El Ministerio Sin Nombre

El Institutum Pataphisicum Granatensis, en su proverbial línea de investigación socio-científica y, más que ninguna otra cosa, abundando en el hábito de trabajo en equipo, ha averiguado la existencia de un Ministerio “oculto” en el Gobierno de la Nación. No es propósito de este Institutum desvelar secretos de Estado: no queremos acabar, en ningún caso, como el matrimonio Rosenberg ya que, por suerte, el año pasado fue lluvioso y no estamos “fritos”. Pero también es nuestro deber dar luz a acontecimientos de interés público, como la ocasión en que averiguamos de qué color llevaba la ropa interior Belén Esteban.

Pues bien, ese Ministerio “oculto”, nada tiene que ver con el Ministerio Sin Cartera tan típico de pasados regímenes. Podríamos decir de él que es un Ministerio Sin Nombre, cuyo Representante no aparece en las fotografías de grupo cuando toca, aunque su cometido es, quizá, el más importante de cuantos forman las Administraciones que nos rigen. El perfil de ese Representante Desconocido es, evidentemente, el de una persona (o persono, seamos correctos) muy observador y con gran imaginación. Respecto a su cometido, es, hablemos claro, el de hallar asuntos que distraigan al personal, obligándolo si es preciso a arduas discusiones sobre el sexo (mal llamado pichichocho) de los ángeles, discusiones por las que el animal humano siempre ha mostrado predilección (de hecho esa misma a la que hemos hecho referencia entretuvo a escolásticos medievales durante un riquísimo tiempo en el que los ajenos a ella morían como chinches de peste, hambre y demás bendiciones) abandonando, claro está, los asuntos que de veras nos preocupan. Encantados con esa función tan socialmente útil y cercana a las investigaciones de este Institutum, queremos colaborar ofreciendo al Ministro Invisible o Ignoto algunas ideas que pueden demostrar gran eficacia para disimular aspectos aparentemente dolorosos pero que son mal entendidos por mentes ofuscadas e ignorantes confiadas en la sencillez excesiva de las cosas (por ejemplo, algunos han llegado a preguntarse cómo puede ser que un Gobierno que se proclama de izquierdas ayude descoyuntadamente a los bancos, sin darse cuenta de la obligatoriedad, responsabilidad y necedad [perdón, queremos decir necesidad] de dichas actuaciones).

He aquí nuestras propuestas:

El ciudadano medio que, por afán ahorrativo en detergentes y agua, deposita por la noche el calcetín derecho en el zapato derecho y a la mañana siguiente se los pone de nuevo renovando la situación de dicho calcetín en idéntico pie actúa en contra de toda lógica en la equitativa distribución de hongos, pelotillas negras y miserias diversas. Será ineludible un proyecto de ley por el cual, abundando en el tradicional cuidado que el Gobierno tiene por nuestra felicidad y seguridad, sea obligatorio cambiarse los calcetines de lado una vez al día (hay quien duerme con ellos), creando para su control una policía ad hoc, además, por supuesto de unos sistemas binarios de identificación.

Algo que ofende al afán igualitario que nos impele en nuestro imperceptible, mas no por ello menos fundamental, impulso hacia la perfección, es la escasez, por no decir total ausencia, de hombres en los paritorios dando a luz. No vamos a luchar contra la naturaleza pero sí debemos implicarnos más en el esfuerzo. Dos soluciones se apuntan como posibles: por una parte sería colocar algunos aunque sólo sea de adorno, con lo que aumentaría la satisfacción de muchos y muchas; otra, recuperar el viejo parto vizcaíno (medida que produciría gran complacencia entre el nacionalismo vasco y su gozo inmenso ante las viejas tradiciones), consistente en que ellas dan a luz y es él quien se acuesta y grita desaforadamente; inmensas marmitas de caldo de gallina serían imprescindibles para ayudar a la recuperación del hálito de esos esforzados caballeros quejosos y berreantes, lo que también iría en beneficio de las industrias caldereras y las granjas de pollos (que ya son un negocio de huevos pero siempre es posible mejorar).

Es un verdadero escándalo que nuestros adolescentes no aprendan correctamente en los Institutos a sonarse la nariz. La creación de una asignatura impartida por los más conspicuos pedagogos expertos en la propedéutica del moco y en enseñar a enseñar las narices, reduciría considerablemente ese espacio que ahora se dedica equivocadamente a impartir asignaturas como la Historia, siempre germen de viejas pugnas sobre por qué Viriato tenía que ser Viriato y no Viriata, y sobre si el susodicho fue un luchador por la independencia y debemos reivindicar el acercamiento de sus restos inmortales a sus inmediatos allegados: ya lo dijo el clásico “mens sana in corpore insepulto”.

Una ley sobre el reciclado de productos orgánicos generaría discusiones harto creativas y llenativas (podría decirse que incluso lavativas). ¿Qué hace el ciudadano con los recortes de uñas, mucosidades secas y pelotillas de culo y pies?, ¡qué vergüenza, señores y señoras, meine damen und herren, qué vergüenza!

Confiamos, por confiar que no quede, como dijo el sabio alemán, en que el Ministerio Impalpable, de cuya labor sacrificada, callada y delirante nos hacemos eco y somos paladines (¿no es eso un chocolate soluble?), pueda aprovechar nuestras iniciativas y perseverar en esa labor consagrada al bienestar patrio, pues confiamos (seguimos confiando) en que dichas distracciones, diversiones, entretenimientos  o solaces, mezclados con el fútbol, los toros prohibidos, el inexistente cuello de Fernando Alonso y el Tour de Force (o de France, sabemos que Sarko quiere cambiarle el nombre), mantenga al pueblo español apartado de calenturientas mentes que le mientan (aunque no mienten) el paro, el nivel de pobreza y el millón de ninis para preocuparnos innecesariamente.

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Acerca de elarboldearnas

Escritor y, sobre todo, novelista.
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Una respuesta a El Ministerio Sin Nombre

  1. Miguel Roa dijo:

    Pues ese ministerio ha añadido ahora a la polémica el orden de los apellidos y es que ese Ministerio existe.

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