Texto y fotos de la presentación de La insigne chimenea en Granada

El texto que aquí incluyo es el leído por Celia Correa en la presentación de mi libro. En puridad, debería abstenerme de incluirlo porque la alabanza que se hace en él, no sólo de mi obra, lo que es de agradecer, sino de mí, es excesivo y quedan heridos de muerte mi pudor y mi humildad, pero lo cierto es que, de la misma manera que no debemos ahorrarnos las caricias que nos complacen, tampoco soy capaz de renunciar a compartir estas palabras. Uno tiene sus defectos, y de los 7 pecados capitales caigo en todos, incluido el más aburrido, el de la pereza, aunque el peor es este de la soberbia.

“La insigne chimenea” de Miguel Arnas por Celia Correa Góngora

Miguel Arnas posee un destello difuso, una especie de tufillo aristocrático como el de ese marqués venido a menos que ha perdido el monóculo y anda por su casa en zapatillas de paño y con batín a cuadros; tiene maneras de gran señor, qué duda cabe, incluso en la elegancia un tanto démodée del cuello desabrochado de su camisa. Pero no nos engañemos esto no es más que pura fachada, una manera como otra cualquiera de jugar al escondite, porque bajo esa apariencia de nobleza desaliñada, se oculta el niño terrible que Miguel lleva dentro.

Bromas aparte, Miguel Arnas es un hombre afable, cuajado de buenas maneras, con la calidez incandescente de las personas entrañables; a veces socarrón, a veces pícaro, pero siempre comedido y razonablemente sensato, con esa cordura cautelosa de quien intenta vivir sobreviviendo, tras sesenta y un años de estrechas relaciones con la vida, porque Miguel Arnas ha llegado a esa edad que se corresponde con lo que Francisco Umbral llama “la tercera juventud”, en la que ya se ha aprendido a separar la paja del grano y a degustar el sabor fuerte de los días y en la que lo único que se tiene claro es, precisamente, lo que no se quiere ni se ha querido nunca ser y eso, cuando como diría Ortega, “se nos va angostando el horizonte”.

Catalán de nacimiento, Miguel Arnas ha trastocado la jabonosa pronunciación de la tierra que lo vio nacer, por un blando y efervescente acento similar, al emboque que tendría un cóctel hecho a base de licor de granadina y cava del Penedés; efectivamente, no se puede encontrar a nadie más catalán ni más andaluz que Miguel Arnas, cuya vida ha querido repartir al cincuenta por ciento entre Barcelona y Granada; su corazón va y viene insistente e indistintamente de una tierra a otra tierra, acariciando y salvando lo que de bueno hay para salvar en cada sitio, porque Miguel Arnas es un hombre de ida y vuelta, un caballero de regresos, de tierras de por medio, es un ser de lejanías como diría Heidegger, de distancias que se miden por el tiempo como diría Borges.

La literatura junto con la música son sus dos grandes pasiones. Miguel Arnas siempre ha mantenido que su dedicación a la creación literaria es en él una necesidad más espiritual que vital. Empezó a escribir a los 20 años, su obra narrativa, por tanto, es extensa y jalonada de reconocimientos y premios. En el año 2006 obtuvo el Accesit del Premio de novela corta José Somoza convocado por el Ayuntamiento de Piedrahita (Ávila) con su novela La Credulidad. Ese mismo año, en el mes de diciembre, se alzó  con el Premio de Narrativa Ciudad de Guadalajara por su magnífica novela Buscar o no buscar; y por si todo eso fuera poco, el pasado 2010 y con la novela que hoy presentamos, Miguel ha ganado el Premio de Novela Francisco Umbral, uno de los más importantes galardones literarios que concede la Comunidad de Madrid, dotado con la nada desdeñable cantidad de 12.000 euros y una talla de la célebre escultora madrileña Encarnación Hernández.

La Insigne Chimenea y según palabras del propio autor, recoge sus vivencias personales, desde julio del año 2000 hasta agosto del 2005, años en los que estuvo yendo casi a diario a ver a sus padres ingresados en la Residencia de ancianos de Santa Fe”, aunque enseguida se apresura a aclararnos que todos los personajes son inventados; inventados o no, Miguel Arnas has creados unos personajes no sólo creíbles sino inolvi­dables.

Hay tantas maneras de vivir como de morir, ha dicho alguien y La Insigne Chimenea nos muestra la manera de vivir y de morir en un asilo de ancianos, acaso la más soleada de todas las vidas, sí, pero también la más desolada de todas las muertes.

