Primer capítulo de Ashaverus el libidinoso

Lo prometido es deuda. Dije que en la próxima entrada colocaría el primer capítulo de mi novela Ashaverus el libidinoso. Mentí a medias. Veréis, esta novela tiene dos temas, con dos protagonistas diferentes. El tema B, digamos, es un manuscrito encontrado (muy usado en literatura: Cervantes, Potocki, etc.) y trata de un judío nacido en 1931, año de las grandes matanzas y destrucciones de juderías en España, hostigadas las gentes por un fraile llamado Ferrán Martínez y también por el descontento por los impuestos excesivos, tanto en Castilla como sobre todo en Aragón, impuestos que se encargaban de cobrar los judíos, por orden de los reyes, porque eran excelentes administradores. Este Todros ben Virga llega a ser gran cabalista y médico. Como cabalista inventa una teoría herética para los judíos, teoría que descubriréis en cuanto pueda publicarse la novela (que lo dudo) y lleguéis a mitad de ella. Muchos la conocéis porque he hablado al respecto con quienes han tenido la paciencia de escucharme.

Me costó más documentarme que escribir esta novela, pues empecé a leer para enterarme de cosas en septiembre, más o menos, de 2010, la empecé a escribir o, dicho de otra forma, puse la primera frase del tema A, en marzo del 2011 y la acabé el 6 de enero de 2012. Esta mañana la he metido en el Registro de la Propiedad Intelectual, precaución que siempre tomo antes de enviarla a concursos, editoriales o demás parafernalias o, dicho con más propiedad, loterías. También me costó mucho asimilar algo el estilo en el que está contado este tema B, del que os mando la muestra del primer capítulo. Leí literatura del siglo XV: El caballero Zifar, Cárcel de amor, Amadís de Gaula, Libro de las virtuosas y claras mujeres, y por último El Corbacho. No está mal. A lo mejor el producto no ha merecido el esfuerzo. Eso no lo sabré hasta que alguien me lea. Además, una novela no es como un cuadro, que se ve de un vistazo y cuyos méritos o deméritos pueden ser dichos al autor de inmediato (suponiendo sinceridad al interlocutor, claro). Con la novela se tarda un tiempo. En fin, sin más preámbulos, aquí va ese primer capítulo del tema B, la historia de Todros ben Virga, rabí y físico.

Nacimiento y viaje a Egipto

Cuenta la historia de un mozo bravío nacido en la aljama de Valencia, en la era de mil y trescientos noventa y uno de la nacencia del falso Mesías Jesucristo, siendo papa de la iglesia cristiana el buen padre Benedicto XIII, curador de hebreos hasta que dejó de serlo, y quien en su nacimiento fue siervo del rey Alfonso el IV de Aragón, reino al que se acogió cuando hubo de huir de Aviñón y de Nápoles para acabar sus años en su castillo de la villa de Peñíscola bajo el manto del magnánimo rey Martín.

Cuenta que al mocoso, Todros de nombre, lo salvó una ama buena y el grito de sus padres pidiendo bautismo, cuando la chusma se vino a la dicha aljama para robar y asesinar a quienes ellos reputaban de matadores de Dios, aunque tal extremo les traía sin cuita y la sola ansia que los movía a herir, violar y matar era el robo. Pues el tal meón no estaba en edad de ser bravío sino sólo de bramar a pleno pulmón. Tiempos le llegarían mejores. Y también peores.

No era el llanto del bejín antojo sino apremio, terror pánico al sentir en derredor la saña y los gritos, cómo ardían las vigas de madera, se corría arrastrando de las barbas a los ancianos, se maltrataban las puertas hasta que cedían, se hincaban las cuchillas en las barrigas provocando ríos de sangre en quienes se aferraban a sus menorás de plata o a sus rollos de torá como si fueran tablas salvadoras en aquel mar feroz. Ni fue en vano su vagido porque, atacados por la morralla, quiso el buen Dios que aquella dueña lo escuchase así como el ruego de sus padres exigiendo bautismo para salvar la vida. Y el berrido del mozuelo superaba en agudeza a gritos, lamentos, amenazas, alaridos, voces y ululatos, de modo y forma que la buena matrona, robusta y garrida, detuvo al tropel, protegió a los judíos implorantes, dispuso con reciedumbre que con aquel trío se abstendrían de violencias, tomó a la criatura en sus brazos, cada uno de los cuales parecía cuna, y condujo con autoridad a los empavorecidos padres hasta la parroquia cercana de San Cucufate para que fueran catequizados y bautizados en el más breve plazo.

