La pirateada reseña sobre Jünger

Uno de los placeres grandes de un escritor es que lo pirateen. Habida cuenta la movida teddybautistiana, esto sorprende y a alguno podrá hacerle enrojecer, pero es cierto. No es nuestro oficio rentable si de dineros hablamos. Sí lo es, a veces, en cuanto a satisfacciones. Y diréis, amigos, “de qué diablos te quejas, dos premios sustanciosos y aún aludes a falta de rentabilidad”. Cierto, pero mi biblioteca nada más ya me ha venido costando más del doble de lo que me dieron. Insisto, satisface que a uno lo pirateen porque eso indica que su material es bueno. Como sabéis, suelo colaborar con la revista electrónica Adamar, de calidad tan alta que sorprende que Lola Escudero, su directora, siga encargándome reseñas o admitiendo las que le envío, pero en fin, ella es la jefa y sabrá lo que hace. Escribí una para esa revista sobre los dos tomos de Pasados los setenta, diarios de vejez de Ernst Jünger, escritor muy recomendable, y más hoy, que tan dados somos a creernos todo lo que nos dicen, al menos en televisiones y periódicos, y cuya literatura podría servir para vacunarnos contra ese defecto. Al cabo, quizá, de un año, Lola recibe un enlace con cierta revista codirigida por Constantino Bértolo, nombre que me resultó familiar pues corresponde a un afamado crítico. En esa revista se había publicado mi artículo, sólo que sin indicar la procedencia de él, al menos en cuanto a revista Adamar se refiere, porque sí constaba mi nombre. Lola se indignó, habló con Constantino y el otro director, cuyo nombre no recuerdo, y le pidieron excusas. Desde luego, a mí nadie me había consultado. No importa. Si te piratean, te leen. De todas maneras, no voy a cobrar. Cosa que me diferencia y distingue de algunos comeollas que, dicen, componen música. Eso sí, sin despreciar a nadie, pero en esto de la vida artística, si uno no quiere depender de quien le llene el bolsillo, debe tener otro oficio que le dé de comer. Esto suena raro, pero es cierto. Porque la verdad, hoy, es que buena parte de la música que se fabrica, se debe a un público bramante, no de guita, cuerda o cordoncillo sino de bramar. El artista paniaguado debe dar satisfacción. Si se para uno a pensarlo, igual que las putas (pobreticas ellas, tan buena gente). Por eso me encantó que me piratearan. Lo han hecho otras veces, aunque siempre mentando origen, Adamar, y mi nombre, pero sin consultarme. Estupendo, me alegro. Gloria a quien me lea. Bien, la célebre reseña del libro de Jünger la voy a clavar aquí, o a colocar, porque a mi amigo Antonio Ramírez no le gusta el verbo colgar; sin duda, en su anterior reencarnación fue inglés, robó un pan y lo colgaron, de modo que no le hacen gracia ni el verbo ni las sogas. Es mi repetido homenaje a un grande de la literatura, Jünger, injustamente tildado de nazi. También se tildó de tal a Nietzsche, y simplemente ocurrió que los nazis entendieron lo que les interesó, aunque dice mi amigo José Luis Gärtner, insigne escritor, teatrero, imaginativo y demás vicios, que en un aspecto sí lo era Friedrich: la arremetida contra el sentimiento de culpa, único garante de que consideremos el mal hecho a los demás como verdadero mal y no como algo a lo que tengo derecho porque yo, al fin y al cabo, soy el superhombre. Creo que Nietzsche se refería a ese dichoso sentimiento de culpa cristiano y bastante insoportable cuyo principal mal es el resultado de la transgresión de los mandamientos 6º y 9º (¿recordáis cuáles eran esos?, pues si no los recordáis, desempolvad el catecismo, joíos). Bueno pues algo parecido le pasó a Jünger con su libro El trabajador, obra filosófica cuyo principal defecto era y sigue siendo no ser marxista, lo que, para los eclesiásticos, es una auténtica herejía. Aquí va la reseña. Confío en que os guste.