La trama narrativa de La Insigne Chimenea tiene como ruido de fondo la Guerra Civil, pero no es una novela de la Guerra Civil o no, a la manera como se escribió en la década de los cincuenta; muy al contrario, La Insigne Chimenea evita anegarnos de muertos y de cronologías, porque como recomienda Stendhal, a Miguel Arnas le bastan unos cuantos detalles, para mostrar toda la crudeza de esa guerra que apenas si nos va cuchicheando a lo largo de toda la novela; su visión de la historia, unida a una agudísima percepción de la realidad social y política de la Cataluña actual, adobaba con un delicioso sentido del humor y una auténtica fuerza lírica, convierten a La Insigne Chimenea en una obra excepcional, con una estructura novelística sólida y una prosa sin artificios, fluida y envolvente, que pone de manifiesto la gran riqueza expresiva y el exquisito dominio del lenguaje de Miguel Arnas.

La acción transcurre en un asilo de ancianos, llamado eufemísticamente Patronato de San Martín, regido por las Triunfadoras, orden fundada por el beato Leopoldo Pañoburdo, un curiosísimo personaje, cuya vida trenzada de extravíos y ternuras, Miguel Arnas narra de manera magistral y deliciosa en unas cuantas páginas, pero que desde mi punto de vista, daría para toda una novela; pero como Miguel es una persona mucho más sensata que yo, ha debido pensar que toda historia repetida o continuada resulta peligrosa hasta para Cervantes.

El Patronato de San Martín ocupa un edificio varado en el tiempo, aparatoso, vetusto, con un amplio jardín romántico y muchas habitaciones, pero que, para desgracia de sus moradores, es obra de un arquitecto local convertido en icono del nacionalismo rampante, así pues, con la iglesia hemos topado, amigo Sancho, el Patronato de San Martín se ha convertido en el oscuro objeto de deseo de los dioses autonómicos. “Por qué no llevarse a los viejos a un lugar apartado, más que nada para que vivan más tranquilos”. Y bajo el estandarte de esa ignominiosa pregunta que tiene toda la contundencia de una decisión irrevocable, las excavadoras han comenzado a rugir y los especuladores a frotarse las manos. Y henos aquí ante el político de turno entregado en cuerpo y alma en convertir el asilo en un hotel de lujo, aunque, eso sí, salvando piedra a piedra, su emblemática chimenea, ubicándola frente a la sede del Parlamento Autonómico, faltaría más. Y como nunca falta un tiesto para una maceta, ahí está un viscoso funcionario llamado Joan Oller, de adoloridos y malolientes pies, para hacer el trabajo sucio, cualquier cosa con tal de agradar al jefe. No hay servidumbre más vergonzosa que la voluntaria, ha dejado escrito Séneca, de ahí que el servilismo incondicional de Joan Oller lo haya convertido en un ser sin escrúpulos.

Olleres aparte, los verdaderos protagonistas de La Insigne Chimenea son una pléyade de personajes a manera de instantáneas, desvelados a través de la memoria de un narrador que se presenta a sí mismo diciendo: “Yo soy Agustín Peregrino, un muerto a quien el oro salvó la vida una vez pero no dos, un muerto a quien solo el oro pudo conducir a la muerte”. Agustín Peregrino es un muerto que no se resigna a estar muerto, un muerto que sólo vive para recordar y de ahí le vienen todas las zozobras.


Pero voy a hacerlo bien y voy a empezar desde el principio, es decir desde el primer renglón: “Nunca pasa nada aquí (comienza diciendo Agustín Peregrino). Ni siquiera en los ojos, en las miradas. Poco puede suceder donde tantas personas pasan su vida sentadas. Las manos acostumbradas a estar caídas, manchadas, venosas, los ojos apagados, ojerosos, fijos. Si no os complace el panorama, no sigáis leyendo.

Diré más: puede uno estar seguro de que si ve pasar a alguien, no tardará mucho en verlo cruzar en dirección contraria. Lento, tortuguino, caracoliano, con esos movimientos tartamudos que caracterizan a los camaleones. Excepto si el protagonista va en silla de ruedas y es vertiginosamente empujado por un auxiliar.”

