Texto leído en la entrega del premio

Mi agradecimiento al Ayuntamiento de Majadahonda que ha instituido un premio de tanta importancia y solera.

Gracias al público asistente por acompañarme en esta entrega.

Gracias al jurado por haberme elegido en una de esas tareas sobre las que recae una enorme responsabilidad. Casualmente, he ejercido como jurado de un premio de narrativa que se concede en la provincia donde vivo, y conozco la dificultad, el compromiso, el agobio que se siente al descartar trabajos que han costado sudores a quienes los construyeron con paciencia y pasión, para finalmente elegir una que se pretende sea la mejor aunque en ocasiones se yerre, porque es difícil calibrar y además poner de acuerdo a varias personas decisoras en algo tan subjetivo y evanescente como el arte.

Gracias a los familiares y amigos, tanto presentes como ausentes sin los cuales no podría escribir y por tanto, sería imposible recibir un reconocimiento como este.

Gracias también a editorial Everest, encargada de publicar el libro, y cuyos responsables han demostrado una profesionalidad enorme.

Gracias a mi mujer, que se ha encargado de las cosas reales mientras yo me encargaba de las ficticias, “folletás” o “simplonás”, según expresiones granadinas, como ésta.

Es para mí un gran honor recibir un premio de novela llamado Francisco Umbral. El novelista, articulista, etc. (le llamaban polígrafo, pero es nombre que no me complace demasiado porque se confunde con ese artilugio que se lleva en el bolsillo y que siempre pierde tinta manchando, imperturbable, las camisas), es decir, el señor Umbral, dijo que “…he  contado muchas cosas, pero sólo he aspirado a contarme yo…”. tal vez a mí me pase lo mismo: escribir es una forma de contarse a los demás, pero sobre todo contarse a uno mismo, reflexionar, conocerse. Porque, como él, tengo una gran ambición: saber. Ojalá se me concediese, como él, no ya la voluntad de estilo, sino la mitad de su éxito en dicha voluntad.

Cuando pude conversar con Soledad Puértolas, uno de los miembros (o miembras, ahora ya no sabe uno ni cómo hablar) del jurado, me dijo, además de darme la enhorabuena, que mi novela les había hecho mucha gracia, que se habían reído con ella.

Intenté homenajear a esas instituciones llamadas asilos de ancianos, cosa absolutamente necesaria hoy, mucho más que algunas de las que son fervorosamente pagadas o subvencionadas por papá Estado, y también, por supuesto, homenajear a quienes en ellas trabajan y a sus internos, situados ya en ese borde del precipicio en el que uno jamás sabrá si va a caerse o a elevarse en él. El dolor y la muerte son realidades que, por mucho que las ocultemos, están ahí, a pesar de que las penas con risas son menos. También la estupidez, sólo que a ésta no se la debe homenajear sino carcajearse de ella. El asilo en el que se sitúa la acción de mi novela es un edificio emblemático, el orgullo patrio de cierta comunidad del nordeste español, y sobre todo, lo es su chimenea, símbolo e icono de ella, aunque para mí sea metáfora. Al menos así lo intenté. Antes, los iluminados eran místicos que levitaban ayudados de oraciones. Hoy, los iluminados son, o asesores financieros, también llamados brockers, de esos que provocan un caos mundial en menos tiempo que se persigna un cura loco, o políticos cuya principal ambición es salir en las enciclopedias, aunque como aquel griego que incendió Atenas, sea para mal. En el caso de mi narración, al político de turno se le mete en sus narices trasladar piedra a piedra la chimenea insigne hasta la sede del Parlamento Autonómico. Trabajo faraónico, y no precisamente a lo Lola Flores.