Y fue el caso que al ruidoso meón le entró hambre no más penetraron en el atrio, y allí fue que, tras aposentar a los padres en la nave, sentados y acurrucados al socaire de una de las columnas fieras y altas, a la espera del buen cura que debía estar a su vez participando en la behetría de la aljama, robando, para solaz de los pobres, claro está, cuanto oro, plata, piedras y telas finas pudiese agenciar, la comadre sacose un pecho, seco ya de leche aunque aún hermoso y ubérrimo en formas, para que el hombrecillo se entretuviese chupando el pezón. Y sucedió el milagro porque, ya fuese porque volvió a manar leche de la ubre, muerta desde al menos el tiempo de las segundas nupcias de su majestad el rey aragonés, fuese que el rapaz se sintiese a gusto con aquella prodigalidad mantecosa, lo cierto es que calló al momento y durmiose como si se hubiera saciado y ni tiempo hubiese tenido de echar el preceptivo regüeldo. Por milagro se tuvo el caso, que aquellos salteadores eran muy dados a inventarlos, y fue famoso en Valencia. Mas no fue el párroco quien los bautizase, sino que juntáronlos a todos quienes habían reclamado las aguas benditas y salvado la vida, y fueron cristianados con infinidad de cánticos y aleluyas por el famoso dominico Vicente Ferrer, que quiso recoger los lauros de su victoria sobre la incredulidad, ladeando la minucia de que los judíos bateados no fueron convencidos sino vencidos.

Todros ben Isaac ben Virga se llamaba el mamoncillo, pues su padre, don Isaac, físico y cirujano de profesión, estaba emparentado lejanamente con el gran rabino don Selomón aunque no había adquirido, como su pariente, la ciencia astrológica, acaso porque no le interesaba el futuro ni la noche sino el día y el hoy. La madre, doña Estruga, buena mujer aunque algo indecisa, fue quien, por defender la vida de su hijo, clamó por el bautismo cristiano a despecho de su marido, si bien éste también clamó al ver tan cercanas las cuchillas y alfanjes surgidos nadie sabía de dónde, o las simples piedras, tan amables en los campos y tan homicidas en manos ladronas. Recibió en el bautismo el nombre de Francisco de la Virgen, no se supo si por influencia de aquel ben Virgo, como entendieron los bautizadores, o porque sus padres se habían refugiado en la iglesia bajo una firme columna mas también bajo una imagen de la Virgen. Cuántas veces repitió en su vida el que fue meón en sus primeros años y luego se convirtió en mozo hermoso y alto, macizo, como si no perteneciera a la raza escuchimizada, encarrujada y nariguda, que el ancunia o apellido se lo pusieron pintiparado porque a él le gustaban mucho las vírgenes, aunque no hiciera ascos a ninguna otra. Aunque el chascarrillo preferido por cuantos le rodearon en su juventud, especialmente las mujeres, fue el talento del nombre Todros, pronto transformado en Tordos, por lo mucho que le complacían las aceitunas, fueran éstas negras, verdes, machacadas o pasas, manzanillas o gordales, cornezuelos o bravías, con albahaca, tomillo, hinojo, laurel o ñoras, con ajo o, sobre todo, mezcladas con un vino sabio y orondo.

Pesó en don Isaac ben Abraham ben Virga, bautizado ahora como Cucufato de la Virgen en honor al santo patrono de la parroquia donde hallaron, él y su familia, refugio conducidos por el ama doña Juana, pesó más el miedo que la costumbre. Sabido es que Valencia no era entonces una urbe y se conocían entre sí sus paisanos, pudiendo señalar éste o aquel los hábitos malos o buenos y los defectos o virtudes de este o esotro convecino, así como distinguir al momento a cualquier extranjero desembarcado o arribado a la villa por tierra.

Los antiguos correligionarios de la familia mirábanlos mal por haber transigido, aun reparando en que a su vez ellos también transigieron por la traición del bautismo. A su vez los cristianos los malquerían y sospechaban cualquier perfidia, sobre todo si por un casual los veían holgar en sábado. Sin embargo, no sólo procuraban cumplir con los deberes de la Iglesia como cabales fieles del crucificado sino que a ello eran forzados por doña Juana, fanática que les hacía comulgar, confesar y hasta recibir viáticos al más pequeño resfrío y quien, por supuesto, los hizo casar para que no vivieran en pecado, si es que fue pecar el engendramiento de aquel meón a quien tanto afecto tomó y que doña Estruga, bautizada ahora como doña María del Carmen, empezaba a ver como un peligro para su amor materno.

