la Constitución cuando accedió al poder como Canciller en el 33. Y que la garantía de mantenimiento de la democracia es justo ese acuerdo tácito entre derechas e izquierdas, conceptos que son siempre democráticos y nunca dictatoriales por lo anteriormente dicho. Tal vez hoy se nos ha olvidado que no tenemos alternativa a esta democracia, al menos alternativa hecha y escrita. Hay quien sueña con otra democracia pero no sabe cómo enfocarla, hay quien sueña con un sistema no democrático, siempre en el convencimiento de que él no pertenecerá a los fusilados. Porque siempre, siempre, siempre, cuando no hay democracia, hay fusilamientos. Y quizá haya quien no se percate de que o se fusila o se es fusilado, y no pertenecer a los fusilados implica pertenecer a los fusiladores, por muy pacifista que se sea. Yo soy de los que sin democracia seré siempre fusilado, por unos o por otros, qué más da, quizá por esa manía que tenemos algunos de no callar, aun corriendo el molesto pero no sangriento riesgo de que, equivocadamente por supuesto, nos llamen fascistas o rojos. Por eso defiendo la democracia y me gustaría defender esa frase de Nicanor Parra, que fue seguramente una cachondada pero que tiene hoy mucha aplicación: “La derecha y la izquierda unida jamás serán vencidas”. Sin olvidar nunca que uno de los asuntos que más en peligro pone la democracia es la corrupción, porque la gente (al menos los españoles, amantes todos de la picaresca y sin esa adustez honesta de los protestantes) se ríe mucho con quien se enriquece delictivamente cuando hay abundancia, pero no le hace ni pizca de gracia cuando escasean los medios, porque entonces nos acordamos de José María el Tempranillo y otros “gusticieros”.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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4 respuestas a Nicanor Parra e Ida Vitale

  1. Fernando de Villena me ha mandado un correo recordándome que no fue Gregorio Morales quien me presentó a Ida Vitale aquella noche sino él. Fallos de la memoria. Gracias, Fernando

  2. GART dijo:

    Nicanor Parra. De esas cosas buenas que la pasan al premio Cervantes.

  3. Estupendo artículo, Miguel, que he leído con sumo placer. Y oportuno. Existe precisamente ahora una reivindicación de la democracia por considerar que se ha perdido en Europa y sufrimos la dictadura de los mercados. La alternativa a la democracia es ser víctima o victimario. Pero no hay que olvidar nunca quién ostenta el poder y permite el juego democrático mientras no se perjudiquen sus intereses. No hay más sistema que ése. No se ha inventado otro distinto que no sea la dictadura. La Acracia sigue siendo una utopía.

    • Tampoco debemos olvidarnos, José Luis, que es lo que tiene el populismo: el sistema siempre cae en el mismo error: se toman unos compromisos con los votantes, cuando se acaba el dinero, en lugar de suspender esos compromisos, lo que costaría votos, se sigue dando pidiendo créditos y con la ayuda de esa tan despreciable banca, y luego la banca y el capital especulador los agarran de los mismísimos y ya no sueltan. Pero el populista consigue engañar al pueblo y hacerle creer que la culpa, siempre, es de los otros. Eso sí, tampoco debemos olvidar que el problema nunca es del que engaña sino del que se deja engañar. La Divina Acracia posee la maravilla de ser imposible, eso lo que la convierte en sacrosanta.

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