Los padres fundadores de la literatura hispana, desde el mismo Cervantes al arcipreste de Hita, Quevedo, el Lazarillo, Francisco Delicado, autor de la Lozana Andaluza o los Cancioneros de Burlas (por no mentar a Fray Bugeo, presunto autor de la Carajicomedia) han utilizado la risa como medio o como fin en la literatura. Hoy peligra con la tan traída y llevada corrección política. Lo cierto es que tal absurdo melindre expresivo, que recuerda al nefasto realismo socialista de la Unión Soviética o Cuba, excita más a la risa y la ridiculización que a la anuencia. Pero ninguneando la corrección política, la risa (en la que se debe incluir el sarcasmo, y por tanto un cierto grado de crueldad) es tan consustancial al humano que, la verdad, corre tanto riesgo de desaparición como la misma estupidez.

No sé si lo habré conseguido pero intenté ponerme en esa línea.

Dentro de ese estilo moderadamente humorístico, algo que también se ha desprestigiado y perdido empuje, quizá porque el tan manido “compromiso” de los intelectuales hace que algunos se comprometan, no con la humanidad y sus logros, sino con determinada ideología o partido o simple y llanamente con la “pasta”, es el reírse del poder, el ridiculizar al dirigente. Hablan de la Edad Media como edad oscura, y sin embargo, la tradición provenzal de las Chançons de Mau Gouver o Carreteyron, canciones del mal gobierno, que se iban cantando en la Provenza durante las fiestas del Corpus, criticaban con agrio sarcasmo las decisiones de señores, propietarios, gobernadores y clero, y fueron un gran acierto porque el humillado podía descargar en ellas su mala saña y su impotencia. Hoy se ha dejado eso a los humoristas televisivos o periodísticos, y la literatura lo ha abandonado aparentemente, escaqueándose el intelectual de ese “compromiso” que tanto ha cacareado, y refugiándose en la novela histórica donde si se pone cual no digan dueñas a cierto rey o a cierto ministro, tampoco quedan apenas ya herederos que puedan protestar o sentirse dolidos. Precisamente critico esa incapacidad de producir molestia con nuestras puyas desde la literatura ficcional; arte que, en apariencia, es mucho más popular que el ensayo, por ejemplo, donde sí suele hacerse.

Repito, lo intenté. No sé si lo he logrado. Ahora son ustedes, quienes me lean, los que deben recrear e interpretar lo que hice. El mamotreto está ahí. Diviértanse si lo conseguí divertido. Abúrranse y tírenlo a la basura si no. Ahora ya es cosa de ustedes. Gracias.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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4 respuestas a Texto leído en la entrega del premio

  1. celia dijo:

    Admirado Miguel, cuánto me alegro de tus triunfos y sus consiguientes alegrías, he de confesarte, puesto que ya ha pasado, que hacía más de un mes que la tertulia, muy en secreto, preparaba un viaje para acompañarte por sorpresa ese día. Las numerosas ocupaciones de unos y de otros no lo han permitido, pero créeme que todos habíamos puesto mucha ilusión. Me habría gustado ver la cara de sorpresa que habrías puesto si, de repente, nos ves aparecer a todos. La verdad que ha sido una pena no haber podido llevar a buen fin tan magnífica sorpresa. Me alegro sinceramente por ti. Nos vemos el miércoles y das todos los detalles.

  2. Magnífica experiencia, Miguel.
    Y que la cosa siga…
    Abrazos.
    Antonio.

  3. pere casanovas baques dijo:

    …enhorabuena y gracias a todos los amigos y familia cercanos a ti que te arropan también(aunque no lo sepan) en nombre de los más lejanos que perdemos tu compañía además de tus momentos de éxito.
    Abrazos

  4. Celia, no puedo imaginarme esa cara que se me habría quedado. ¡Hay tantos amigos con los que me gustaría haber compartido aquel momento!, porque de veras fue hermoso. Pere, ¿puedes imaginarte la cara de orgullo que se le habría puesto a mi padre de haber estado vivo?, él que me enseñó a contar… bueno, también los números. Un abrazo a todos.

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