Sudores y lágrimas del traductor

Sudores y lágrimas vierte el traductor cuando intenta hacerlo bien.

Mi amor por la lengua francesa procede de cuando lo francés significaba en este país lo moderno, lo civilizado, lo democrático, lo culto. Hay un poema de Espriu (poeta catalán) que habla del norte anhelado donde, decía, la gente es noble, culta, desvelada (tal vez espabilada: ¿lo veis?, ya empezamos con la traducción) y feliz. Pues bien, ese norte era Francia y todo lo que había detrás: Europa. Si uno leía en francés, cosa que apenas hice con la prosa pero sí con la poesía, podía enterarse de cosas que en este país estaban ocultas. Luego resultó que no era para tanto, pero es lo que tienen las ilusiones, que son propias de ilusos, como su propio nombre indica, y se basan en realidades que están más en la cabeza de quien las padece que en el exterior. Pues bien, no recuerdo cómo pero lo cierto es que en casa de mis padres, y os hablo del año 68, quizá, había un ejemplar de Les fleurs du mal, de Baudelaire, y eso en una casa sin apenas biblioteca si no era la de mis libros de estudiante, alguna enciclopedia, los Episodios nacionales, mis libros infantiles de Enid Blyton y Julio Verne y un extrañísimo ejemplar de Tierra Maya, un divulgativo sobre antropología, viajes y arqueología de aquellas tierras mexicanas que mi padre, sin duda, había comprado a cierto vendedor de libros que aparecía a veces por la fábrica en la que trabajábamos ambos. Emprendí la traducción de aquellos poemas baudelerianos con una ilusión (de nuevo la palabreja, y es que soy un iluso de tomo y lomo) y un trabajo enorme. Por supuesto, releídas hoy, aquellas traducciones son malísimas, romas, literales, diccionariales.

Este curso pasado he tenido que viajar a Francia un total de tres veces al estar mi hijo en Clermont-Ferrand con la beca Erasmus (Orgasmus, por mal nombre). Además, aquel verano del 2009 estuvimos en París mi mujer y yo. Entre un lugar y otro compré varios libros de poesía francesa con ánimo de traducirlos aprovechando mi jubilosa jubilación.

He empezado con unos fragmentos prosísticos-poético-filosóficos de Henri Michaux. Una delicia. Cuando entré en la librería de Clermont donde compré algunos otros libros, como los de Laurent Gaspar y Philippe Jaccottet, la señorita amabilísima que me atendió, escuchando mi torpeza con la lengua francesa, se quedó perpleja al decirle que había empezado a traducir a Michaux; ¿y no le cuesta mucho?, preguntó; hube de explicarle que mi capacidad lectora era mayor, aunque tampoco grande, que mi capacidad hablante. O soy un inconsciente, un iluso, o tengo mucha osadía, o simple y llanamente, soy un tonto.

A veces, la traducción ha sido un trabajo agotador porque mi conocimiento del francés no es tan grande como para determinados fuegos de artificio, pero ha sido, eso sí, un trabajo muy, muy placentero. Son traducciones que me sirven a mí porque además, concretamente este libro no está traducido, que yo sepa, al español. Quiero decir con esto que ni sueño con publicarlas, hago esto por pura afición. Este libro de Michaux se llama Poteaux d’angle, título que he traspuesto por Postes de esquina. Seguro que la traducción es discutible, empezando por la del mismo título. Os ruego que me contradigáis si alguno de vosotros conoce palabras mejores para poner en buen español ese título. No he acabado el libro. La verdad es que ni siquiera llevaré 25 páginas de un tomo que tiene 89. Pero he gozado, justo por el sufrimiento, cada uno de esos fragmentos que he dado por acabados. Se ha escrito mucho sobre la traducción. No voy a repetir algunos de esos conceptos que gente con mucha más experiencia que yo, e infinitamente mejores como escritores y traductores, ya han dicho.

Sólo voy a añadir algunos de esos fragmentos cuyo sentido y calidad será atribuible a Michaux y no a mi escaso arte. Espero que os gusten.

“Hay que prepararse para el combate sin cuerpo, como si pudieras plantarle cara en cualquier caso, combate abstracto que, al revés que los otros, se aprende en ensoñación”.

“No aprender sino con reserva”.

“Toda una vida no basta para desaprender lo que, inocente, sumiso, te has dejado meter en la cabeza -¡ingenuo!- sin pensar en las consecuencias”.

“No se ha llegado a la luna admirándola. Si no, haría milenios que estaríamos allí”.

“El lobo que comprende al cordero está perdido, morirá de hambre, no habrá comprendido al cordero, se habrá despreciado como lobo… y le quedará casi todo por conocer del ser”.