Pasados los setenta, Diarios de Ernst Jünger

Un hombre que fue guapo y seguía siendo hermoso

Mi afición por Jünger viene de antiguo. Empecé leyendo sus novelas, Eumeswill y Heliópolis. Me parecieron extrañas: una antiutopía. En tiempos en los que la utopía estaba de moda, aquello era explosivo, provocador. Cuando abordé Sobre los acantilados del mármol y me impuse la lectura de críticas y ensayos sobre el autor alemán, empecé a comprender y algunos palos de mi sombrajo cayeron, lo que siempre es de agradecer: protegido por sombrajos se está uterinamente a gusto, pero la vida es otra cosa. A continuación fueron sus ensayos: maravillosa La tijera, El emboscado, Sobre la paz, etc., incluso El trabajador, el tan llevado y traído libro sobre el que edificaron, según ellos, sus barbaridades los nazis (mentira, claro, como mentira es que se basasen en Nietzsche) y los Diarios de la 2ª Gran Guerra.

A pesar de la opinión general: se trata de un protonazi, un elitista cuya única objeción al régimen de Hitler era estética (¿se nos ha olvidado ya que los griegos casaban firmemente la estética con la ética?), alguien que glorificó las guerras (también mentira: glorificó la 1ª Gran Guerra; a la segunda la calificaba de Guerra Civil y en pleno desarrollo de ella, cuando ya estaba todo perdido para Alemania, escribió La paz, donde dice: “quien cree luchar por ideas y por puras doctrinas es más despiadado que quien únicamente protege las fronteras de su patria”), a pesar de esas lenguas viperinas que analizan textos desde dogmas (el marxismo ha hecho casi tanto daño como bien; si pusiéramos ambas consecuencias en la balanza perceptiva, se necesitaría toda la mala saña de un demonio medieval con un dedo forzando el platillo hacia el bien para que siguiésemos alabándolo), sigo apreciando su inmejorable prosa, la inteligencia y sabiduría de sus ensayos y diarios, donde reflexiona en voz alta para que le escuche todo el mundo. Incluso es cierto que Jünger fue un nacionalista, y quien esto suscribe soporta poquito a los nacionalistas; los nacionalismos me parecen decorativos pero los nacionalistas son como los peronistas para Borges: incorregibles. Bien, pues a pesar de ello: Jünger fue nacionalista hasta la derrota de Alemania en el 45, pero ya en 1960 escribe un ensayo titulado El Estado mundial, con el tema que puede desprenderse de tal enunciado, una especie de alegato en pro de una disolución de los intereses nacionales a favor de ese Estado mundial que garantizaría la paz y la prosperidad de todo el mundo; la ONU, pero a lo grande, con ambiciones.

Envidiable fue su longevidad y por ello, la ojeada que tuvo oportunidad de echarle al siglo XX no fue despreciable. Si a eso se le añade una capacidad de análisis agudísima que, para más inri, estaba libre de dogmatismos, al menos en su segunda etapa creativa, es decir, tras el fracaso expansionista y militar de Alemania, no leerlo es apartar tal vez una de las voces más inteligentes del siglo pasado, voz que puede avisarnos por dónde pueden ir los tiros (en el sentido real, desgraciadamente, de esta frase figurada) en el presente. Podría acusársele de que sus análisis de la técnica son nostálgicos de una época que pasó irremediablemente, pero si se le lee con atención, uno se percata de que su único gesto es señalar y mostrarnos cómo, hablar de progreso adolece de falta de precisión. Curiosamente, esa misma postura hoy es la de algunas ONGs, a las cuales, por supuesto, a nadie se le ocurriría acusar de filonazis sino todo lo contrario.

En estos diarios, escritos entre los años 1965-85, es decir, entre sus setenta años cumplidos hasta los noventa, nos habla de sus viajes, que emprendía principalmente para ejercer la “caza sutil”, nombre que aplicaba a su afán recolector y coleccionista como buen entomólogo que era, y también para conocer lugares, personas y reflexionar sobre ellos, habla de su relación con la naturaleza que rodeaba su casa de Wilflingen, de sus amigos y, en el último tomo, cuando ya empezaba a ser demasiado mayor para emprender viajes (aunque tampoco se privaba de ellos), de sus relaciones epistolares, de los premios y reconocimientos que, finalmente, las letras y la política alemana le concedieron, y de recuerdos, recuerdos enormemente interesantes pues se cifran, principalmente, en su época de París, cuando la ocupación y de sus relaciones con los protagonistas del atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944, atentado en el que no participó directamente, pero que contó con sus simpatías. Nunca se vio inculpado, por suerte (su amigo Stülpnagel, que no siguió el consejo del propio Jünger de fusilar a los SS detenidos en París, sino que se entregó tras el fracaso del atentado, intentó suicidarse en el tren que le trasladaba a Berlín, erró el tiro y fue ahorcado), aunque a raíz de la liberación de París por los ejércitos aliados y los resistentes, fue relevado de su cargo y devuelto a la vida civil en una Alemania devastada.