Así el miedo, haciendo vanguardias aquí y acullá, pues a pesar de su impecable comportamiento cristiano, Isaac y Estruga seguían fieles a Yahvé y a los mandamientos de la Torah y el Talmud, obligolos a marchar un día camino del interior, sin saber bien cuál sería el destino de su andadura.

Fue el caso que enfermó doña Juana. Para don Isaac o Cucufato, que así le llamaba ella para su vergüenza, el mal era evidente: humores espesos resultas de tanta grasa en las comidas. Recomendole abstención de ellas, cerdos y demás untos, asegurándole que una dieta de vegetales y frutas, con sólo algo de queso fresco y dos huevos por semana, bastaría para, no ya mejorarla sino para garantizarle la salva en un futuro de nuevos achaques. Se encalabrinó la dueña, convencida de que su mal no tenía esa causa y de que las palabras del antiguo judío venían inspiradas por su afán de conducirla a su vez a ella a la práctica atocinística de la grey maldita. De haber tenido más salud habría apaleado a sus protegidos, pero lo cierto es que ni fuerza tenía para poner orden en su hatajo de niñas con las que negociaba ofreciéndoselas a los marineros que de los mares venían. Postrada, minoró su vigilancia y así, pudo don Isaac disponer la marcha después de haber recuperado alguna cosa de las robadas en su casa, pues quiso el buen rey don Juan, y en su nombre el adelantado duque de Montblanch, que se reparasen los hurtos hechos en la judería, llenándose de objetos de plata y oro, ajuares de cocina, ropajes de casa y calle, objetos de latón o bronce y otras riquezas, toda la nave de una iglesia a tal efecto dispuesta. Con todo, lo que no pudieron arrebatarle a don Isaac y con él lo llevaba, fue su ciencia y a ella confió el futuro.

Salieron de noche, como malsines, situación que luego se repetiría innúmeras veces en la vida de Todros o Francisco. Montada doña Estruga en mula, con el bejín en brazos y disimulada su condición de judíos para andar por los caminos, pues así lo permitía, no sólo su nueva situación, sino el albalá real por el que se eximía a los deicidas de ostentar la rodela bermeja en los caminos para evitar asaltos y homicidios, caminaron primero hacia el interior y luego hacia el norte, pues les habían dicho que tal vez entre las llanadas del Aragón podrían encontrar pueblos tranquilos necesitados de cirujano, barbero y médico.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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6 respuestas a Primer capítulo de Ashaverus el libidinoso

  1. dios dijo:

    Mi tomate es un kumato de primera. Una observación, creo (me lo ha dicho un pajarito) que en Todros no nació en 1931. Por lo demás, recomiendo en primicia este elaboradísimo libro de gran Arnas.

  2. Evidentemente, nació en 1391. Un error. De haber nacido en 1931 y haber escapado al gaseo general, aún viviría, como T. H: Agapito Trasconejo, el ínclito, y además, teniendo en el 68 tan sólo 37 añitos, no habría necesitado tanta girimegia cabalística para echar un kiki.

  3. maritina dijo:

    mmmmm, intentaré

  4. maritina dijo:

    ¡Al fin!No puedo crerlo, he dejado de ser marginada, ¿Qué he hecho ahora, que no hiciera antes? En fin, cosas de la electrónica.
    Este primer trozo del capítulo dos verdaderamente promete. No debería decir me gusta mucho, pues temo que este genérico sonara a adulación lisonjera y trivial; el lenguaje es fresco, antiguo y nuevo a la vez, suenan a castellano antiguo y moderno, el ambiente está muy bien tratado -robos y matanzas en las juderias- también las referencias culinarias, te hacen apatecer las aceitunas. Hasta aquí no diré mas, falta por ver la descripción de los personajes y su sentimientos….Estoy espectante. Te admiro y te envidio a partes iguales. Mis abrazos y parabienes.

  5. Albina dijo:

    Me encanto!
    Quisiera leer toda la novela.
    Felicitaciones.!!!
    ana

    • Albina, no sé si podrás leerla porque publicar está de lo más difícil, y los premios, ya sabes, los grandes están dados, y los pequeños están desapareciendo porque no hay dinero en España. En fin… Gracias por tu lectura.

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