“No, no, nada de compras. Viajar para empobrecerte. Eso es lo que te hace falta”.

“Ve hasta el fondo de tus errores, al menos de algunos, para poder observar bien el tipo. Si no, parándote a medio camino, ciegamente irás retomando siempre la misma clase de errores, de punta a rabo de tu vida, eso que algunos llamarán tu “destino”. Al enemigo, que es tu forma de ser, fuérzalo a descubrirse. Si no has podido torcer tu destino, habrás sido un piso alquilado”.

“Pase lo que pase, no te dejes conducir -fallo supremo- a creerte maestro, ni aun un maestro del mal pensamiento. Te queda mucho por hacer, una barbaridad, casi todo. La muerte recogerá un fruto todavía verde”.

No voy a entrar a juzgar la literatura de Michaux que me parece fascinante, un hombre que profundiza, que quiere ser “esquiador de fondo de un pozo”. Esa hondura es justo lo que se le exige a la poesía. Espero que os hayan gustado. Si es así, otro día habrá más.

Anuncios

Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
Esta entrada fue publicada en Reflexiones personales. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Sudores y lágrimas del traductor

  1. Muy buenas, Miguel:

    Es un tema muy atractivo, éste, de cómo deben de hacerse las traducciones; si absolutamente literales o si no. En la poesía, prácticamente, es imposible hacerlas de modo y de manera estrictamente literal. Y, como dices, esto ya ha sido tratado hasta la saciedad por muchos insignes lingüistas, traductores de todos los idiomas e, incluso, por los que se dedican a la transliteración (conozco a uno, que ¡vaya!: en cuanto le di un poco de confianza, me estuvo apedreando con sus enormes tratados; todos ellos, como de más de mil páginas; lo que, acrecentado con “lo atractivo” de la materia –se trataba de teorías de la transliteración de las lenguas que utilizan el cirílico a las que se escriben mediante caracteres romanizados-, me obligó a distanciarme de él. Lo que, por otra parte, lamento, porque era un tipo muy culto, cercano y que, en general, gustaba de casi las mismas cosas que yo. Pero aquello era “demasiado gustar” “pa” mi cuerpo…).

    Así que, como tú, considero fascinante el asunto de traducir poesía como lo estás haciendo. Las muestras que nos pones, resultan espléndidas.

    Te cuento que, cuando una de mis hijas –a la que conoces personalmente-, que había estudiado Traductores e Intérpretes en la Universidad de Granada, dedicaba gran parte de su tiempo libre a actuar en obras de teatro musical, recibíamos en casa guiones de doblaje (para el cine; también, para montar algunas de esas obras en los consabidos teatros de la Gran Vía madrileña) traducidos del inglés al castellano. Tanto ella, como su desaparecido amigo Paco, participaron en algunos de esos doblajes. Y te cuento esto porque esas traducciones eran, francamente, horribles. Precisamente, por estar “cuadradas a martillazos”.

    Es célebre el caso del famoso trabalenguas que el profesor Henry Higgins (el moderno Pigmalión, según Bernard Shaw): “THE RAIN IN SPAIN STAYS MAINLY IN THE PLAIN” impone a su pupila, Eliza Doolitlte en la obra “My fair Lady”. Cuya traducción literal vendría a ser algo así como “La lluvia, en España, permanece –o cae- principalmente en el llano”. Aparte de lo insulso de tal trabalenguas, en este caso sí se optó por una traducción libre que también, en español, resultase ser otro trabalenguas (igualmente insulso, por otra parte): “La lluvia, en Sevilla, es una pura maravilla”.

    Sin embargo, en esa versión doblada de la conocida obra, hay varios números musicales que, en sus textos, resultan más aburridos que matar un marrano a besos. Por su mala traducción, en la que se emperraron en conservar gran parte de la literalidad de los versos originales. La culminación de esto podemos comprobarla en el numerito que canturrea el joven admirador de Elizza a las puertas de la casa del profesor Higgins (el número 27 de la Wimpole Street londinense –no la busques en Google Maps; ya lo hice yo, sin mucho éxito. No es el caso de muchas localizaciones de las películas de Woddy Allen, en las que, realmente, todavía se puede comprobar que era y sigue siendo real el cruce entre la West End Avenue de Nueva York con su calle 92 Oeste, tras trece años, desde que apareciera en una de sus películas. O el número 9 de la calle 96 Este que, tras diecinueve años desde la película “Alice”, que sigue manteniendo el mismo aspecto, tanto en su puerta principal como en la menor, dos ventanas más hacia el Oeste…-).

    Disculpa si me he explayado demasiado, pero mi noche es larga, y la merienda, corta.

    Antonio.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s