Pero acaso pueda entenderse de estas palabras que los diarios son un volver sobre la historia, un amasijo de recuerdos. No es así. A Jünger le preocupa en ellos, y lo refleja, más el presente que el pasado. Ocurre que, con su mentalidad renacentista, mezcla pasado, presente y futuro como da Vinci mezclaba y comparaba, en sus análisis científicos, el fluir del agua con la forma del cabello femenino en una trenza. Jünger sí vuela como un águila y ve las cosas, no ya desde arriba, sino con perspectiva, en conjunto. Y eso, hoy que vivimos un tiempo de excesiva especialización, es gratificante: el viejo refrán que dice aprendiz de mucho, maestro de nada, se ha demostrado falso a causa de un tiempo en el que se es aprendiz de una sola cosa, por lo cual acaba uno sin saber siquiera de aquello que aprendió. Porque, ¿qué es el humanismo europeo, y Jünger es un representante crucial de él?: para sus comílites, invasores de Francia, ese humanismo consistió en conquista y asolamiento, pero algunos de esos individuos (nótese que hablo de individuos, no de grupos: el Gran Grupo alemán o Nazi, sólo fue, en aquel momento, invasor), llegaron a París y se hicieron parisinos, por admiración y asimilación, por curiosidad de lo Otro. ¿Que las autoridades alemanas no acompañaron en tal asimilación sino al contrario?: ¿cuándo las autoridades (casi cualquier tipo de autoridad) ha servido para algo bueno (si no es como protección; mas para eso también servía Al Capone)? Muchos soldados napoleónicos, a despecho de Napoleón, se quedaron en España y los tataranietos de sus tataranietos son hoy españoles de calidad. Muchos españoles de la Armada Invencible que naufragaron frente a las costas irlandesas se quedaron, a despecho de Felipe II, en una Irlanda tan católica como su patria (Eamon de Valera, primer presidente de la Irlanda independizada, era descendiente de uno de ellos). Jünger tenía un piso en París y allí iba a menudo, y allí estaba tan a gusto, lo confiesa, como en su casa de Wilflingen en mitad del campo.

Tal vez sea ese el gran motivo para leer a Jünger, y aún más sus diarios: no ya las ideas, más o menos acertadas, que emite, o su prosa tan rica, tan eficaz. Tal vez la gran fuerza de Jünger sea su poder catalizador, su capacidad, como Montaigne, de hacer pensar, y todo, no desde un solo punto de vista o desde unos conocimientos específicos, literarios, filosóficos o científicos, sino justo desde unos conocimientos extendidos e imbricados, en una urdimbre que, si arropa, permite ver a su través, y ver con mayor claridad. Es decir, su cosmopolitismo, tanto de conocimientos como de patria. Sus estudios entomológicos lo convirtieron, ya en vida, en una autoridad en ciencias naturales. También la física moderna fue objeto de su preocupación; de la matemática se encargó su hermano de ponerle al día (con su hermano el matemático, que abandonó toda actividad oficial para dedicarse a pensar la matemática, sobre todo los números primos, se veía poco pero se carteó mucho). Y su capacidad de entreverar esos conocimientos con la literatura, la filología y la filosofía, así como sus conversaciones (debió ser un conversador irredento) con eminencias de las ciencias y las humanidades del siglo XX, como Carl Schmitt, Heidegger, Ernst Niekitsch, el químico Hoffmann (descubridor de la LSD, con quien la probó por primera vez junto al amigo común Aldous Huxley), su hermano Georg Friedrich, poeta, Picasso, a quien trató en París y con él tantos intelectuales franceses, incluidos quienes luchaban contra la ocupación, o músicos como el violinista Gustav Zimmermann, también entomólogo, crearon en él una red en la que cayeron inmensas mariposas de sabiduría.

No se espere de estos diarios una confesión o entrever una intimidad: Jünger no habla de eso. Sólo alcanzaremos a fisgar en la intimidad de su pensamiento, lo que posiblemente, como la levadura hace en el pan, haga crecer y enriquecerse el nuestro. No es poco. Si además se disfruta de la lectura como se disfruta de la belleza de un insecto o de una hoja, de un paisaje o de un vaso de vino (con noventa años aún se liquidaba una botella si hacía falta), la recomendación de adentrarse en estos diarios de vejez de Jünger es evidente. De hecho, todo Jünger es recomendable.

Miguel Arnas Coronado

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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