Así, con la firmeza de un empujón, Miguel Arnas nos mete de lleno en la cotidianeidad del Patronato de San Martín, un universo de seres de estancados, sigilosos, pasivos, ociosos… que apenas si alborotan porque sobreviven parapetados cada cual en su niebla, una humanidad con bastón y en silla de ruedas, una tesela de personajes dominados por profundos sentimientos de abandono, mezclados con reminiscencias gozosas, humorísticas y hasta paradójicamente vivificantes. Por eso, La Insigne Chimenea no acaba de ser ni triste ni alegre, sino una especie de retrato en sepia de unas vidas tan aparentemente apacibles como la de María del Pilar Cartones, más conocida en los ambientes de la Barcelona de los años treinta, como la Pili Pilón, cuya profesión ha sido la profesión más vieja del mundo y a la que el mote le vino porque solía quitarse la última prenda tras la retirada de los de Gobernación, al grito de ¡Pili, enséñanos el Pilón! En el asilo la han vuelto a llamar Pili, pero a ella no le importa, a ella lo único que le importa es conservar la lucidez de que todavía disfruta a pesar de sus ochenta y seis años, para seguir teniendo presente el recuerdo de Mercedes, el gran amor de su vida.

Mar es la psicóloga, está enamorada de un fracasado pianista más inseguro y chiflado que cualquiera de los internos del Patronato, pero al que ella ama locamente y por cuyo éxito estaría dispuesta a vender su alma al diablo. Mar ha encontrado consuelo y apoyo en Sor Dolores, la directora del Patronato, llevan sólo dos años de colaboración, pero es como si se conocieran de toda la vida. Mar tiene veintisiete años y la monja sesenta, pero Sor Dolores no es una monja al uso, ha estado en África, ha trabajado en un suburbio, ha visto morir a mucha gente y ha tenido que rezar muchas veces para que no la mataran. Entre ellas hay silencios, pero no silencios tensos sino repletos de observaciones y sensaciones. ¿Quién ayudará a estas dos mujeres ante lo que se les viene encima?

Rafael Serrano es un guardia civil jubilado, fue brutal con su madre, brutal con su mujer y brutal con sus hijos, aunque él sólo reconoce que en ocasiones pudo haberse pasado un pelín. Cuando su mujer murió, los hijos no dudaron en ponerlo ante la disyuntiva de vivir sólo o ingresar en una residencia. El día que Rafael Serrano ingresó en el Patronato de San Martín, iba rumiando para sus adentros que “con Franco estas cosas no pasaban”. Rafael Serrano y el narrador muerto tienen una vieja cuenta pendiente.

La señora Conchita murió ayer, pero en esa hora en la que la agonía le dejó pedir el último deseo del condenado, la señora Conchita le rogó a Ulises que en ese momento se encontraba a la cabecera de su cama, que le cantara “Ojos verdes”, y es que la señora Conchita y su difunto esposo habían sido devotos de doña Concha Piquer como otros lo son de la Virgen de los Desamparados. Ulises no pudo negárselo y le estuvo cantando cuplés hasta que la señora Conchita expiró. ¿Qué quién es Ulises? Ulises es un prejubilado sin otro lugar donde meterse que el Patronato de San Martín. Pero decir sólo eso es reducir demasiado la hermosa historia de Ulises y de su hermano gemelo Hércules o de Justo y Pastor que para el caso es lo mismo. Pero como decían en aquel viejo concurso televisivo, “hasta aquí puedo leer”. En fin, sólo puedo adelantarles que la noche ha caído sobre el Patronato de San Martín, una luna pálida, casi transparente se derrama sobre su fachada desabrigada e insomne. Una trasformación ostentosa se ha ido apoderando de las habitaciones, de los pasillos, de las cocinas… ¿Quién o quiénes posarán ahora sus miradas perdidas sobre el jardín? ¿Quién o quiénes intentarán asir la luna con los ojos? Sólo Agustín Peregrino tiene la respuesta, porque sólo los muertos conocen el secreto de los espejismos de los vivos.

Un consejo de amiga, no dejen de leer La Insigne Chimenea.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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2 respuestas a Texto y fotos de la presentación de La insigne chimenea en Granada

  1. Estoy de acuerdo con Miguel. siempre he dudado mucho de las personas que me han puesto por las nubes. Vanos halagos que quizas se hagan con buena intención, pero que de hecho son tan malos como una crítica destructiva. No somos perfectos y precisamente por eso (siempre y cuando no se sea una mala persona) es interesante seguir con los congeneres humanos.

  2. No, Vicky, en absoluto Celia hace halagos vanos. Yo me fío de Celia como me fiaría de mi propia madre si viviera. Lo que sí es cierto es que es mi propia vergüenza la que me hace temer que no debería incluir esto aquí. Por eso añado la crítica ahora de un amigo de Barcelona, mi queridísimo amigo Salvador, asegurando que no le entusiasma de mi libro la mezcla que hago de lenguaje popular y culto, que ese defecto le hace parecer una lengua impuesta, falsa. No sé si tendrá razón, pero sí es verdad que agradezco más que nada una lectura atenta. Publicar me ha hecho gracia, pero ser leído me hace feliz.

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